¿“Ninis” o los jóvenes sin oportunidades?

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La juventud que ni estudia ni trabaja enfrenta obstáculos que en la crisis actual se han agravado. Educación asequible, empleo de calidad, prevención del embarazo temprano y redistribución de los trabajos de cuidado son necesarios para su presente y futuro.

Problemas de vieja data se han agudizado en la pandemia, entre esos el desempleo juvenil y el femenino. Desde antes de la crisis sanitaria los jóvenes se han enfrentado a barreras como la no contratación por no tener experiencia laboral y a tampoco poder adquirirla porque precisamente nadie los contrata. Las mujeres, además, por la división sexual del trabajo y los estereotipos de género, en comparación con los hombres, han tenido que soportar —en todas las edades, por cierto— mayores cargas de trabajos domésticos y de cuidado en sus casas, por los que nadie les paga, y que pueden ser más demandantes aun cuando hay presencia de embarazos adolescentes o tempranos.

Las oportunidades para vencer esas dificultades parecen más escasas, con una tasa total de desempleo que ronda el 20 % en Colombia, la destrucción de unos cinco millones de puestos de trabajo en los últimos meses, la necesidad de desempeñar el trabajo remunerado y la educación en casa, el cuidado doméstico de enfermos, entre otros factores. “La crisis económica causada por el COVID-19 trajo un incremento significativo del desempleo, lo que hace más difícil que los llamados “ninis” consigan trabajo o logren los ingresos necesarios para acceder a educación”, explica Luz Karime Abadía Alvarado, profesora asociada y directora de posgrados en economía de la Universidad Javeriana.

Con “ninis” se refiere al grupo de población denominado así porque “ni estudia ni trabaja”. En Colombia, para las estadísticas, se considera jóvenes a quienes están entre los 14 y 28 años. Estos hombres y mujeres son el 25 % de la población del país. Al mirar más de cerca, hoy se ve que el 33 % de los jóvenes ni estudian ni trabajan (son “ninis”), 11 puntos más que el año pasado (22 %) —y un nivel mayor al de hace 20 años, cuando había 29 %, como resalta el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD)—, con una gran brecha: las mujeres son casi el 70 % de la población “nini”. Las responsabilidades que ellas tradicionalmente han tenido en los hogares las hacen “menos atractivas para los empleadores y que tengan menos tiempo para trabajar o buscar trabajo”, añade Abadía.

“Especialmente en esta coyuntura de confinamiento, causada por el COVID-19, en la que los niños están en las casas, las mujeres son las que se sacrifican laboralmente. En este contexto, las mujeres jóvenes son el grupo más afectado”, agrega la académica. En cuanto a educación, según Maribel Castillo, directora del programa de economía de la Universidad Javeriana de Cali, “se debe pensar en mejorar la oferta de oportunidades disponibles, aumentar las facilidades de pago para el acceso a la educación superior. Este dato de ‘ninis’ puede ser peor en las mediciones del siguiente trimestre móvil, porque ya involucra los efectos reales de la deserción escolar universitaria”.

Según el PNUD, en Colombia, el Objetivo de Desarrollo Sostenible número 8 traza como meta, para el año 2030, reducir a 15 % el porcentaje de jóvenes entre 15 y 24 años que no estudian y no tienen empleo. “Alcanzar esta meta implica responder de manera diferenciada a una realidad social y económica de alta complejidad y hacer frente a las diversas barreras de acceso que existen en el mercado laboral y el sistema educativo”, dice la entidad. Propone, por ejemplo, que se habiliten programas de capacitación en las habilidades más requeridas por el mercado laboral, particularmente aquellas relacionadas con las TIC (tecnologías de la información y las comunicaciones), y educación para formar trabajadores “resilientes” y con capacidad de innovación.

Consultado sobre las estrategias para los “ninis”, sobre todo de cara a la “reactivación”, el Ministerio de Trabajo resaltó iniciativas para combatir el desempleo juvenil, como la Misión de Empleo, en la que expertos estudiarán “alternativas donde se priorice la empleabilidad de los jóvenes”. Asimismo, “el Sistema Nacional de Cualificaciones, donde se empiezan a establecer mecanismos de formación académica para saber cuáles son los requerimientos del mercado laboral”. También destacó la creación de incentivos tributarios para la generación de primeros empleos y el decreto que estableció que para el 10 % de los nuevos empleos en entidades públicas no debe exigirse experiencia profesional.

Desde la Consejería Presidencial para la Juventud, que participó en un evento organizado por el DANE esta semana, enfatizaron en otras medidas e iniciativas relacionadas con la educación, adoptadas antes y durante la pandemia. Por ejemplo, la disposición de contenidos, a través de plataformas en línea, televisión, radio o guías, para continuar con el proceso educativo escolar, además de la entrega de herramientas TIC en algunos casos. Asimismo, la continuidad del Programa de Alimentación Escolar en casa. Para el fortalecimiento de competencias, cuya carencia o debilidad dificultan el acceso de jóvenes a la educación superior o al mercado laboral, destacaron los espacios “Sacúdete” (la meta del Gobierno son 1.400 de estos centros, en 1.100 municipios).

¿Cómo se sienten los jóvenes?

El DANE consultó por la percepción de bienestar de los hogares, incluyendo a sus integrantes más jóvenes (10 a 24 años). Casi el 70 % cree que la situación económica de su hogar está peor que hace un año (5,7 % dice que está mucho peor). Son los que tienen percepción más adversa, pues 61,1 % de las personas entre 25 y 54 años creen que la situación está peor y 56,4 % de quienes tienen 55 años o más así lo consideran. Sin embargo, frente al futuro, los jóvenes son más optimistas que los otros grupos etarios. Más del 41 % piensa que en un año la situación en su hogar estará mejor (frente a 32 y 25 % de los grupos de 25-54 y 55 o más años).

Pese a ese optimismo —frente al hogar y al país—, resaltó Juan Daniel Oviedo, director del DANE, los más jóvenes en mayor proporción (30 %) se sienten en el grupo de personas “nada favorecidas” en relación con el resto de los habitantes del país. En esta condición se sienten el 24 y 22 % de las personas entre 25 y 54 años y de 55 o más, respectivamente. Quienes están entre 10 y 24 años recientemente se han sentido —en mayor medida que los otros grupos— irritables y con dificultades para dormir. Oviedo destacó la cifra preocupante de la proporción de jóvenes que está recurriendo al alcohol o al tabaco para sentirse mejor (13 % frente a 4,6 y 2,4 % de los otros grupos etarios).

La situación de los jóvenes es un punto que difícilmente podría ser ignorado en el contexto de descontento social actual. “El descontento de los jóvenes viene presentándose desde antes de la pandemia, posiblemente influenciado por las menores oportunidades en términos de empleo que empezaron a vislumbrar, ya que desde 2016 se empieza a aumentar el desempleo en Colombia, con mayores efectos en la población joven, aspecto que también restringe las oportunidades de costear sus estudios. La crisis económica causada por el COVID-19 está agudizando este problema y, por lo tanto, el malestar entre los jóvenes”, dice Abadía.

Lo anterior puede tener que ver con lo que señala Marcela Bautista, docente e investigadora de la Universidad Nacional y la Universidad del Rosario: muchos de los jóvenes que antes de la pandemia estaban empleados lo estaban en sectores particularmente afectados por el confinamiento, como los restaurantes u otros servicios (en un año, el desempleo juvenil pasó de 17,5 a casi 30 %). Sobre los “ninis” en particular, Castillo dice que no se puede señalar, por ejemplo, que los jóvenes que han salido a manifestarse en los últimos meses —muchos de ellos probablemente son “ninis”— “como no están haciendo nada, entonces protestan; no, al contrario: lo hacen para buscar soluciones a un panorama tan desalentador en términos de oportunidades laborales y de educación”.

El llamado desde la academia y las organizaciones civiles es a trabajar en la generación de oportunidades de educación y trabajo de calidad para los jóvenes, con el fin de que puedan escoger y vivir vidas saludables y sin violencia (no hay que olvidar que la principal causa externa de muerte de los jóvenes son los homicidios, seguidos de accidentes y suicidios). Asimismo, es necesario fortalecer políticas de prevención de embarazo temprano, así como el reconocimiento, la reducción y la redistribución de los trabajos domésticos y de cuidado no remunerados. Todo lo anterior teniendo claro que las experiencias de los jóvenes son muy distintas entre sí y que el nivel de ingreso de sus hogares o el lugar en donde viven pueden enfrentarlos a necesidades diferentes.

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