Posible deflación preocupa a Europa

La caída de los precios del petróleo a nivel internacional podría generar una baja generalizada del valor de bienes y servicios.

Desde julio de 2014, el precio del petróleo a nivel internacional ha caído casi 40%. / Bloomberg

Una aguda caída en los precios del petróleo tradicionalmente es una buena noticia para la economía mundial y para los importadores de petróleo en el mundo desarrollado. Así que hay motivos para alegrarse de que cayeran casi a la mitad desde el pico de junio. Una ventaja añadida para Occidente es geopolítica: algunos de los regímenes menos atractivos, como Venezuela, Rusia e Irán, resultan golpeados con la reducción de sus ingresos por petróleo. Sin embargo, toda satisfacción debe verse equilibrada por el reconocimiento de que una economía en colapso puede empujar a los regímenes a peligrosas aventuras en política exterior.

También hay motivos económicos para pensar que este declive en los precios del petróleo puede resultar menos benéfico para el crecimiento que en tiempos pasados, en particular porque la economía de la Eurozona está enfrentada al peligro de la deflación.

La caída en los precios del petróleo se suma a las presiones deflacionarias. Sin embargo, los instintos muy cautos del Bundesbank de Alemania limitan la habilidad del Banco Central Europeo (BCE) para solucionar el problema, como se puede observar por las maniobras de cangrejo del BCE para llegar a un pleno relajamiento cuantitativo, incluyendo la compra de bonos soberanos.

Los europeos del norte podrían argumentar que la experiencia japonesa demuestra que se exageran los peligros de la deflación. La deflación en Japón ha sido leve y el crecimiento per cápita ha sido saludable durante las últimas dos décadas y media, desde que reventó la burbuja de Japón. En este tiempo los ahorros de hogares han caído de forma mínima, lo cual difícilmente sugiere una mentalidad deflacionaria, en la que los consumidores aplazan sus compras con la esperanza de conseguir precios más bajos. La mentalidad deflacionaria es más evidente en el sector corporativo, en el que las compañías se han abstenido de invertir y ahorran demasiado, pero eso puede solucionarse fácilmente mediante cambios en la tributación.

Aun así la demografía de Japón, que tiene la población más vieja entre los grandes países avanzados, hace que las comparaciones sean potencialmente engañosas. La cifra neta para el ahorro de hogares puede reunir fenómenos dispares, como una cantidad cada vez más grande de personas retiradas que utilizan sus ahorros para suplir las bajas pensiones, mientras una fuerza de trabajo más pequeña aplaza el consumo por temor a la deflación.

Entretanto, en la Eurozona la deflación ya es una realidad para los países que han sido golpeados con más fuerza. También es una amenaza para economías más sanas. El riesgo es que las expectativas deflacionarias se fortalezcan hasta el punto en el que pueden causar su propio cumplimiento, pues un gasto más bajo podría llevar a menos inflación o a caídas en los precios. Barry Eichengreen, un economista que ha analizado la depresión de los años 1930, señaló que las expectativas deflacionarias pueden transformarse en expectativas inflacionarias, fomentando así el gasto, tan sólo a través de políticas que generen sorpresa y estupor. Las medidas dramáticas se necesitan para convencer a los hogares y las compañías de que el futuro será distinto al pasado.

En julio de 2012, Mario Draghi, el presidente del BCE, demostró que la sorpresa y el estupor podían lograrse con su compromiso de hacer “lo que sea necesario” para detener el debilitamiento de la unión monetaria. Hoy, la sorpresa y el estupor podrían materializarse en una maniobra comprometida de relajamiento cuantitativo al estilo de Estados Unidos. Es difícil ver de qué otro modo el BCE podría cumplir su objetivo de inflación de poco menos a 2%, en especial ahora que caen los precios del petróleo. No obstante, el Bundesbank es un gran obstáculo para lograr este tipo de compromiso, pues se preocupa por las implicaciones inflacionarias, a pesar de la debilidad en la economía de la Eurozona.

Al mismo tiempo, los europeos del norte temen que un pleno relajamiento cuantitativo haga más fácil que los gobiernos aplacen la consolidación fiscal y la reforma estructural. Sin embargo, en el corto plazo ambos procesos son deflacionarios. En una economía con poco dinero los empleadores reducirán salarios, mientras un aumento en la competencia generaría que los precios de los bienes cayeran. Hay, por supuesto, motivos importantes que pueden esgrimirse para defender una consolidación fiscal y la reforma estructural, pero Europa del norte no logra entender que hay un problema de secuenciación. Estas políticas no pueden ser efectivas a no ser que primero se venza al dragón deflacionario.

Para que una compra de bonos tenga alguna probabilidad de ser efectiva, algo difícil en una economía de la Eurozona dominada por el préstamo bancario, un programa de compra de bonos debería ser grande y entusiasta. En cambio, la cultura de cautela fiscal y monetaria del norte de Europa está condenando al BCE. A no ser que Draghi pueda encontrar un camino para salir de este impasse político, el futuro del BCE será siempre aportar demasiado poco, demasiado tarde.