¿Por qué somos víctimas de estafas financieras?

Hay que entender cómo se invierten los recursos; si eso no es posible, es preferible dejar pasar la tan llamada “magnífica oportunidad”.

El esquema Ponzi de Bernard Madoff fue uno de los escándalos de estafa más sonados de la última década. / 123rf

En la última década, Colombia ha pasado por una serie de fraudes financieros. Existen muchos tipos de estafas y las estructuras de las mismas se van volviendo cada vez más complejas, por lo que no es el objetivo de esta columna hacer una taxonomía de los tipos de fraudes ni un recuento de aquellos que hemos sufrido.

En la historia, las estafas financieras, si bien siempre han existido, su número o severidad suelen exacerbarse en períodos de bonanza y excesivo optimismo: desde las acciones de South Sea Company en el auge del comercio entre Europa y Sudamérica (siglo XVIII), Charles Ponzi en el Boston de 1920, hasta Bernard Madoff en 2008. Ese optimismo excesivo por lo general lleva a un comportamiento irracional de las personas, cuando la expectativa de ganancias fáciles y rápidas se conjuga con la disminución en el nivel de defensas y advertencias que existirían en otras circunstancias, lo cual es aprovechado por personas cuyo objetivo desde un inicio es estafar. Como dice el inversionista Warren Buffett: “no sabemos quién está nadando desnudo hasta que baja la marea”.

En el caso reciente de Colombia, las estafas han sido importantes y sin embargo no se les puede asociar, al menos de manera aparente, a alguno de estos períodos de excesivo optimismo financiero. Esto me lleva a pensar que las estafas no solo se producen en épocas de euforia, y por tanto deben apelar a alguna debilidad humana muy profunda que se “activa” una y otra vez en determinadas circunstancias. Una de esas debilidades humanas a las que apelan estos fraudes está ligada a la codicia.

Evidentemente, para que se active la codicia (o algo similar) debe existir una promesa de ganancias. Pueden ser rápidas y exorbitantes como el caso de Ponzi (50% de retorno en 45 días versus 5% anual en un banco), o más moderadas pero consistentes como el caso de Madoff (15% anual de retorno por más de una década con mínima volatilidad). Suponiendo que esto fuera así, no es fácil determinar cómo las personas depositan su confianza y sus recursos en una de estas alternativas fraudulentas.

Una promesa de buen desempeño no es suficiente; si lo fuera, habría una mayor proliferación de estafas. Las personas suelen caer en estos fraudes porque algún pariente, amigo o colega cuenta los excelentes retornos que viene recibiendo por la “extraordinaria inversión” que realizó. Esta situación desencadena un efecto doble. En primer lugar, proviene de alguien cercano, por lo que es un validador natural que reduce las preguntas que una persona tendría si la recomendación fuera dada por un extraño. En segundo lugar, entra como motivador muy potente la codicia, que opera conjuntamente con el temor y la vergüenza asociada de perder la oportunidad que están aprovechando los que me rodean. La validación social de un “rendimiento real” y la presión simultánea por no quedar atrás al parecer adormilan cualquier análisis crítico que haríamos sobre la oportunidad.

Ahora bien, para que una estafa adquiera proporciones suficientes, para que aparezca en los diarios, debe haber logrado una masa importante. En su libro Contagious: why things catch on, Jonah Berger estudia los rasgos comunes de los productos, ideas o comportamientos que se han convertido en “virales”. Si bien él no habla de la estafa como una forma particular de contagio, podemos intuir que el tema viral es importante para su propagación.

Analicemos las estafas financieras a la luz de los hallazgos del profesor Berger. El mensaje de “estoy ganando mucho dinero con esta inversión y de una manera muy sencilla” es muy potente para generar la impresión de ser una persona exitosa en un círculo social. Por lo tanto, es un tema que va a estar presente en las conversaciones dentro de los ambientes sociales del “propagador”, pues genera para éste emociones muy gratificantes, tanto personales como públicas. La explicación del éxito suele ser muy fácil de relatar mediante una historia con un valor práctico. Es cuestión de decir: “invertí 100 y ya me devolvieron 40”. Esto lleva a que la víctima invierta en la oportunidad y la propague mediante el uso de mecanismos similares.

Las debilidades inherentemente humanas y las fuerzas sociales que están detrás de una estafa financiera son demasiado potentes como para subestimarlas. ¿Cómo vacunarse contra este virus? No conozco respuestas unívocas. En mi caso, suelo combinar dos cosas, sin importar que la idea de inversión provenga de alguien cercano.

Primero, trato de entender cómo se invierten los recursos; si no puedo comprenderlo, prefiero dejar pasar la “magnífica oportunidad”. Segundo, siempre tengo presente una de las lecciones que mi padre me inculcó desde pequeño, y tiene que ver con hacerse la pregunta “¿no es esto que tengo al frente demasiado bueno para ser realidad?”.

 

*Vicepresidente de Estrategia Comercial, Credicorp Capital.

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