La osada maniobra de Draghi

Algunos creen que la decisión del banco es insuficiente y otros, innecesaria.

Mario Draghi lidera las políticas monetarias del Banco Central Europeo en busca de llegar a tierra firme en medio de la tormenta financiera internacional./ Bloomberg

Hay que compadecerse de Mario Draghi, el presidente del Banco Central Europeo (BCE). Está intentando llevar a la Eurozona hacia las aguas monetarias. Desafortunadamente, la bestia tiene muchas cabezas: algunas quieren beber, otras insisten en que beber sería malo para todos. Pero el BCE debe intentarlo. El permitir que la deflación se imponga sería mucho más peligroso.

Así que el BCE ha decidido comprar 60.000 millones de euros de activos al mes hasta, cuando menos, septiembre de 2016. Sobre todo, las compras seguirán hasta que el banco vea un "ajuste sostenido" en el camino a una inflación que sea consistente con su objetivo de llegar a tasas "que estén por debajo pero sean cercanas a 2%". La distribución de las compras se hará según la participación de cada país en el capital del BCE (que es aproximadamente lo mismo que su participación en el producto interno bruto de la Eurozona).

La promesa de Draghi es similar a la de 2012 de hacer "todo lo que sea necesario" para salvar al euro. Esta vez el BCE dice que comprará aproximadamente 1 billón de euros en activos, que es el 10% del PIB de la Eurozona, y una proporción similar de deuda pública. Sobre todo, seguirá haciéndolo hasta que llegue a su objetivo.

El compromiso del BCE podría desatar un espiral positivo en la confianza. Al menos uno podría tener la esperanza de ello. Quienes critican la decisión generalmente caen en uno de dos bandos. Los primeros aceptan que la Eurozona sufre de una demanda crónicamente débil, que necesita herramientas macroeconómicas estándar; no obstante, dicen estas personas, la acción en el terreno monetario es insuficiente y, lo que es peor, les quita presión a los gobiernos para que realicen políticas fiscales expansivas.

No obstante, es demasiado peligroso para el banco central enfrentarse a los gobiernos como en un juego de gallina. Es más, lo que se ha anunciado seguramente es lo más que Draghi pudo lograr. El punto crucial es que el BCE ha fijado un objetivo como referencia para ponerle fin al programa.

El segundo bando consiste en aquellos que creen que el relajamiento cuantitativo es una invención diabólica. Voy a dejar de lado la opinión de que es el primer paso a la hiperinflación: la evidencia está muy en contra de esto. Los argumentos más serios son que una ligera deflación no es contraproducente, que la política monetaria no puede resolver las debilidades estructurales y que el relajamiento cuantitativo le quitará presión a los gobiernos para que hagan reformas.

El primero de estos puntos es demasiado complaciente. La deflación agravaría los problemas de los que están muy endeudados. De hecho, a diferencia de Japón, la Eurozona no tiene la capacidad de utilizar la política fiscal, si fuera necesario para contener el impacto de la deflación. Finalmente, si el BCE no lograra su objetivo su credibilidad se vería seriamente afectada.

La respuesta a la segunda objeción es, simplemente, ¿y qué que la política monetaria no resuelva los problemas estructurales? Es cierto, no lo hará, pero la economía de la Eurozona no tuvo esta caída porque hubieran empeorado de un momento para otro los problemas en el lado de la oferta. Se vio afectada porque la demanda colapsó. Además, una reforma del lado de la oferta no necesariamente aumentaría la demanda, como lo demuestra el desempeño de Alemania durante las últimas décadas. De hecho las reformas al mercado laboral podrían reducir la demanda en el corto plazo, al tiempo que los trabajadores temen despidos y los salarios se reducen. Así que el apoyo agresivo a la demanda es un complemento necesario para lograr reformas del lado de la oferta, en particular porque, incluso con un euro más débil, la Eurozona difícilmente puede esperar tener un excedente externo tan grande como el de Alemania.

La respuesta a la última objeción es que la creencia de que los gobiernos sólo harán reformas bajo la presión del látigo es demasiado sádica. También hay un poderoso punto en contra: los gobiernos que se comprometen a hacer dolorosas reformas, pero no reciben ayuda por parte de políticas del lado de la demanda, pierden su credibilidad y luego son rechazados. La Eurozona podría muy pronto encontrarse con una proliferación de gobiernos populistas, de izquierda o derecha, que están profundamente opuestos a las políticas que se les imponen. Esto ciertamente sería un desastre mucho mayor.

Nadie sabe si esta estrategia funcionará, pero al menos es un comienzo. La intensidad de la oposición en Alemania podría debilitar su credibilidad. Sin embargo, el BCE está actuando. Esto está lejos de ser una solución completa a los problemas de la Eurozona, pero es un esfuerzo por mantener vivo el proceso.

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