La apuesta por el algodón orgánico en Colombia

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Mientras el gremio de los algodoneros lanza un SOS en medio de la pandemia, pequeños productores en la Sierra Nevada ven en el modelo sin químicos una opción rentable y favorable para el medioambiente.

En el mundo, los consumidores que exigen prácticas ambiental y socialmente sostenibles han puesto sus ojos sobre industrias como la textil. Esto involucra a toda la cadena: se espera no solo que a los trabajadores (principalmente mujeres) se les pague lo justo, por ejemplo, sino que desde el primer eslabón, como la producción de algodón, las prácticas sean responsables.

En Colombia, sin embargo, el mercado de algodón orgánico es prácticamente inexistente, no solo por la falta de cultivos con ese tipo de características, sino también de una cadena —transporte, desmotadoras e hilanderías— que esté en capacidad de cumplir con los estándares necesarios. Para confeccionar una prenda de algodón orgánico, entonces, habría que traer los materiales de países como Perú y Estados Unidos.

Eso, hace cerca de tres años, les resultó “indignante” a Santiago Giraldo, antropólogo y director de la Fundación Pro-Sierra Nevada de Santa Marta (Prosierra), y a Michele Galli, director de la fundación ítalo-colombiana Environomica. La razón es que en zonas del Caribe colombiano, desde hace por lo menos 1.500 años, se cultiva algodón nativo, que es aprovechado por comunidades arhuacas y koguis; sin embargo, para poder aumentar la producción, las semillas son escasas, y las que se consiguen en el mercado no son nativas o han sido transformadas genéticamente.

De ahí nació el interés de Prosierra y Environomica por sacar adelante la primera cosecha de algodón orgánico en la Sierra Nevada de Santa Marta, que se dio entre febrero y marzo de este año. Fueron 1.230 kilos que se obtuvieron de plantas madres que se encontraban en un centro de investigación de Prosierra ubicado en Ciénaga, Magdalena. El modelo, que además de no usar químicos incorpora otros productos como maíz y ajíes, el año pasado llamó la atención de la FAO, que sumó su apoyo para la segunda cosecha, que se está empezando a sembrar.

La FAO, desde 2017, trabaja en el proyecto +Algodón, liderado por Brasil —referente mundial en la producción de algodón— y que cubre cinco países de Suramérica (Colombia, Perú, Ecuador, Bolivia y Paraguay). La producción, cooperación institucional —con entidades como el Ministerio de Agricultura y Agrosavia— y apoyo a la cadena de valor del algodón (incluyendo asuntos como la comercialización) son los frentes a los que apunta esta iniciativa, según José Camelo, coordinador nacional de +Algodón en Colombia.

De la iniciativa de Prosierra, Camelo resalta el no uso de químicos, así como el modelo de policultivo, pues son dos atributos adecuados para fomentar la agricultura familiar, un interés de la FAO. Esto se debe a que tener cultivos variados —además del algodón—, entre los que también pueden estar el fríjol y el ajonjolí, puede ayudarles a los agricultores a tener distintas fuentes de ingresos, al tiempo que les da la posibilidad de contar con semillas, producción para el autoconsumo o el intercambio con vecinos.

La cosecha de Prosierra se dio apenas en una hectárea. Sin embargo, la idea, con el apoyo de la FAO, es ampliar a 3,3 hectáreas, sin olvidar el asunto de la comercialización. “Como parte de la estrategia de acceso a mercado, la Fundación Prosierra y el proyecto +Algodón lograron garantizar la venta de las tres primeras cosechas a una empresa textil del país, que irá a producir las telas para una marca de ropa colombiana, que espera lanzar las prendas a finales del 2020”, explica la FAO.

Por otro lado, las semillas que se obtuvieron tendrán dos destinos, según Camelo. Por un lado, irán al banco de semillas del Instituto von Humboldt y, por otro, se buscará replicar el modelo en otras zonas de la sierra, con campesinos y comunidades indígenas, así como en el departamento de Córdoba, e incluso en Cartagena. Giraldo agrega que esto dependerá de la voluntad de los productores, pues no se trata simplemente de “botarles” la semilla, pues la producción orgánica implica cambios en las prácticas sobre el suelo y el control de plagas, e incluso en la mentalidad de los agricultores.

A eso hay que sumarle que el resto de la cadena debe estar preparada, por lo que Giraldo reconoce que promover la producción de algodón orgánica es un proceso que tomará algunos años. Además de certificar las fincas de producción, el transporte, las desmotadoras y demás participantes en la cadena deben cumplir ciertos estándares para que la producción sea considerada orgánica. Según el director de Prosierra, actualmente están en reuniones con otros “eslabones” para estructurar estos procesos y lograr el encadenamiento adecuado.

“Como la producción orgánica requiere una serie de cuidados a lo largo de la cadena hasta su transformación, fueron realizados los procesos de descontaminación del vehículo de transporte del algodón y de las máquinas de desmote, bien como separación de las telas para empaque de la fibra”, detalla la FAO sobre esta primera cosecha. El proyecto, agrega Camelo, contempla adquirir una pequeña desmotadora para facilitar este proceso y evitar la contaminación de la fibra en el transporte o en el uso de una desmotadora que no está destinada solo a algodón orgánico.

¿Difícil tarea?

La idea de producir algodón orgánico puede no ser viable para algunas personas. De hecho, en el pasado se ha intentado hacer, sin dar los resultados esperados. Por ejemplo, en Tolima —región con una notable historia algodonera— nació la iniciativa Tolima Texgreen, con el fin de que la industria textil de la región fabricara prendas orgánicas. Sin embargo, debido a que la cadena con dichos estándares no existe en el país, fue necesario buscar las telas en otros países, lo que, por costos, no resultó competitivo.

Julio César Mendoza, director de Cormoda (Corporación Moda del Tolima), asegura que acudiendo a la producción orgánica que se intentó sacar adelante en el departamento, los costos para la industria estaban por encima del 40 % adicional —en comparación con el producto convencional— que el mercado está dispuesto a pagar por este tipo de productos.

“Nuestros costos estaban lejos de la competencia en el mercado”, dice Mendoza. El motivo, en gran parte, es que los rendimientos por hectárea en esa producción orgánica son mucho menores a los de la fibra estándar. Sin embargo, el director de Cormoda afirma que sí hay un interés de la industria por abastecerse de insumos más sostenibles, no necesariamente orgánicos (el más alto estándar).

Actualmente, apenas el 1 % de la producción de algodón en el planeta es orgánica. Además, se calcula que alrededor del 10 % de los agroquímicos del mundo se usan en este cultivo. Por eso, Camelo no duda en afirmar que se trata de uno de los más contaminantes. +Algodón ha buscado promover prácticas más sostenibles que, por el contrario, según él, pueden ayudar a reducir costos, precisamente porque no se hace uso de insumos químicos, cuyo precio, por ejemplo, tiende a aumentar si también lo hace la tasa de cambio. Adicionalmente, la producción orgánica se calcula que puede llegar a reducir el consumo de agua entre un 50 a 90 % respecto al cultivo convencional.

Por otro lado, Camelo asegura que para los agricultores es más rentable, pues lo que ofrecen al mercado es un producto diferenciado, en medio de una demanda cada vez más interesada por bienes y servicios que ayuden a combatir, o al menos que no empeoren, la crisis climática. De hecho, la cosecha de la Sierra Nevada fue vendida con un 25 % de sobreprecio, cuenta el integrante de la FAO.

El algodón hoy en Colombia

El país llegó a casi 300 mil hectáreas cultivadas en algodón en los años noventa. Distintos factores comerciales, de costos de producción y hasta climáticos, llevaron a que el área sembrada cayera con el pasar de los años. En 2017 llegó apenas a 8 mil hectáreas, a pesar de que la productividad (rendimiento por hectárea) aumentó incluso hasta superar la de Estados Unidos.

En 2018 y 2019, el sector vio una recuperación que, según el gremio Conalgodón, fue en gran parte consecuencia del esfuerzo de los productores por reducir costos. Sin embargo, el año pasado se inició la guerra comercial entre Estados Unidos y China, que llevó a que el algodón que el país norteamericano le vendía al país asiático se quedara en suelo estadounidense. Eso, por supuesto, tumbó los precios de esta materia prima.

A esto se sumó más recientemente la pandemia del nuevo coronavirus, que ha tenido un impacto en el comercio internacional, e internamente ha detenido sectores como la manufactura (en el que de hecho se ha dado una de las más grandes pérdidas de puestos de trabajo), por lo que no hay quién compre o almacene la fibra. Según César Pardo, presidente de Conalgodón, la situación es “crítica”, pues la sostenibilidad del sector difícilmente se puede lograr con una libra a 70 centavos de dólar en la Bolsa de Nueva York. El precio cayó a 58 centavos.

Pardo asegura que se están llevando a cabo conversaciones con el Gobierno para lograr un apoyo a la cosecha de 2020, con la expectativa de que el algodón en Colombia “no desaparezca”. El área sembrada, afirma, caerá de las 8 mil hectáreas, al tiempo que la productividad se mantiene en cerca de una tonelada por hectárea.

Precisamente ese sería uno de los mayores retos de apostar por una producción orgánica: los rendimientos difícilmente llegan a 300 kilos por hectárea. Sin embargo, según Santiago Giraldo, de Prosierra, “el objetivo es poder producir de 800 a 1.000 kilos de algodón ya desmotado por hectárea, o sea entre 2.500 y 3 mil kilos de algodón semilla por hectárea”.

Tanto él como Camelo creen que la apuesta podría ser similar a la que se ha hecho con el café: posicionar en el mercado un producto diferenciado. No obstante, reconocen que esta es una mentalidad y forma de producción que ha tomado décadas consolidar y que requiere el apoyo del Estado —entre otras cosas, porque en las grandes potencias este es un cultivo altamente subsidiado—, así como el involucramiento de muchas instituciones.

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