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La distorsión del microcrédito

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En países como Colombia, las altas tasas de pobreza e informalidad han permitido el florecimiento de este modelo financiero, que bien puede tener un papel importante en Colombia.

El origen del microcrédito en el mundo es bien conocido: en 1983, el economista Muhammad Yunus creó el Banco Grameen, en Bangladesh, y con él todo un modelo financiero que redefinió la interacción de la banca con millones de personas en todo el mundo.

Para Yunus, otorgar pequeños créditos a familias pobres para financiar iniciativas productivas, con una asesoría y seguimiento adecuado, era una fórmula ideal para sacar personas de la pobreza. Las metodologías originalmente se enfocaban en grupos de prestatarios y el financiamiento usualmente provenía de fundaciones y organismos de cooperación internacional.

En 2006, Yunus recibió el premio Nobel de Paz por sus iniciativas, y las microfinanzas, en términos globales, empezaron a tomar un mayor peso en países emergentes y se promocionaron como una gran herramienta para atacar la pobreza; el mismo Yunus solía afirmar, hace más de una década, que gracias a sus propuestas la pobreza sería un asunto relegado a los museos.

Ante el boom del sector en los países en desarrollo, surgen intereses en las Instituciones Microfinancieras (IMF), por parte de actores financieros tradicionales. A fin de cuentas, se trata de un buen negocio.

En México, en 2007, cuando la IMF Compartamos salió a bolsa recaudó US$467 millones. Otro ejemplo icónico es el debut de SKS Microfinanzas (hoy conocido como Bharat Financial Inclusion Limited) en la bolsa de Bombay, en India, en 2010, una oferta pública que atrajo recursos por US$354 millones.

En algunos casos, las microfinanzas, además de ser transformadoras, también se han transformado y parecen estar cada vez más plegadas a la maximización del capital accionista, que al noble objeto social con el que fueron creadas.

En muchos países, la inexistencia de marcos regulatorios específicos para esta industria permitió su distorsión y un giro completo de los microcréditos hacia una industria liderada por agentes especuladores que vieron en los más pobres una nueva fuente de rentabilidad: en muchos casos, por el afán rentista, han olvidado la metodología original de apoyos complementarios y seguimiento, dejando a muchas personas más pobres y endeudadas que al principio del proceso. Estos cambios también han ido acompañados de una mayor violencia en las dinámicas de cobranza en países asiáticos, por ejemplo, como se observa en “Caught in microdebt”, un documental danés que ilustra varios problemas del microcrédito. Estos cambios también han ido acompañados de una mayor violencia en las dinámicas de cobranza en países asiáticos, por ejemplo, como se observa en “Caught in microdebt”, un documental danés que ilustra varios problemas del microcrédito

Para el caso colombiano, el esquema de las microfinanzas se ha posicionado fuertemente en los últimos años. No es de extrañar, pues, en últimas, somos un país con altas tasas de informalidad y un amplio uso de créditos gota a gota (con exageradas tasas de usura). De hecho, en un estudio de 2016 sobre inclusión financiera, patrocinado por el BID, Colombia aparece, junto con Perú, como uno de los países con mejores condiciones para sumar más personas al sistema financiero, a través del microcrédito. (Le puede interesar La tasa de usura debe diversificarse).

Hace casi una década aterrizó en Colombia el proyecto de Yunus de la mano de una alianza con el grupo AVAL, esta alianza fue registrada como una fundación sin ánimo de lucro, bajo el nombre de Corporación Grameen AVAL en 2009; en 2013 transformó su nombre a Corporación Microcrédito AVAL. Otros actores importantes del sector, como Bancamía, se establecieron desde 2008 en el país, como resultado de la unión de tres entidades sin ánimo de lucro: Corporación Mundial de la Mujer Colombia, Corporación Mundial de la Mujer Medellín y la Fundación Microfinanzas BBVA. Incluso, actores internacionales como el holding financiero Credicorp, de Perú, que maneja bancos y fondos de pensión en el vecino país entraron al negocio microfinanciero nacional bajo la figura de Encumbra Microfinanzas, en 2014. En esta década, los actores financieros locales e internacionales han entendido la magnitud e importancia de un negocio en el que, si bien los montos de los créditos son pequeños, las altas tasas de interés, sumadas a las cifras de pobreza e informalidad del país, complementan la ecuación del negocio microfinanciero con un número amplio de clientes por conquistar.

De hecho, en Colombia la tasa de usura para microcréditos en 2008 era cercana del 33 % y, para mayo de 2018, se encontraba cerca del 55,28 %. Desde el sector microfinanciero siempre se defienden estas altas tasas, pues son menores a las del gota a gota y, adicionalmente, se apoyan en que las personas de menores recursos son muy riesgosas en su capacidad de pago. De hecho, en muchos casos se ha propuesto la eliminación de la tasa de usura con el argumento de llegar a una mayor parte de la población, pero en esta discusión no se está teniendo en cuenta que en algunos escenarios el objetivo del microcrédito (apoyar proyectos productivos) se ha distorsionado por completo.

Hoy, bajo el manto de sus portafolios de servicios y su mercadeo de caras amables y frases esperanzadoras, muchas IMF se han convertido en bancos tradicionales: se autopromocionan como agentes de desarrollo y lucha contra la pobreza, pero ofrecen desde créditos de libre inversión, hasta líneas de crédito vehicular con tasas promedio del 45 % anual. Y aquí hay una distorsión del propósito de todo el modelo. (Lea tambien El agiotista existe por la tasa de usura: BBVA).

Por ejemplo, según datos de la Superintendencia Financiera, para abril de este año, algunos de los bancos que más registraron morosidad fueron, precisamente, instituciones de microcrédito.

Es claro que cualquier iniciativa productiva formal o informal requiere de financiamiento, pero este punto ha abierto las puertas a la distorsión del microcrédito y a mayores índices de morosidad en la población más vulnerable. Este no es un tema menor en un país como Colombia, como ya se dijo, y cobra aún más importancia por el momento que atravesamos en el posacuerdo. Las microfinanzas pueden ser una herramienta de apoyo importante para un sector de la población y fomentar la creación de proyectos productivos en zonas golpeadas por el abandono estatal durante el conflicto. El punto es que, si el modelo no se aplica bien, con acompañamiento y responsabilidad por parte de los bancos, así como regulación de las autoridades, la cura puede terminar siendo peor que la enfermedad.

*Profesor Escuela de Economía. Universidad Nacional de Colombia.

 

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