La tradición del color

Los mercados emergentes se han convertido en un faro para esta multinacional de productos artísticos y de escritura, que busca consolidar en Colombia sus portafolios ‘premium’ e infantil.

La primera enseñanza para el conde Anton Wolfgang Graf von Faber-Castell al frente de la compañía que por ocho generaciones ha pertenecido a su familia vino acompañada de un sabor agrio. La década de los años 70 entraba en su final y él, ante percances familiares, asumió el mando.

“La junta directiva de entonces pensaba que tenía ideas rarísimas”, confiesa el presidente de esta multinacional de materiales artísticos, instrumentos de escritura y lápices cosméticos, que nació hace 250 años en un pequeño taller de ebanistería en el poblado alemán de Stein y que hoy tiene presencia en 120 mercados del mundo. Su idea de entonces fue añadirles a sus productos elementos de diseño que los diferenciaran de la competencia.

Como las primeras agarraderas de caucho para hacer más fácil y agradable la escritura, deseo que no se hizo realidad. “Creímos que estábamos preparados para fabricarlas, pero el resultado dejaba una sensación asquerosa en los dedos. Tuvimos que sacar el producto del mercado”, admite.

Aquella experiencia le enseñó a la compañía a acudir a especialistas para obtener aquellos elementos que añadieran valor agregado a sus marcas. Porque la diferenciación sería el gran secreto de su victoria contra la electrónica, que en forma de calculadora sepultó su tradicional división de reglas de cálculo.

Fue así como Von Faber-Castell decidió aprovechar el reconocimiento de sus productos basado en la buena calidad, descontinuar su división de dibujo técnico ante el avance del diseño asistido por computador y añadirle valor agregado a su portafolio artístico, sobre todo en el área de coloreado.

“Fuimos muy afortunados de contar con el exgerente de Mercadeo y Ventas de Mont Blanc, quien nos ayudó a posicionarnos como una marca premium”, comenta sobre el relanzamiento de su marca a comienzos de los años 90 que les permitió, a través de la competitividad y la tradición, conquistar los nuevos mercados que trajo consigo la globalización.

La Faber-Castell de hoy, que conmemoró ayer en Bogotá su aniversario número 250, es una compañía con 14 fabricas en 10 países, 7.940 empleados a nivel mundial, 23 empresas comerciales y con ganancias alrededor de los US$640 millones en 2010. Un recorrido en el que supo capitalizar oportunidades del mercado relacionadas con su experticia (como en el sector de cosméticos, con su marca privada de lápices delineadores), centrarse en nuevos nichos (su línea Jugar & Aprender se enfoca en niños entre 3 y 12 años) y huirle a la furia avasalladora del adelanto tecnológico.

“El lápiz y el papel tendrán su lugar, porque la gente no siempre tiene a mano su iPad. Cuando el bolígrafo hizo su aparición, muchos pronosticaron la desaparición del lápiz, hoy vemos cómo crece la demanda en India, Singapur, China e Indonesia, lugares donde están cansados de los productos ‘Made in China’ y buscan buena calidad originada en Europa”, asegura Von Faber-Castell.

De hecho, los mercados emergentes se han convertido en una de sus fuentes de ingresos preferidas. Además del buen impulso de las ventas en Asia, la compañía busca consolidarse en el mercado latinoamericano, que atiende desde sus fábricas en Costa Rica, Brasil, Perú y Colombia.

“A nivel regional, después de la grandeza de Brasil, la apertura de Chile y el dinamismo peruano, el colombiano es uno de nuestros mercados más prometedores. Queremos consolidarnos en el país como una marca de tradición, con nuestra línea para niños y portafolios más sofisticados”, agrega el representante de la octava generación de altos ejecutivos, que vislumbra un futuro donde su marca continúe posicionándose a través de las redes sociales.

Es un proyecto que la compañía desarrolla de la mano de la Universidad de Harvard y que busca convertir a Faber-Castell en un referente educativo por muchos años más.

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