Prepararse para el estancamiento

El director del Banco de la Reserva de la India se refiere a la economía mundial dependiente del papel de Estados Unidos, el precio del petróleo, la abundancia de liquidez y el protagonismo de los mercados emergentes.

Raghuram Rajan advierte que “actualmente, la deuda dificulta a los países recuperar las tasas de crecimiento previas a 2008”. Aquí, imagen captada en el Foro Económico Mundial de esta semana en Davos, Suiza. / EFE

Luego de que 2014 llegara a su fin, la debilidad de la economía mundial se mantiene. Tal vez sea posible ver signos de recuperación en Estados Unidos, pero la Eurozona corre el riesgo de seguir los pasos de Japón rumbo a la recesión y los mercados emergentes se preocupan porque sus estrategias de crecimiento basadas en las exportaciones los han dejado vulnerables al estancamiento en el extranjero. Considerando las escasas señales de que 2015 pueda traer alguna mejora, los responsables de diseñar las políticas harían bien en entender los factores que subyacen al anémico desempeño económico mundial y a las implicaciones de su sostenida debilidad.

En palabras de Christine Lagarde, directora gerente del Fondo Monetario Internacional, estamos experimentando la “nueva mediocridad”. Esto implica que el crecimiento real es inaceptablemente bajo respecto del potencial y que se puede hacer más para incrementarlo, especialmente si se considera que algunas grandes economías están coqueteando con la deflación.

La sugerencia de la política convencional insta a intervenciones monetarias innovadoras, bautizadas con un creciente conjunto de siglas, incluso cuando se reprende a los gobiernos para que gasten en necesidades “obvias”, como la infraestructura. Se reconoce la necesidad de reformas estructurales, pero habitualmente se las considera dolorosas y potencialmente negativas para el crecimiento en el corto plazo. El foco se centra entonces en el estímulo monetario y fiscal, tanto como sea posible, dados los efectos amortiguadores del exceso de deuda.

Y sin embargo, la eficacia de esos consejos aún no ha sido demostrada. Vale la pena destacar que los japoneses marcaron cada elemento de la lista durante las últimas dos décadas: mantuvieron bajas las tasas de interés, introdujeron la flexibilización cuantitativa y lanzaron un gasto masivo en infraestructura financiado con deuda, sin embargo, pocos sostendrían que Japón se ha recuperado completamente de su malestar.

Está surgiendo una narrativa que podría explicar mejor por qué los esfuerzos de estímulo no han tenido éxito: como sostuvo el exsecretario del Tesoro de EE.UU. Larry Summers, es posible que la economía mundial esté atravesando un período sostenido de “estancamiento secular”.

Las causas del estancamiento dependen en gran medida del economista a quien se pregunte. Summers enfatiza que la demanda agregada es inadecuada, algo exacerbado por la incapacidad de los bancos centrales para reducir las tasas de interés nominales por debajo de cero. Los motivos que explicarían la debilidad de la demanda agregada incluyen el envejecimiento de la población, que ahora consume menos, y la creciente concentración de la riqueza entre los muy ricos, cuya propensión marginal a consumir es baja.

Los economistas Tyler Cowen y Robert Gordon, por otra parte, sostienen que el problema reside en la oferta. Para ellos, los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial fueron una aberración: el crecimiento de los países industriales fue ayudado por la reconstrucción de posguerra, aumentaron los niveles educativos, crecieron las tasas de participación de la población activa (debido al ingreso de la mujer al mercado laboral), se recuperó el comercio mundial, aumentó la inversión y la difusión de tecnologías como la electricidad, los teléfonos y los automóviles.

Independientemente de las causas, el crecimiento comenzó a perder fuerza en la década de 1970 y a las consecuencias negativas, como las elevadas tasas de desempleo entre los inmigrantes y los jóvenes, se sumó la creciente conciencia de que los gobiernos tendrían dificultades para cumplir sus promesas de seguridad social. Esas promesas, dice el sociólogo Wolfgang Streeck, se hicieron en la década de 1960, cuando las economías crecían vertiginosamente y las visiones de una “gran sociedad” parecían alcanzables. Desde entonces las promesas han incorporado aumentos de las pensiones y compromisos de atención sanitaria de ancianos para los trabajadores del sector público.

Para cumplir sus obligaciones, los gobiernos necesitaban crecimiento. Desde la década de 1970 en adelante comenzaron entonces a gastar para estimular la economía. Debido a problemas del lado de la oferta, sin embargo, el gasto se tradujo en una espiral inflacionaria. Debía recuperarse la estabilidad de los precios, pero también había que mantener el gasto. La solución final fue financiar el gasto con deuda en vez de impuesto inflacionario: primero con deuda pública y luego, a medida que los gobiernos recortaron sus déficits, con deuda del sector privado. En 2008, estos elevados niveles de deuda —en bancos, empresas, hogares y gobiernos— dispararon la crisis financiera.

Actualmente, la deuda dificulta a los países recuperar las tasas de crecimiento previas a 2008, por no hablar de los niveles de PBI que se hubieran logrado si la posterior Gran Recesión no hubiera tenido lugar. Mientras tanto, los coeficientes de deuda total/PBI de los países industriales continúan creciendo.

En los mercados emergentes, el lento crecimiento en las economías avanzadas ha eliminado una vía de desarrollo tradicional: el crecimiento basado en las exportaciones. Por ello, los mercados emergentes han debido recurrir una vez más a la demanda interna. Esta siempre es una tarea difícil, por la tentación de sobreestimular.

La abundancia de liquidez que fluye en el mundo —resultado de las políticas monetarias ultraacomodaticias de los países desarrollados— ha dificultado aún más la tarea, ya que el más ligero signo de crecimiento en una economía emergente puede atraer al capital extranjero. Si no son adecuadamente gestionados, estos flujos pueden precipitar un boom del crédito y del precio de los activos e impulsar al alza los tipos de cambio. Cuando eventualmente se ajustan las políticas monetarias en los países desarrollados, es probable que parte del capital los abandone. Los mercados emergentes tendrán que asegurarse de no ser vulnerables.

Ciertamente, las perspectivas económicas mundiales podrían mejorar: EE.UU. podría convertirse en el motor del crecimiento mundial; la caída en los precios del petróleo podría proporcionar un impulso significativo, especialmente para las economías desarrolladas importadoras de petróleo, y los avances tecnológicos aún podrían venir al rescate. Pero, en términos generales, hay una palpable sensación de pesimismo en el mundo desarrollado, la sensación de que es improbable que el crecimiento se recupere en el futuro cercano. Si el estancamiento secular continúa, estos países tendrán que encarar dolorosas reformas estructurales, encontrar la manera de reestructurar sus promesas (deudas, compromisos de seguridad social y promesas de mantener bajos los impuestos) y distribuir la carga resultante.

Después de que la ciudad de Detroit se declaró en quiebra en 2013, debió tomar difíciles decisiones, entre pagar a sus jubilados o su deuda, mantener abiertos sus museos o intacta su fuerza policial. A medida que nos adentramos en 2015, es posible que decisiones igualmente difíciles se tornen cada vez más frecuentes.

 

 

 

* Traducción al español de Leopoldo Gurman. Este texto es una adaptación de una conferencia dictada el 12 de diciembre de 2014 en Delhi.Copyright: Project Syndicate, 2014.

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