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Los problemas de las hipotecas inversas

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Esta es una solución temporal, aunque pragmática, que no termina por resolver los problemas de los adultos mayores con el sistema de protección social.

El Gobierno Nacional -en cabeza del Ministerio de Vivienda- anunció esta semana la creación de una reglamentación para un producto financiero enfocado en los adultos mayores llamado hipoteca inversa (HI).

Este tipo de hipoteca, en palabras sencillas, busca que un inversionista financiero le entregue un flujo de dinero periódico a un adulto mayor, pero que este siga disfrutando de su vivienda hasta su muerte. En el momento del deceso, los herederos pueden asumir la deuda creada por el dinero entregado para mantener el inmueble o, en su defecto, el inversionista puede liquidar la hipoteca y recuperar su inversión con un margen de rentabilidad financiera.

Esta propuesta, aunque parezca innovadora, se remonta a 1961, cuando en Estados Unidos un funcionario de la firma Deering Savings & Loans creó la primera hipoteca revertida (o hipoteca inversa) para que la viuda de un técnico deportivo de su escuela pudiera tener ingresos sin tener que vender su casa.

Estas figuras se han consolidado en Norteamérica desde la década de los 80 y, de hecho, hoy existen reglamentaciones al respecto en más de una veintena de países, entre ellos algunos del vecindario como México y Perú, en donde hay un decreto desde 2018, pero aún no se ha masificado. Por supuesto, una cosa es una HI en países con sólidos estados de bienestar, garantías de salud y educación, y otra en países con alta informalidad y menor nivel de movilidad social.

El principal argumento para importar este mecanismo es el de la pobreza oculta, un fenómeno en el cual muchos adultos mayores, a pesar de ser propietarios de vivienda, tienen niveles de ingreso muy cercanos a la línea de pobreza. Según el borrador del decreto -que figura desde el año pasado en la página del Ministerio de Vivienda-, en el país los adultos mayores con vivienda propia son cerca del 67 %, pero solo un 28 % de ellos tienen una pensión. Este dato no tiene en cuenta, por ejemplo, que una buena parte de los adultos mayores sin pensión compraron una segunda vivienda para arrendar y esa es su mesada para la vejez.

Por lo tanto, se requeriría mayor investigación para evaluar el alcance de esta política, que en muchos países se ha quedado en el bombo del lanzamiento.

El Gobierno apuesta a que las hipotecas inversas se orienten hacia colombianos mayores de 65 años que tengan vivienda propia y necesiten un ingreso complementario -que estaría respaldado con su propiedad hasta el día de su fallecimiento-. En caso de que la expectativa de vida supere los cálculos financieros, un seguro cubrirá la renta vitalicia o el tipo de renta que se haya acordado a la hora de cerrar el trato.

Aparentemente, los mayores beneficiados de esta propuesta son los adultos mayores inmersos en la pobreza oculta, pero detrás de esta intención también hay un claro interés de rentabilidad de los fondos de inversión, los bancos, las aseguradoras y las entidades del sector financiero, que dicho sea de paso era el que más crecía antes de la llegada del COVID-19.

La HI, como una nueva reglamentación, les permitirá a los actores financieros tener acceso a un nuevo producto, que sigue siendo un crédito con garantía inmobiliaria, pero con un componente de deuda intergeneracional.

Así, un adulto mayor con dificultades económicas se enfrenta a un dilema: desheredar a sus hijos o heredarles una deuda. El escenario pinta más complicado si sumamos la constante inestabilidad laboral de las nuevas generaciones, que posiblemente no tendrán ni pensión ni una garantía inmueble para una HI en su vejez.

Al final, la lógica de acreedor-deudor sigue presente para los hijos del tomador de la HI y se causan mayores dependencias de las familias con el sector financiero. Maurizio Lazzarato, sociólogo y filósofo italiano, hacía referencia en su libro La fábrica del hombre endeudado al homo indebitus, un hombre endeudado que reemplaza al agente económico racional (homo economicus) sobre el que se ha construido gran parte de la teoría del siglo XX. La hipoteca inversa transporta la herencia del homo indebitus de padres a hijos, en el caso de que estos quieran quedarse con la propiedad.

Esto pone en evidencia que el rol de las finanzas y de la deuda tienen un peso cada vez mayor en las instituciones, en las empresas y en los hogares. Aunque en la literatura económica tradicional -y viéndolo desde el optimismo- esto se asocia con la profundización financiera, que en la literatura económica heterodoxa (menos estudiada) se denomina financiarización a la dimensión problemática del auge de las finanzas. A la luz de la financiarización, la economía acaba trabajando para los financieros y no al contrario.

Imaginemos un escenario hipotético para ilustrar esa dimensión problemática de las finanzas: Carlos, un colombiano de 40 años que vive del rebusque, tomó un préstamo hipotecario a 20 años -sobre el cual pagó intereses- y después de dos décadas logra tener su vivienda, pero como muchos otros, o pagaba la cuota o pagaba pensión.

Al llegar a los 60 años, Carlos enfrenta problemas de salud que le impiden seguir trabajando en el mercado informal, no tiene pensión y sus hijos aún no logran tener estabilidad económica. Como Carlos ahora es propietario y no tiene acceso a ninguno de los subsidios para adultos mayores, con profunda nostalgia decide buscar “voluntariamente” una hipoteca inversa. Él pagó intereses por su vivienda, pero si posterior a su muerte sus hijos no quieren perderla, tendrán que pagar nuevamente intereses para recuperarla.

A pesar de que este es un ejemplo restrictivo y lleno de supuestos, igual muestra cómo para una familia la acumulación de capital físico puede ser solo una ilusión, que acaba en cambio alimentando la rentabilidad financiera durante el ciclo vital de las personas y el de sus descendientes.

Las hipotecas revertidas -que fueron discutidas en el pasado, pero no habían visto nunca la luz- aparecen en medio de la pandemia, cuando más familias pueden sufrir fuertes choques financieros que les impidan apoyar a los miembros de la tercera edad.

No es nuevo que estos mecanismos asomen en medio de crisis profundas: en España, durante la crisis de 2009/2010, la concesión de préstamos para vivienda cayó estrepitosamente, mientras el mercado de hipotecas inversas se disparó. En Estados Unidos, en medio de la crisis de las Subprime, se alcanzó un pico de cerca de 120 mil hipotecas inversas que fue disminuyendo cuando se recuperó la economía. No es entonces descabellado ver este nuevo producto como una fuente de ingresos para el concentrado sector financiero colombiano en tiempos de crisis.

Más allá de los problemas de la HI aquí analizados, este mecanismo no solo hace explícito el reconocimiento del fracaso de la política social para la tercera edad, sino que niega el carácter de derecho de la pensión y lo pone en riesgo, al entenderla como un ingreso que proviene de un acuerdo entre privados en el mercado.

Pensar la HI como un nuevo sistema pensional es repetir errores en la forma en la que se conciben los sistemas de protección social, que son evidentes al evaluar los fondos de pensión privados.

Hoy, más que nunca, las propuestas de ingreso básico universal deben pasar de la focalización a una universalización que incluya esa población que se encuentra dentro de la pobreza oculta para evitar que caigan en el círculo vicioso de la deuda.

El sociólogo polaco Zygmund Bauman, que citaba a Ulrich Beck, solía decir que “estamos condenados a buscar soluciones biográficas a contradicciones sistémicas, sin embargo… esta estrategia está lejos de traer los resultados que estamos buscando, porque deja las raíces de la inseguridad intactas”.

Tal vez este sea el caso de la HI: una solución temporal, pragmática, pero individual y financiarizada, que conlleva profundas consecuencias emocionales y no soluciona el problema de fondo: la deuda del sistema de protección social con los adultos mayores en una sociedad muy desigual e informal.

* Profesor de la Escuela de Economía de la Universidad Nacional de Colombia. / @diegoguevaro

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