Mañana presentan su libro póstumo en Bogotá

“Los jóvenes deben atreverse a participar en lo público”: Guillermo Perry

Noticias destacadas de Economía

Publicamos un capítulo de “El Banco Mundial en privado”, sello editorial Debate, el último libro del exministro, fallecido el año pasado a los 73 años de edad.

¿Qué mensajes les dejaría a los lectores jóvenes de esta entrevista?

Espero que a todo joven que nos acompañe por esta larga entrevista le quede un mensaje claro: que vale la pena atreverse a participar en lo público. Que, con su preparación y su energía, tienen mucho que aportarle al país, no solamente desde su actividad privada o académica, sino también en el sector público y la política, en donde sus contribuciones pueden tener efectos positivos importantes sobre un número mucho mayor de personas. Aunque a veces no lo parezca, porque lo tiende a ocultar la pesada sombra de la burocracia estatal y el velo opaco del clientelismo y la corrupción política, es un hecho incontrovertible que las ideas y lo técnico acaban teniendo un impacto formidable en las decisiones colectivas, especialmente cuando quienes tienen una buena formación se aventuran en ese mundo con entusiasmo y decisión.

Pero usted me expresó su enorme frustración con el proceso 8000 en que se vio envuelto el presidente Samper y que lo llevó a renunciar a su cargo de ministro de Hacienda y a tomar distancia de lo público…

No hay duda de que en el servicio público siempre se presentan situaciones ingratas. Por supuesto que fue muy doloroso para todos aquellos que participamos en el movimiento progresista encabezado por Samper, y creíamos —y seguimos creyendo— que las propuestas de corte socialdemócrata que defendimos eran lo que más convenía al país, descubrir que él había comprometido gravemente ese gran proyecto político al aceptar dineros ilícitos en su campaña. Y fue angustiosa la zozobra que padeció mi familia durante más de un año cuando fui declarado objetivo militar por el Eln, por defender el patrimonio público de sus ataques irracionales.

Entonces, ¿no se arrepiente de nada?

No me he arrepentido ni por un momento de haber colaborado en los cuatro gobiernos en que participé (Lleras Restrepo, López, Barco y Samper), ni mucho menos en la Asamblea Constituyente de 1991, como tampoco de haber ayudado a conformar un movimiento político progresista dentro del Partido Liberal, el llamado Poder Popular, y haberlo representado en el Senado, así ese promisorio movimiento hubiera luego desaparecido como consecuencia de las actuaciones de su fundador. La satisfacción de haber contribuido a mejorar y crear instituciones y políticas que han tenido incidencia positiva en el bienestar de muchos colombianos compensó con creces esos inconvenientes, frustraciones y angustias.

O sea que las satisfacciones se deben básicamente a que usted pudo observar resultados concretos de su participación en lo público. Si tuviera que escoger ¿cuáles mencionaría?

Por supuesto no hay nada más satisfactorio que constatar que uno prestó servicios que mejoraron el bienestar de muchos conciudadanos. En mi caso, lo que más me llena de satisfacción y orgullo es haber sido parte de los 104 artífices de la Constitución de 1991 que la gran mayoría de colombianos sigue considerando como suya, a diferencia de la de 1886, que rigió durante más de un siglo y que muy pocos conocían o apreciaban. Es muy grato verificar que el país ha avanzado mucho desde entonces en la protección de los derechos de todos, y en particular de los niños, las mujeres, las minorías étnicas y religiosas, y de quienes tienen preferencias o ideas diferentes a los de la mayoría.

Esto se ha logrado gracias a que la Carta del 91 entronizó la protección de los derechos (fundamentales, sociales, económicos y colectivos) de los ciudadanos como el objetivo principal de nuestro nuevo Estado Social de Derecho, creó una Corte Constitucional que ha velado por ellos (y que en ocasiones los ha extendido) y empoderó a los ciudadanos con instrumentos efectivos para su defensa, tales como la acción de tutela y las acciones populares. En particular, me enorgullece haber sido el autor de las propuestas sobre derechos colectivos (a un ambiente sano, al espacio público, a la libre competencia, a la moralidad pública y la integridad del patrimonio público) y las acciones populares, que marcaron un enorme cambio frente a la cultura individualista de nuestro derecho y nuestro orden constitucional previo. Esas innovaciones, y las otras normas sobre protección ambiental de las cuales también fui ponente, condujeron a que nuestra Carta haya sido llamada “la Constitución verde” e imitada en estos aspectos por muchas otras posteriores en el mundo. Ella, conjuntamente con las luchas de los movimientos ambientalistas, contribuyó al desarrollo de la nueva cultura de protección ambiental que hoy caracteriza a la juventud colombiana y a buena parte de las generaciones anteriores.

También creo que nuestra democracia funciona hoy un poco mejor que antes, pese al desafortunado auge de la corrupción política, gracias a que la Constitución del 91 estableció un mejor balance entre los tres poderes y diversos mecanismos de participación ciudadana, así como por al empoderamiento de los intereses regionales y locales que trajo la descentralización fiscal y la mayor autonomía brindada a los poderes regionales y locales, así haya habido abusos. Asimismo, hubo avances en nuestro ordenamiento judicial, con la creación de la Corte Constitucional y la Fiscalía, a pesar de que a veces parecen opacados por la lentitud y las fallas de nuestros jueces y los procedimientos judiciales y episodios desafortunados de corrupción como los del “cartel de la toga”. En este campo, sin embargo, hay que reconocer que los resultados quedaron muy lejos de nuestras aspiraciones. Y no hay duda de que nuestra economía funciona mejor con la autonomía que otorgamos al Banco de la República y las nuevas normas sobre competencia económica y servicios públicos.

***

¿Y las cosas que trató pero no pudo hacer o que salieron mal?

Claro está que hubo muchas cosas que no se pudieron hacer o que salieron mal, como lo reconocí a lo largo de esta entrevista. Esas dejaron, sin duda, frustraciones. Pero aun en esos casos quedó también la satisfacción de haber tratado y puesto el mejor empeño en lograrlo. Y uno conserva la esperanza de que tarde o temprano alguien más calificado o hábil recoja algunas de esas iniciativas, las mejore y las lleve a buen puerto. Eso ha sucedido ya en algunos casos.

Dígame francamente, si usted piensa que la actividad pública deja tan hondas satisfacciones y que se pueden lograr cosas importantes, ¿por qué no se dedicó tiempo completo a la política?

Porque no tenía vocación política. Hay personas que nacen con una libido de poder muy grande y para quienes lo único que genera satisfacción es la actividad pública. Cuando esas personas ejercen su vocación con integridad acaban prestando grandes servicios. Pero mi mensaje no es para quienes tienen el gusanito de la política muy adentro. Me refiero más a los académicos, técnicos y profesionales, como yo, que derivamos grandes satisfacciones de nuestra labor académica o profesional, pero que también podemos contribuir ocasionalmente al servicio público. Lo que espero haber dejado en claro en esta entrevista es que este tipo de personas podemos hacer contribuciones muy especiales en el ámbito público.

En mi experiencia, detrás de las grandes reformas económicas y sociales y de las innovaciones y mejoras importantes en la política pública, al menos en países como el nuestro, casi siempre se encuentran personas con gran conocimiento de los temas que decidieron jugársela por un tiempo aceptando un ministerio, la dirección de un instituto o empresa pública, o cargos técnicos importantes en la administración.

Por supuesto que con mucha frecuencia esas iniciativas nacen en el ámbito académico nacional o vienen de fuera del país (de la academia global o de los organismos internacionales). Pero rara vez pasan directamente de la academia, o la consultoría, o una comisión asesora, a convertirse en una ley y una realidad palpitante sin que un líder técnico dentro de un gobierno comprenda su importancia, posea la capacidad de adaptarla a nuestra realidad institucional y tenga la credibilidad para convencer a un presidente y un Congreso de jugarse su capital político al adoptarla. Y la contribución técnica es definitiva no solo para la adopción de iniciativas y reformas, sino para su implementación.

En la última parte de esta entrevista hablamos de las entidades internacionales y su experiencia en ellas. ¿Cuál es su mensaje a ese respecto para nuestros lectores?

El mensaje que quisiera dejar con respecto a lo internacional no se refiere únicamente a estas entidades. Es un poco más general. Estoy convencido de que si uno no entiende el mundo globalizado en el que vivimos acaba teniendo grandes limitaciones en las soluciones nacionales y personales que adopte. Por no hacerlo lo suficiente, en Colombia acabamos enfrascados con frecuencia en debates parroquiales, mientras el resto del mundo dice: qué tipos tan raros estos colombianos, siguen haciendo y discutiendo muchas cosas como lo hacíamos antes en otras partes, mientras el resto del mundo hace tiempo descubrió que hay formas más efectivas de hacerlas o de abordarlas. Por eso a veces nos quedamos muy rezagados, en medio de discusiones bizantinas, encerrados en nuestros problemas sin poder resolverlos efectivamente. En parte por eso tuvimos hasta hace poco el conflicto interno más largo del mundo. Tenemos que acabar de superar el síndrome de “Tíbet de Suramérica”.

Siempre es necesario mirarse en el espejo del otro para entenderse uno mejor. De lo contrario se corre el riesgo de condenarse a buscar y encontrar soluciones que ya otros buscaron y encontraron. El aislamiento no es bueno para nada. Ni para las sociedades ni para las personas. Hubo una época en que algunos pensaban que lo mejor era ser un anacoreta, subirse encima de una columna lo más alejado posible de los demás y vivir allá solo. Hay gustos para todo, pero no creo que ese sea el ideal de vida de la mayor parte de la gente en el siglo XXI. Somos animales sociales y eso se extiende a nuestra familia, a las relaciones de la familia con la comunidad, con el país y con el resto del mundo. La mirada al otro sirve para apreciar mejor las similitudes y diferencias nuestras con los demás. Por eso a mis alumnos les enseño economía colombiana en forma comparativa con la que sucede en otros países de la región y del mundo, y la mayoría de mis investigaciones económicas hacen lo mismo, pues considero que esto es mucho más útil que enseñarla en un vacío artificial.

¿Puede resumir estos mensajes en una sola frase?

Seamos buenos ciudadanos colombianos, contribuyámosle a Colombia desde donde podamos, pero ojalá también desde lo público. Y seamos también buenos ciudadanos globales para poder ser mejores ciudadanos colombianos.

¿Y cómo se convierte uno en un buen ciudadano global?

Se adquiere conciencia de ciudadano global por muchos caminos. La lectura y los viajes son, por lo general, el punto de arranque. Y la propia actividad profesional y académica lo lleva a uno en esa dirección, pues vivimos en un mundo interconectado en donde resulta imposible ser un buen profesional o académico si uno no tiene contacto directo con lo que se hace en otras partes. Pero a quienes tengan la oportunidad también les recomiendo pasar un tiempo en organismos internacionales: eso es, a nivel global, el equivalente del servicio público nacional.

Pero hay quienes se vuelven ciudadanos globales y se olvidan de su país…

Desafortunadamente sí. Conozco muchos colombianos que han resuelto que les da igual Colombia que cualquier otro sitio. Eso sucede en todas partes y en mayor medida en los países desarrollados. Y algunos de ellos acaban haciendo grandes contribuciones y viviendo una vida plena. Pero considero que, en general, no es bueno no tener raíces en alguna parte. Por lo general resulta más difícil para un colombiano llegar a tener una contribución muy grande en la solución de un problema global o en algún asunto en un país africano o en Francia, que en su mismo país. Y, aun si lo logra, difícilmente le va a causar la misma satisfacción que le produce resolver un problema importante en su ciudad o en su país. Al menos es lo que a mí me sucede. Es cierto que el mundo se ha globalizado y uno puede hacer muchos amigos en otros países y vivir lejos de su familia y sus amigos de juventud, pero su familia es su familia y el día que se reúne con ella siente una relación diferente a las demás. Lo mismo sucede con los amigos de juventud. Y con el país de origen. Además, así como se puede ser un mejor ciudadano local cuando se tienen conocimientos y vínculos globales, con frecuencia se es un mejor ciudadano global cuando se tienen raíces profundas en un sitio.

* Periodista, autora de la entrevista. Se publica por cortesía de Penguin Random House Grupo Editoprial. El libro será presentado mañana martes 15 de septiembre, a las 6 de la tarde, vía Facebook Live de Megustaleer Colombia, con una charla entre Bill Maloney, Ana María Ibáñez, Carlos Felipe Jaramillo y Augusto de la Torre, con moderación de Ricardo Ávila.

Comparte en redes: