Un ave fénix llamado ETB

Hace cuatro años estuvo al borde de la privatización por la falta de un socio estratégico que garantizara su supervivencia.

La que iba a ser la muerte de la Empresa de Telecomunicaciones de Bogotá (ETB) tuvo origen en una orden presidencial. Ocurrió el 26 de mayo de 2011, cuando Cristina Plazas, quien actuaba como alcaldesa ad hoc de la capital, le presentó al Concejo el proyecto para privatizar la compañía. El objetivo era claro: vender el 100% de la participación pública en el operador, que equivalía al 88% de las acciones.

El gran problema es que nadie quería apostar por un activo que, se creía, estaba a punto de desaparecer. La tesis apareció desde finales de los años 90, cuando el país apenas comenzaba a conocer la telefonía móvil y se creía que la ETB no tenía el músculo financiero necesario para hacer fuertes inversiones en esa tecnología. En el lustro siguiente se diseñaron nuevas acciones para “accionistas minoritarios”, lo que hizo que el Distrito, su principal accionista, perdiera un 11,5% de la propiedad.

Y para 2008, tras una mala experiencia como socio de Ola, el tercer operador celular del país, se inició formalmente la búsqueda de un socio estratégico. Se dijo que Claro y Telefónica, sus competidores inmediatos, estaban interesados, y que la empresa era atractiva para la asiática Korea Telecom, pero un año después no se concretó propuesta alguna. La mejor forma de entender ese pesimismo es mirar el precio de su acción: los $1.300 de diciembre de 2009 se redujeron a $656 en marzo de 2011.

La suerte estaba echada: había que venderla. Pero esa razón gustaba muy poco a quien debía ejecutar la orden. “Estudié, con los distintos directivos de la empresa y con mis asesores, todo lo relacionado con las perspectivas, y pudimos determinar que tenía enormes posibilidades de ser una empresa rentable, que le diera valor al Distrito y que en el futuro contribuyera con sus utilidades a financiar la inversión social que tanto necesita la capital”, recuerda hoy Clara López, la alcaldesa que asumió en forma el mando de una ciudad sumida en la desconfianza hacia lo público.

Ella y su equipo, que tomaron las riendas de la ciudad dos semanas después de haberse presentado el proyecto de privatización, comenzaron a trabajar en el plan estratégico que modernizaría a la compañía. Incluía la entrada en negocios claves como la telefonía móvil y la televisión, dejar de centrarse en la telefonía fija, su principal línea de negocio, y enfocarse con mayor agresividad en la expansión de internet.

La pelea comenzó entonces a girar en torno a las visiones del futuro. Por un lado, se decía que las utilidades en los cuatro años anteriores se habían disminuido en 34% y que en cinco años la ETB había perdido 8% del mercado de las telecomunicaciones; la otra versión se fijaba en los $1,7 billones en utilidades que le generaba al Distrito y la calificación AAA que las agencias les otorgaban a sus finanzas.

Al final, el pulso lo ganó la nueva administración cuando el Concejo le dio la espalda a la privatización. Y de inmediato la compañía, presidida entonces por Mario Contreras, se puso manos a la obra: firmó un contrato para comprar a Ingelcom, un cableoperador de televisión con sede en Cúcuta, por una cifra superior a los $10.000 millones; en conjunto con Millicom, su aliado en la operación de Tigo (evolución de Ola), lanzó su servicio de telefonía móvil como operador virtual (a través de redes de terceros); y expandiría su cobertura de internet por toda la capital gracias a acuerdos estratégicos con Emcali, Une y la brasileña Oi.

Ese fue el momento clave en el renacer de la ETB. En el siglo XXI la compañía se parecía mucho a aquella pequeña firma fundada el 28 de agosto de 1884 por el cubano José Raimundo Martínez. Sí, a esa que bajo el nombre de Compañía Colombiana de Teléfonos hizo la primera llamada en el país y convirtió el aparato en un objeto de distinción para las clases altas de la capital; esa que bajo la sombrilla de la estadounidense General Electric extendió las primeras líneas telefónicas en la ciudad bajo el nombre de The Bogota Telephone Company Ltd.; que en los años 30 volvió a manos del Distrito y ya como la ETB incursionó, incluso, en el negocio de las llamadas de larga distancia.

Y hoy cuenta con un portafolio con tecnología de punta. “El cambio significativo en su estrategia comenzó con la sustitución de su red de cobre por la de fibra óptica, mucho más avanzada. Con una emisión de bonos internacionales de casi US$280 millones, la compañía financió su camino a la renovación tecnológica y comenzó un plan muy ambicioso de despliegue de FTTH (fibra al hogar) y lanzamiento de servicios 4G. El cambio tecnológico lo hizo junto con cambios significativos en su estructura organizacional, orientándose a la convergencia tecnológica”, explica Gina Sánchez, analista de la consultora Frost & Sullivan.

En su reporte de gestión de 2013, presentado en junio pasado, la ETB registró ingresos operacionales por $1,36 billones, una utilidad operacional de $144.292 millones e inversiones de capital de $620.024 millones (el 45% de sus ingresos). En su momento, Saúl Kattan, el actual presidente, expuso los tres nuevos objetivos de la compañía para el mediano plazo: extender su red de fibra óptica a ciudades como Medellín, Bucaramanga, Cali y Pereira, además de sumar nuevos usuarios en Bogotá, su mercado natural; fortalecer su portafolio de movilidad con redes 4G que le permitan ofrecer velocidades de descarga de 30 megabits por segundo y de 15 para alojar contenidos; y conquistar el 10% del mercado de telefonía móvil en los próximos cinco años.

Esas metas la obligarán a invertir alrededor de US$400 millones. A diferencia de hace cuatro años, el mercado no pierde de vista a la ETB. “Es una acción atractiva al negociarse a un precio de apenas 61% de su valor patrimonial y contable y una utilidad anual por acción superior a los $50, es decir, que se paga algo mas de diez veces dicha utilidad en el mercado. Es el único título de alta bursatilidad de una empresa que está en un sector estratégico como el de las comunicaciones”, explica José Roberto Acosta, gerente de Inversiones de la firma Asesores en Valores, quien indica que su precio actual, en niveles de $550 por unidad, es muy atractivo: “Su valor en libros es cerca de $870. Lo más importante e que su potencial de generación de caja es creciente en frentes de conectividad de fibra óptica y paquetes de comunicaciones a la medida del cliente”.

Una historia propia de un cuento de hadas que a simple vista parecería totalmente inverosímil en un mundo de crecimiento tan vertiginoso como el de las telecomunicaciones. Y en especial si se habla de una empresa con capital público en un país acostumbrado a no valorarlo. Es lo que recalca Clara lópez, su arquitecta: “En una sociedad en la que durante los últimos 20 años se ha venido tomando como dogma de fe la privatización, nosotros vimos el gran potencial de la empresa y creímos en ella. Eso es fundamental para sacar adelante un patrimonio público de esas dimensiones e importancia estratégica”.