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La misión de Ginebra

En la Organización Mundial del Comercio Colombia se constituye como un nuevo líder en las negociaciones de los intercambios globales.

Diciembre de 2009. En las instalaciones de la Organización Mundial del Comercio (OMC) se abrían botellas de champaña. Tras una extenuante batalla de más de 16 años, los países productores de banano de América Latina y el Caribe habían llegado a un acuerdo con los miembros de la Unión Europea (UE) para permitir la entrada de la fruta al mercado comunitario pagando un arancel que disminuiría año a año (una rebaja inmediata de los 176 euros que pagaban por tonelada a 148 euros, los cuales, para 2017, se reducirían a 114 euros).

Pero a diferencia de lo que pudiera pensarse, los ceños fruncidos dominaban la celebración. “Estará complacido por haber llegado a un final feliz después de tantos años”, le dije al embajador francés. Y me respondió con un escueto “para nada”. Entonces me acerqué a la representante de Santa Lucía, y cuando repetí lo mismo, me miró muy mal. “Por supuesto que no”, me aclaró. Son los recuerdos de uno de los funcionarios de la OMC quien, para mantener el formalismo y la excesiva neutralidad que caracteriza al organismo, prefiere mantener su nombre en el anonimato.

Sin embargo, en el piso superior de su sede, en el número 154 de la Calle Lausanne, en Ginebra (Suiza), exactamente en la oficina del director general, Pascal Lamy, la celebración tenía un toque de altísimo nivel. “Nos invitó a una copa de champaña en la sala de juntas, el llamado Green Room, y nos entregó a cada embajador una camiseta con el logro impreso en ella y la fecha”, confiesa Eduardo Muñoz, embajador de Colombia ante la OMC, quien ese día, al llegar a casa, portaba en sus manos una nueva camiseta: un regalo del embajador de la UE con un mico y bananos estampados.

Aquellos regalos no sólo marcaban el fin de una disputa de más de 16 años entre los principales países bananeros de América Latina y el Viejo Continente por los aranceles a la fruta en detrimento de las exportaciones provenientes de sus antiguas colonias en África, el Caribe y el Pacífico; también significaban la consolidación de Colombia dentro del organismo multilateral como protagonista de las negociaciones comerciales.

El nuevo inquilino

Un año atrás, Muñoz aterrizaba con su familia en Ginebra para hacerse cargo de la misión permanente de Colombia ante la OMC. “Llegamos en pleno invierno a una casa vacía, porque está establecido que esa residencia no tenga dotación. La embajadora saliente nos prestó un par de camas, algunos colegas nos dejaron sillas, nos prestaron unos cubiertos y unos platos. Y el resto de la casa, literalmente vacía”, recuerda este economista payanés con 33 años de experiencia en el sector público, quien se convertía en nuevo embajador ante el organismo tras desempeñarse como viceministro de Comercio Exterior.

Una tarea que para nada se perfilaba fácil. Muñoz se convertía en el cuarto jefe de la misión creada en 1994, cuando nació la OMC, por pedido expreso del ministro de Comercio Exterior de la época: Juan Manuel Santos. En el año 2000, Hernando José Gómez (hoy director de Planeación Nacional) asumió el cargo y enfocó la participación nacional hacia temas como la balanza de pagos y asesoría jurídica; con la llegada de Claudia Uribe en 2004, el país comenzó a demostrar un nuevo protagonismo en negociaciones claves, como el comercio de servicios y la adhesión de Irak al organismo. Y, por supuesto, sacar adelante la demanda bananera.

“Como país exportador, Colombia fue muy maltratado por las políticas de la UE, que se situó en la ilegalidad frente a sus obligaciones en el GATT y la OMC. No obstante, logramos, sin sacrificar nuestros propios intereses, articular mecanismos que fueron los que condujeron al acuerdo final”, recuerda Uribe, quien se desempeña hoy como directora de cooperación para América Latina y el Caribe del Centro Internacional de Comercio en Ginebra.

Asimismo, se recuerda el buen trabajo realizado por funcionarios como Claudia Orozco. “Ella lideró la campaña (secundada por otros países) para establecer un organismo asesor de temas legales que ayude a los países en vía de desarrollo a ejercer una participación activa al momento de solucionar un problema concreto”, dice Josep Bosch, portavoz de la División de Información y Relaciones Exteriores de la OMC.

Cuando puso su primer pie en la sede del organismo, Muñoz tenía la misión de lograr un acuerdo en la demanda del banano. Un tema que se había convertido en la principal traba de las negociaciones agrícolas del tratado de libre comercio que el país negociaba, en ese momento, con la UE y que tuvo su peor coyuntura en julio de 2008, cuando, tras haber negociado un principio de acuerdo difundido a los medios, los representantes comunitarios les dieron la espalda a los compromisos y anularon lo pactado.

Pero el nuevo representante colombiano también tenía un objetivo personal: “En la OMC hay muchas coaliciones y buena parte del trabajo de los embajadores no se hace en las reuniones regulares, sino por fuera. Hay encuentros informales, desayunos, almuerzos y cenas de trabajo. Y me propuse que Colombia iba a ser un país muy participativo”.

El primer punto de su agenda fueron las reuniones con sus similares sobre temas comunes, para ir construyendo consensos a la hora de votar. Por otra parte, el país comenzó a asistir como tercero (observador interesado) en las disputas comerciales que se dan en el interior del organismo con el objetivo de aprender de cada una de sus etapas para futuros conflictos. Y, además, los correos electrónicos de los funcionarios del Ministerio de Comercio, Industria y Turismo, así como del equipo negociador ante la UE, comenzaron a llenarse con los informes (técnicos e informales) que la misión en Ginebra elaboraba sobre los temas más sensibles.

Y ese trabajo constante, con liderazgos claros como en el tema bananero o en el Comité de Comercio y Medio Ambiente, hizo que el país se ganara un puesto privilegiado en el Green Room. “Es un grupo de aproximadamente 22 embajadores que se reúnen periódicamente por invitación del director general de la OMC a discutir los temas puntuales de una negociación. Son de temas claves para toda la membresía”, explica Muñoz.

El protagonista

Gracias a los informes y al trabajo realizado desde Ginebra, Colombia obtuvo un premio adicional en su propia negociación con Europa: que el arancel al banano siguiera reduciéndose hasta llegar a 75 euros en 2020.

Triunfo acompañado por el cambio de gobierno en Bogotá y cambios graduales en los objetivos de la misión. “Nos encerramos con todo el equipo directivo del Ministerio a discutir cada tema, recuerda Muñoz, quien recibió la orden de incrementar la participación del país como tercero en discusiones comerciales para estructurar la nueva división de asesoría legal que representará al país en disputas futuras. Asimismo, se redoblaron los esfuerzos en las negociaciones de la Ronda de Doha, que busca un acuerdo multilateral para convertir al comercio en la mejor vía para consolidar el desarrollo económico.

Esta nueva orientación ha resaltado aún más el papel de la misión en el interior de la OMC. “Colombia es un país que gana espacios. Tiene una representación muy buena, con personal calificado, un cuerpo técnico muy importante y que participa cada vez más de una manera efectiva en las negociaciones. Es un cambio que se puede percibir sin mucha dificultad”, comenta Roberto Carvalho de Azevêdo, embajador de Brasil ante la Organización.

Su liderazgo también es reconocido en la construcción de la regla de oro de la entidad: el consenso a la hora de decidir. “Ahora desempeña un papel decisivo dentro del grupo de Amigos del Sistema, que busca ser un puente de comunicación ante posturas enfrentadas y encontrar soluciones para que las negociaciones avancen”, señala Bosch.

Su paladar ha tenido que acostumbrarse al pavo, al arroz hervido y a las múltiples ensaladas con aderezo de la cocina de Europa Central. También a las altas temperaturas que por estos días envuelven a Suiza, que advierten de la llegada del invierno. Pero el embajador colombiano guarda en casa un tesoro personal que le da sentido a esas largas reuniones, negociaciones técnicas y consensos: las camisetas del triunfo bananero que reposan dobladas en su clóset. “Las guardo. Y no me las pongo para que no se dañen, dice.