Petrobras, el dolor de cabeza de Rousseff

La salida de María das Gracas Foster de la presidencia de la petrolera es tan impresionante como su carrera. La mandataria brasileña, acorralada por la corrupción en este símbolo empresarial.

Los escándalos de corrupción en el orgullo empresarial brasileño, Petrobras, han provocado protestas. / AFP

La presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, acorralada en distintos frentes, políticos y económicos, trata de atajar uno: el de la mayor empresa pública de América Latina, la petrolera Petrobras, carcomida por sucesivos escándalos de corrupción que la han devaluado en dos de sus terceras partes. Rousseff aceptó la renuncia de Graça Foster, la presidenta de la megaempresa con más de 85.000 empleados, tras una reunión el martes en la noche: Foster, quien había puesto su salida a consideración de la jefa de Estado hacía meses, acordó su salida y la del resto del directorio ayer.

“Petrobras informa que su Consejo de Administración se reunirá el próximo viernes para elegir la nueva dirección ante la renuncia de la presidenta (de la empresa) y de los cinco directores”, informó la mayor empresa de Brasil en un comunicado.

La semana pasada se hizo público que el valor de lo robado por el sistema de corrupción, sumado a ciertos proyectos ineficaces, asciende a 88.000 millones de reales (casi 34.000 millones de dólares). Esto, según varios articulistas de la prensa brasileña, ha pesado definitivamente en la destitución de Foster, que llevaba tres años en el cargo y que hasta ahora ha actuado, además de como primera gestora de una gigantesca empresa vapuleada, como escudo político de la presidenta.

Bastó que este miércoles A Folha de São Paulo publicara la destitución en su edición digital para que las acciones de la petrolera se disparasen hasta un 10%. A finales del año pasado, en un desayuno con periodistas en Brasilia, Rousseff defendió a Foster, de quien se considera una amiga personal, y afirmó que no pretendía sustituirla. “La conozco y me constan su seriedad y su corrección”, aseguró.

Pero dos meses en la actual vorágine de malas noticias que acosan al gobierno de Rousseff son mucho tiempo. La sangría de Petrobras es ingente: en 2010 valía 380.200 millones de reales (126.000 millones de euros). Cuatro años después, consecuencia, en su mayor parte, de inversiones mal calculadas y de las revelaciones de la corrupción que la carcome, su valor es 2,3 veces menor: 112.000 millones de reales (42.000 millones de dólares). Aún gana dinero, eso sí, aunque las ganancias del tercer trimestre de 2014 cayeron 9,07% respecto al mismo período de 2013, según el informe de resultados publicado el miércoles, que no incluye lo robado.

Mientras, los escándalos siguen sucediéndose. Ayer Julio Camargo, uno de los acusados de sobornar a altos cargos de Petrobras que, bajo arresto, se han animado a denunciar el sistema de corruptelas, aseguraba que pagó 12 millones de reales (4,5 millones de dólares) para obtener concesiones de obras y añadió que el pago de sobornos en esta empresa por parte de las empresas concesionarias era “una realidad institucionalizada”.

El de Petrobras no es el único problema que acosa a la presidenta, que tomó posesión el pasado 1º de enero. De hecho, el año se cerró con la economía en plena fase de parálisis, con el PBI coqueteando muy poco por encima del cero. El FMI calcula que Brasil, un país emergente que hacía años asombraba al mundo con crecimientos por encima del 6%, sólo superará un anémico 0,3%. La exportación de materias primas se ha atascado y la industria se encoge: de hecho, la producción industrial reculó el año pasado 3,2%, el peor registro desde 2009.

Y todo será peor si no llueve. Y mucho. La mayor sequía desde hace 80 años amenaza con racionar el agua cinco días a la semana a los habitantes de la mayor ciudad del país, São Paulo, si las presas no se llenan antes del mes de abril. Ya muchos pobladores de barrios periféricos ven cómo el grifo languidece seco muchas horas al día, hay bares y restaurantes que contratan regularmente camiones cisterna y la demanda de bidones gigantes de plástico se ha disparado ante la amenaza, cada vez más cierta, de que toda esta megaurbe se quede seca. Las consecuencias no sólo serán sociales. También económicas. La sequía encarece los precios de los alimentos, perjudica a la ya herida industria y, de rebote, afectará el suministro (y el precio) de la energía eléctrica. Todo esto repercutirá automáticamente en el talón de Aquiles de la economía brasileña, la inflación, que ya se encuentra en el límite tolerado por el Gobierno, un 6,5%.

Por si esto fuera poco, Rousseff cosechó el domingo una derrota política en la Cámara de Diputados, donde fue elegido presidente de la misma Eduardo Cunha, un viejo adversario que presagia para la presidenta una difícil legislatura parlamentaria.

ESPECIAL DE EL PAÍS. SÃO PAULO