Riesgo y volatilidad en un solo escenario

Un mayor riesgo no implica una mayor rentabilidad. De hecho, hay que diversificar el portafolio.

Toda inversión en el mercado de capitales implica directamente un riesgo. / AFP

El desarrollo de la teoría financiera en los últimos 50 años ha sido impresionante. Gracias a ella, como inversionistas hemos aprendido, por ejemplo, que la diversificación es saludable y recomendable cuando hablamos de inversiones. De hecho, en nuestro diario vivir hemos incorporado este concepto a través de una frase muy sencilla: “No debemos poner todos los huevos en una misma canasta”.

También se ha incorporado a nuestro razonamiento diario la afirmación de que si queremos obtener mayores retornos tenemos que estar dispuestos a tener una mayor exposición al riesgo. Aquí se empiezan a reflejar algunas desventajas de traducir los resultados de la teoría en sabiduría popular, principalmente debido a que los dichos cotidianos no tienen en cuenta los supuestos que están detrás de las teorías y terminan convirtiéndose en verdades absolutas e irrefutables, pero imprecisas al fin y al cabo.

La conclusión es que un mayor riesgo va a ser necesariamente compensado con una mayor rentabilidad. Y no es siempre cierto. Uno de los supuestos de la teoría es que el portafolio de inversiones está diversificado. Por tanto, si destino todos mis recursos a un solo activo, es decir, no diversifico, estoy asumiendo niveles de riesgo que no necesariamente van a ser recompensados con mayores retornos.

Otro punto, a mi juicio más peligroso, es que hemos equiparado el término riesgo con una de las formas de medirlo estadísticamente, que es la volatilidad. Tampoco es necesariamente correcto. La volatilidad, o la variación de los precios de un activo en determinado tiempo, es una medida aceptable del riesgo de mercado de activos líquidos que no están expuestos a situaciones extremas (que se comportan como una distribución normal de probabilidades).

Nassim Taleb, en su libro El cisne negro, utiliza un ejemplo muy interesante que ayuda a diferenciar riesgo de su medición estadística de mercado o volatilidad. Asumamos que el activo es un pavo (sí, el animal) y que su precio crece con el incremento de su peso. Si graficáramos el valor de dicho activo en el tiempo, veríamos que crecería consistentemente debido a que lo alimentarían diariamente para lograr ese fin. Si uno analizara solamente el gráfico del precio de dicho activo, vería que es un inversión “segura”, debido a que sólo se observarían incrementos en el peso (y por tanto en el precio), sin riesgos, porque los incrementos en el precio del animal (o su peso) no tendrían bajas pronunciadas. ¿Podríamos concluir que no existen riesgos en la inversión? Analicemos con un poco más de profundidad.

Al pavo se los alimenta con el fin de engordarlo por alrededor de 1.000 días. Una vez pasado ese tiempo, llega el día de Acción de Gracias del tercer año. Entonces, el valor del activo (considerando que no nos beneficiamos con su muerte) desaparece. ¿Qué podemos concluir? Que no necesariamente todos los riesgos se reflejan en las variaciones del precio de un activo (en este caso, el peso del pavo de Acción de Gracias), puesto que el comportamiento en el peso (y el precio del animal) fue consistentemente al alza... hasta que llegó el día en que se extinguió.

Un ejemplo más cercano. Bernard Madoff logró que billones de dólares fueran confiados bajo su administración porque el desempeño de su fondo de inversión mostraba un histórico de rentabilidad muy alto comparado con otras alternativas existentes en el mercado: más de una década con retornos anuales por encima del 15% con volatilidades mínimas a pesar de períodos con escenarios negativos. Si hubiéramos sometido la serie histórica de rentabilidades anuales del fondo administrado por Madoff a un análisis de la volatilidad (como equivalente del riesgo, lo que muchos inversionistas hicieron), la conclusión hubiera sido que efectivamente los riesgos de esta inversión eran mínimos. No obstante, había un fraude de por medio y cuando llegó el día de “acción de gracias” las personas perdieron casi toda su inversión.

El punto a subrayar es: riesgo y volatilidad en el precio de una inversión no son lo mismo. Por tanto, cuando pensemos en los riesgos de nuestras inversiones deberíamos considerar, a mi juicio, tres puntos. Si el activo es líquido, la volatilidad de su precio es una buena aproximación del riesgo de mercado si y sólo si creemos que este precio no está expuesto a variaciones extremas con cierta regularidad. Segundo, hay más riesgos además del de mercado, que se encuentran inmersos en una inversión y, por tanto, debemos pensar que el riesgo, en la forma más general de conceptualizarlo, está relacionado con una pérdida permanente del capital (por diversas causas que dependen de la inversión). Finalmente, un mayor riesgo no implica una mayor rentabilidad. De hecho, es indispensable diversificar nuestro portafolio por la eventualidad de que nos equivoquemos en nuestra apreciación del potencial de retorno de las inversiones individuales que hemos realizado. 

* Vicepresidente de estrategia comercial, Credicorp Capital.

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