Ocaso de la corbata

Con el pasar de los años Colombia se ha convertido en un país que consume menos vestidos formales.

Según cifras de Inexmoda y Raddar, el año pasado se vendieron 2,5 millones de vestidos en Colombia. / Imágenes: 123rf
Según cifras de Inexmoda y Raddar, el año pasado se vendieron 2,5 millones de vestidos en Colombia. / Imágenes: 123rf

Algo dejó de brillar con la llegada del nuevo milenio. Fue lo que intuyó el Grupo Empresarial Antioqueño al notar que las cifras de sus inversiones textiles estaban perdiendo forma. Por eso se propuso rebajar su participación y encontrar socios estratégicos que le intectaran una nueva perspectiva a la operación de Fabricato, Enka y Confecciones Colombia.

Esta última representaba un caso especial: dueña de la tradicional marca de vestidos Everfit y con una trayectoria de más de 60 años en el mercado, había vendido su operación de textiles, cerrado su división de exportaciones y disminuido el número de empleados. Los balances mostraban que, aunque su operación nacional registraba incrementos anuales superiores al 30%, las pérdidas acumuladas entre 2009 y 2010 superaban los $10.000 millones.

Era el resultado de una tasa de cambio lesiva, que la obligaba a vender sus piezas a menor costo para hacerles frente a las pérdidas generadas por productos asiáticos desplazaron sus trajes de paño del ropero de los colombianos. Pero también una oportunidad de oro para un nuevo grupo de empresarios que, tras adquirir el 51% de la compañía, se dio a la tarea de confeccionar un nuevo destino.

Éste consistió en un cambio de mentalidad. Liderada por José Ignacio Pérez, un ejecutivo con amplia experiencia en el sector (trabajó en Caribú y Arturo Calle), la firma pasó a llamarse Kreate, un nombre enfocado especialmente en volver a darles marcha a sus ventas externas. También se propuso la transformación de sus colecciones con Befit, una marca orientada a los consumidores jóvenes, que supuso renovar la imagen de sus tiendas y apostarle al negocio de las dotaciones.

“Nos estamos concentrando en una compañía con enfoque industrial”, les dijo a los periodistas que se acercaron a preguntarle por la salud de su negocio en la edición 2012 de Colombiamoda, en Medellín. De hehco, él mismo, vestido con un saco de paño y camisa, sin corbata a la vista, era el ejemplo más relevante de la transformación que ha vivido el sector desde hace 20 años.

“La tendencia en moda de traje formal masculino ha cambiado hacia un estilo más arriesgado, menos conservador. El diseñador Juan Pablo Socarrás explica que ‘el hombre está buscando un mejor mercado, más vanguardista, al estilo italiano o francés”. El primero se caracteriza por los trajes cruzados, ruedos más cortos y con líneas más ajustadas al cuerpo; el segundo, resalta un alto nivel de detalles y variedad de colores, que especialmente juega con las corbatas y los pañuelos”, afirma Marcela Mosquera Vásquez, exdirectora de la Cámara Colombiana de la Confección y Afines.

Durante este tiempo el ropero masculino ha evolucionado a la par de nuevos ideales, donde las prendas informales (buzos, pantalones de dril y sacos de pana) han desplazado lentamente a piezas imprescindibles medio siglo atrás, como los chalecos de paño o las corbatas. De acuerdo con las cifras del Observatorio de la Moda, iniciativa conjunta del Instituto para la Exportación y la Moda (Inexmoda) y la consultora Raddar que mide el consumo del sector, los colombianos destinaron $16,1 billones en 2012 para vestuario (en promedio, cada uno invirtió $347.000 en 10 piezas).

Sin embargo, en lo que corresponde a vestidos para hombre, el gasto ascendió a $389.000 millones, lo que representa apenas el 2,41% del gran total. La facturación ascendió a 2,5 millones de trajes, registrándose un incremento de 13,45% frente a 2011.

“Hoy el 90% de los hombres, si no es el 98%, se visten a la moda y con elegancia, pero de estilo totalmente informal”, dice Arturo Calle, creador de la marca que lleva su nombre y que desde 1965, cuando abrió su primer local en el sector bogotano de San Victorino, se ha convertido en un referente del segmento. Hoy abarca el 12% del mercado local, siendo la capital la plaza en donde más se venden sus conjuntos de paño: “El clima favorece ampliamente al traje de calle y la corbata”.

En efecto, Bogotá es la ciudad más apetecida para las marcas que compiten en la categoría. A pesar de agrupar al 17% de la población colombiana que consume vestuario, representó el año pasado el 41% del consumo. Sus clientes más asiduos fueron los de estratos altos (el 23% del mercado), lo cual confirma el giro que ha vivido la categoría en los últimos decenios. “Es un producto de nicho que no sólo está sobreviviendo un cambio, sino que se está reinventando”, afirma Camilo Herrera, presidente de Raddar.

Entre los elementos que lideran ese proceso sobresalen los insumos y el diseño. “Nosotros manejamos telas exclusivas que incluyen una mezcla de poliéster y viscosa. Son resistentes y muy suaves al tacto. También incluimos cortes modernos y medidas más ajustadas para los jóvenes”, comenta Hernán Alvarado, director comercial de Línea Masculina de Los Vestidos, firma que también nació en San Victorino y que, en sus inicios, posicionó en el mercado la marca Valher (hoy desaparecida). Su colección actual está compuesta en un 40% por prendas formales.

Pero el país también experimenta otra tendencia: la llegada de las marcas internacionales. Según cifras del DANE, en 2012 las importaciones de confecciones ascendieron a US$843 millones, y en el renglón en el cual se incluyen los vestidos de hombre, se registraron compras por US$356,9 millones. Las firmas extranjeras, que son lideradas por marcas como Armani, Hugo Boss y Salvatore Ferragamo, representan hoy el 32% del mercado. “Ha entrado mucho producto asiático dirigido especialmente a los estratos altos, y una importante parte de la torta de productos norteamericanos y europeos se concentra en los altos”, comenta Herrera.

A la par, las firmas colombianas han vuelto a poner los ojos en el exterior. “Los primeros países en los que estamos concentrados en crecer son Panamá, Ecuador, Perú, Costa Rica, Salvador, Guatemala y República Dominicana. Hemos orientado nuestra expansión a mercados naturales, especialmente donde ya tenemos un cierto reconocimiento del consumidor, ya sea por que son clientes de la marca en los viajes que hacen a Colombia o por referencia de sus conocidos”, explica Catalina Calle, gerente de Mercadeo y Expansión Internacional de Arturo Calle.

Estos cambios están dejando de lado a un protagonista silencioso de la moda masculina en Colombia durante el siglo pasado: la corbata. Esa prenda, que tiene sus orígenes en los Balcanes, que diferenciaba a los mercenarios croatas que lucharon a favor de los intereses franceses en la Guerra de los 30 años, en la primera mitad del siglo XIX; la misma que, gracias a la industrialización, se convirtió en un referente del vestido masculino a partir de los años 20 y que fue adoptada en todos los estamentos de la clase colombiana, desde los políticos, pasando por los médicos, abogados, arquitectos, hasta los empleados bancarios.

Esa que definió muy bien a los “cachacos”, tal como Daniel Samper Ospina consignó en la revista Diners en 1980: “Cachaco típico puede ser, al mismo tiempo, el perfumado descendiente del conquistador Antón de Olalla que todavía carga sombrero, vive en Chapinero y gasta traje cruzado, o el guisandero de Las Cruces cuyos antepasados vendían pita en los jolgorios dominicales y que usa vestido rayado, ruana y corbata negra que alguna vez fue de otro color”.

Aquellos eran los días de mitad del siglo XX, en los que la marca paisa Everfit (que en algún punto de su historia le vendió sacos de paño a Estados Unidos) se convirtió en un aliado esencial de la clase media y en el sinónimo de las élites para calificar con desprecio a sus antagonistas. Las corbatas vivieron su máximo esplendor durante el Frente Nacional, en la época en la que los partidos políticos dividieron milimétricamente y ensancharon (de igual forma) la burocracia para mantener la paz.

Pero la globalización trajo consigo la imagen del ejecutivo que prefería la comodidad a la hora de vestirse y, aunque fue una tendencia que arrancó tímidamente, fue consolidándose con la llegada de multinacionales al país. Recientemente, la extinción de la corbata se convirtió en la política corporativa de Bancolombia.

“El reto más grande de la industria es adaptarse a la nuevas realidades del protocolo y educar a las nuevas generaciones a utilizar el vestido, no la corbata”, afirma Carlos Eduardo Botero, director ejecutivo de Inexmoda.

Se trata de una práctica que, por lo visto, se quedará por muchos años. Así lo afirma Herrera: “Hoy es más importante definir un buen par de zapatos y un cinturón que una corbata”.