Papa reorganiza Banco Vaticano

El sumo pontífice quiere que la entidad ofrezca retornos atractivos y responsables en el plano social para las instituciones católicas.

“San Pedro no tenía cuenta bancaria”, dice el papa Francisco, máximo representante de la Iglesia católica. / AFP
Como lo indicara la revista Bloomberg Markets en su edición de junio, el papa Francisco no es el Santo Padre de la generación anterior. Desde su posición sobre la homosexualidad (en una ocasión dijo, haciendo referencia a los sacerdotes homosexuales: “¿Quién soy yo para juzgar?”) hasta su contribución a un acercamiento entre Estados Unidos y Cuba y su manejo de los medios sociales (¡tuitea!), Francisco es noticia y moviliza a los fieles. Ha renovado una iglesia envenenada por años de escándalos de abuso sexual y, según hasta muchos católicos devotos, alejada de la modernidad. Más aún, el último sínodo reveló un aspecto más terrenal de las reformas de Francisco: arriesgándose a una peligrosa confrontación con la curia romana, la poderosa burocracia que gobierna la Santa Sede ataca el despilfarro, la mala administración y la corrupción.
 
El Vaticano no es una usina financiera. Aparte de su valiosa colección de arte, controla menos de US$7.000 millones en activos, y eso constituye una valuación generosa de su cartera inmobiliaria. El Banco Vaticano, por su parte, tiene menos de US$6.500 millones en activos, en su mayor parte no pertenecientes estrictamente al Vaticano, sino a organizaciones de caridad, órdenes y a la diócesis católica. De todos modos, la administración de las finanzas del Vaticano tiene importancia porque refleja la autoridad moral de la Iglesia, dice Joseph F. X. Zahra, un empresario y economista maltés, que es uno de los asesores financieros más cercanos al papa Francisco.
 
Eso resulta especialmente válido en momentos en que el pontífice predica un capitalismo ético, responsable en el plano social, a los 1.200 millones de fieles católicos, dice Zahra. A los efectos de abordar finanzas que son turbias -y a veces corruptas-, el papa incorpora estándares contables internacionales, grandes firmas de auditoría como KPMG y Ernst Young, un nuevo Ministerio de Hacienda del Vaticano y un creciente equipo de trabajo global.
 
Cuando el Colegio de Cardenales eligió a Jorge Mario Bergoglio como papa, en marzo de 2013, dio al prelado argentino un mandato de reforma financiera, según el cardenal Wilfrid Fox Napier, el arzobispo de Durban, Sudáfrica.
El deseo de los cardenales de que las finanzas del Vaticano se vieran libres de escándalo, dominó sus mensajes anteriores a la elección, dice Napier. “Teníamos que deshacernos de esa sombra que pendía sobre la Iglesia: El Banco Vaticano podría usarse para lavado de dinero; el Banco Vaticano no está bien administrado”.
 
El Banco Vaticano ha visto suficientes escándalos y complots como para llenar varias novelas de Dan Brown. El banco no hace préstamos, pero toma depósitos, ofrece servicios de administración de activos y procesa transferencias. Se supone que sólo la Santa Sede y las organizaciones católicas y de caridad, el clero y los empleados de Ciudad del Vaticano tienen cuentas en el banco. Durante décadas, sin embargo, la institución, opaca y no regulada, funcionó como banco offshore en el corazón de Roma, para indignación de los organismos reguladores europeos y de la policía, cuya jurisdicción terminaba en los muros del Vaticano.
 
En febrero de 2014, y por recomendación de la comisión de Zahra, el pontífice anunció los primeros grandes cambios en la estructura de la curia desde el papado de Pablo VI, 50 años antes. Estableció una nueva Secretaría de Economía -en realidad, un Ministerio de Hacienda vaticano- y creó un Consejo para la Economía de 15 miembros que lo asesora en cuanto a políticas. El consejo está encabezado por un cardenal, pero comprende a miembros que no integran el clero y que tienen poder de foto, entre ellos Zahra y dos de sus comisionados. Por primera vez, quienes no forman parte del clero son más que meros asesores. “Es un paso de enorme importancia”, dice Kerry Robinson, director ejecutivo de la National Leadership Roundtable on Church Management en Washington.
 
El papa Francisco ha demostrado que no se dejará intimidar ni presionar por la curia, en opinión de algunos. Otros, como Andrea Tornielli, un periodista que cubre el Vaticano para el diario italiano La Stampa, se muestra escéptico. Dice que cambiar la estructura de la curia no va a cambiar su cultura. “La verdadera reforma de la curia exige un cambio en las personas que la integran”, afirma.
 
El propio Banco Vaticano tuvo suerte de sobrevivir a la limpieza financiera de Francisco. El pontífice barajó cerrarlo en algún momento. “San Pedro no tenía cuenta bancaria”, dijo el papa durante una misa del 11 de junio de 2013. Pero Ernst von Freybert, el aristocrático financista alemán que asumió la presidencia del banco en los últimos días del papado de Benedicto, convenció al papa Francisco de que la institución aún desempeñaba un papel vital: ayudar a las diócesis pobres, en especial las de África y Asia, proteger sus escasos fondos y permitir que las organizaciones de caridad transfieran dinero a los necesitados en lugares remotos o desgarrados por la guerra, como Siria. Por otra parte, la Santa Sede depende de las ganancias del banco. Sin los ingresos del banco, el Estado operaría en rojo.
 
Luego de salvar al Banco Vaticano, el sumo pontífice tiene grandes planes para la entidad. Su idea es la de un banco que ofrezca retornos atractivos y responsables en el plano social a las instituciones católicas.
 
Es posible que el papa Francisco, que hasta ahora ha sorprendido a los católicos y al mundo de muchas formas, logre superar el escepticismo. Como ha escrito el cardenal australiano George Pell, quien está al frente de la nueva Secretaría, el papa  sabe que “una iglesia pobre, para los pobres, no debe tener una administración pobre”.