Libro narra como los megarricos brasileños despluman a su país

El autor acompaña el ascenso meteórico del empresario carioca Eike Batista, que pasó de minero ignoto a octavo magnate más rico del mundo. Luego, sigue su igualmente deslumbrante caída.

Brasil se contraerá 3,8% en 2016, de acuerdo con el Fondo Monetario Internacional. /Bloomberg.

Cuando Alex Cuadros llegó a Brasil como joven periodista en 2010, había mucho de qué maravillarse. El país más grande y con más posibilidades desaprovechadas de América Latina por fin se sacudía décadas de letargo, dispuesto a reclamar la parte de gloria que legítimamente le tocaba.

“Brasil desperdició el siglo XX. El siglo XXI será de Brasil y de América Latina”, dijo el por entonces presidente Luiz Inácio Lula da Silva, embarcado en un buque de perforación de Petrobras para celebrar el descubrimiento de un reservorio fabuloso de petróleo en aguas profundas. “

Hacen falta mucha sobriedad y ojos de lince para resistirse a dulce píldora. Sabe Dios que muchos de los que analizamos Brasil no los tuvimos. Cuadros posee ambas cualidades y su libro, “Brazillionaires”, es resultado de ello: una lectura incisiva y entretenida de las locuras de la riqueza, el poder y el orgullo desmedido de Brasil.

A quienes conozcan las oscilaciones frenéticas de Brasil entre la confianza efervescente y el bajón nacional les resultará familiar buena parte de este relato. Cuadros vuelve a contar la historia de Brasil siguiendo al dinero. Cuando su empleador de aquella época, Bloomberg, le encargó escribir sobre multimillonarios, él monitoreó las suertes del país a través de sus megarricos, especialmente los que se llenaban la boca hablando de la iniciativa individual mientras bebían de los abrevaderos públicos.

Cuadros acompaña el ascenso meteórico del empresario carioca Eike Batista, que pasó de minero ignoto a octavo magnate más rico del mundo. Luego, sigue su igualmente deslumbrante caída al estado de “multimillonario negativo”, como lo apodó Bloomberg cuando sus deudas superaron sus activos.

La narración se presenta como una condensación de Brasil, y entre los episodios del drama de Batista, un país entero surge, se eleva y luego se hunde en un escándalo.

La sagacidad de Cuadros como periodista de negocios lo llevó más allá de los comunicados de prensa y las giras promocionales, hasta declaraciones de ganancias, informes de las bolsas y, ocasionalmente, documentos judiciales, para escudriñar mejor detrás de las puertas de algunas de los despechos directivos más lujosos de América Latina.

Cuadros va detrás de los titulares para bucear en los problemas de Brasil, y su búsqueda lo lleva a 1936. En ese año, el historiador Sérgio Buarque de Hollanda publicó “Raíces del Brasil”, una obra fundamental que presenta el concepto del “hombre cordial”. La cordialidad, según la define Buarque, no tiene nada que ver con la famosa bonhomía brasileña, sino que se refiere a una cultura de fidelidad y favores, en la cual las relaciones personales superan al mérito y a la ley. En ese sentido, la cordialidad era una especie de lubricante de la movilidad. Les hacía más fácil a los brasileños sortear los obstáculos oficiales, llegar a la primera fila, usar puertas laterales e ir directo a recoger la recompensa.

La cordialidad fue el componente básico para otra de las ideas fundamentales de Buarque: el “patrimonialismo”, la ley no escrita que dicta que los brasileños usan los cargos obtenidos en elecciones como atajo a la riqueza privada y el poder.

Ese es el acuerdo de amigos bajo el cual se hicieron muchas fortunas en Brasil. Una revuelta contra esos hábitos llevó a millones de brasileños a las calles en 2013, justo cuando el país se estaba engalanando para organizar el Mundial de Fútbol, un aperitivo de los Juegos Olímpicos de este año.

Paradójicamente, Eike Batista había anticipado el cambio de ánimos al proponer una nueva forma de hacer negocios. Hablaba de mérito, de eliminar la burocracia y terminar con la ineficiencia. Lanzó sus empresas —de energía, de minería y de transporte marítimo— mediante ofertas públicas de acciones y puso de su propio bolsillo para convencer a los inversores de que abrieran sus billeteras. Era algo nuevo.

Sin embargo, Cuadros vio más allá de la fachada brillante y descubrió al típico hombre “cordial” de Brasil. A medida que Eike ascendía, no tuvo reparos en tomar préstamos del enorme banco estatal de desarrollo del país, el BNDES, subsidiados por los contribuyentes. También cortejó a sus amigos en Brasilia, comenzando por el presidente Lula y luego su sucesora, Dilma Rousseff, quien veía en Batista a un paladín nacional que le daría renombre a Brasil.

Batista era un blanco irresistible para los periodistas. Ostentoso en un país de magnates discretos, usaba corbatas rosas, hacía alarde de su fortuna, estacionaba un Mercedes-Benz en el living de su casa, enviaba tuits a sus millones de seguidores y le dijo a Charlie Rose que buscaba transformarse en el hombre más rico del mundo.

No obstante, Cuadros tampoco perdona a los multimillonarios brasileños más discretos. Incluso destroza a Jorge Paulo Lemann, el magnate de las fusiones, que detesta la publicidad. Lemann adquirió discretamente Budweiser, Heinz y Burger King y se transformó en el nuevo hombre más rico de Brasil al mismo tiempo en que a Batista se le acababa la suerte. Aunque suele promocionárselo como el “anti-Eike”, Cuadros retrata a Lemann como alguien sin tapujos para usar influencias y recurrir al poder cuando surgió la ocasión y lo reprende por escatimar la filantropía.

No cabe duda de que Cuadros no detesta a Brasil, y a medida que pasan las páginas, su principal pelea parece ser con el propio capitalismo y “la nueva clase de multimillonarios globales sin raíces”. La “principal genialidad” de los íconos empresariales estadounidenses Bill Gates, Steve Jobs y Mark Zuckerberg, escribe Cuadros, “consistió en construir equipos, juntar recursos y llevar al mercado masivo las innovaciones de los demás”. Es una crítica justa, pero pasa por alto un argumento más importante sobre Brasil.

Desde la época colonial, Brasil cuenta con una clase vibrante de emprendedores: pequeños operadores que, privados del favor o las finanzas públicas, forjaron su camino. Los latifundistas —los megarricos de su época— podían conseguir mano de obra esclava y vender azúcar y café a lugares distantes del otro lado de los océanos, pero no eran dueños de la economía. Brasil era dirigido por mercaderes y comerciantes que hacían truques y vendían productos y usaban pagarés avalados por poco más que su palabra de honor.

Sus empresas representaban el 86% de la economía colonial de Brasil en 1800. Más de 200 años después, las cosas no han cambiado, escribe el historiador Jorge Caldeira. Su conclusión: la historia de Brasil es una historia de gente que asume riesgos. Sigue siendo así, sólo que esa gente recibe mucha menos atención mediática que la que usa corbatas vistosas y toma préstamos muy favorables.

Uno de los problemas de la profesión de periodista es que una tarea puede definir una visión del mundo. Aunque no sea culpa de Cuadros, su libro termina un escándalo antes de lo debido: la abrumadora corrupción política en Petrobras, la petrolera estatal, y sus notables efectos sobre Brasil, que siguen desplegándose.

Batista enfrenta sus propios cargos por corrupción, entre ellos las acusaciones de abuso de información privilegiada y, más recientemente, de pagarle un soborno a un legislador. Con todo, por mucha labia y contactos promiscuos con políticos que tuviera, Batista no formaba parte del autodenominado “club VIP” de contratistas que conspiraban con los partidos políticos para estafar a Petrobras por miles de millones de dólares. Quizás el insulto definitivo para Batista sea que su caso espectacular haya quedado eclipsado por otro.

“Brazillionaires” es un cuento que comienza y termina con ascensos e incendios a lo Ícaro. Pero algo nuevo está sucediendo. Por primera vez, que se recuerde, los representantes de la casi intocable clase de hombres cordiales brasileños —entre ellos algunos multimillonarios— están siendo llevados a la Justicia en una enorme campaña anticorrupción. Cuadros lo menciona recién sobre el final de su historia. Quizás sea tema para otro libro.
 

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