Un nuevo populismo para el nuevo año

La historiadora Margaret MacMillan explica por qué el populismo es tan llamativo para los votantes y debe ser una preocupación para los partidos tradicionales.

Para Macmillan, el discurso político de Donald Trump es un ejemplo del populismo actual. / AFP

En 2016, la palabra “populismo” estuvo en boca de todos. Líderes políticos que dicen hablar por la gente obtuvieron importantes victorias en Europa, Asia y (con la elección de Donald Trump) Estados Unidos.

El término populismo se refirió al principio a las protestas de agricultores estadounidenses a fines del siglo XIX contra los bancos y monopolios ferroviarios. Ahora describe la rabia y el resentimiento contra élites privilegiadas y poderosas en los sectores público y privado por igual. En Italia, el Movimiento Cinco Estrellas de Beppe Grillo ataca al establishment, un término que engloba por igual a periodistas, empresarios industriales y políticos. Asimismo, en Estados Unidos, Trump prometió “limpiar la ciénaga” (el gobierno federal).

El nuevo populismo tiene objetivos más imprecisos y hace afirmaciones más genéricas que su predecesor decimonónico. Los líderes populistas actuales son generosos en odios, pero ofrecen pocas políticas concretas. En cambio, echan mano de propuestas de izquierda y de derecha, a veces al mismo tiempo: Trump, por ejemplo, promete licencia de maternidad paga y aumento del salario mínimo, por un lado, y rebajas impositivas para los ricos y desregulación financiera y medioambiental, por el otro. La orientación política no es importante para el populismo, porque éste no trabaja con evidencias o propuestas de cambio detalladas, sino con la manipulación de las emociones por parte de líderes carismáticos.

A diferencia de los partidos conservadores o socialistas tradicionales, el nuevo populismo no apela a la clase socioeconómica, sino a la identidad y la cultura. Les habla a los que se sienten económicamente amenazados por la globalización, temerosos de que los inmigrantes les quiten el trabajo o cambien la composición de la sociedad, o simplemente descontentos por lo que perciben como su pérdida de estatus (sentimiento que se refleja en hostilidad, especialmente entre hombres blancos, hacia la “corrección política”).

Los economistas podrán sostener que los niveles de vida mejoraron, o que la desigualdad en muchos países desarrollados no está creciendo, pero no pueden contrarrestar la insatisfacción de aquellos que se sienten marginados, subestimados y ridiculizados.

Los movimientos de protesta del pasado, como las sufragistas y los primeros socialistas, fueron muchas veces cantera de ideas y líderes que luego se integraron al sistema político. El nuevo populismo es diferente, porque rechaza categóricamente la legitimidad del establishment y las reglas del juego. Nigel Farage, líder del Partido de la Independencia del Reino Unido, es un auténtico populista; el senador Bernie Sanders, excandidato presidencial en los Estados Unidos que tras perder la batalla por la nominación del Partido Demócrata hizo campaña por Hillary Clinton, no lo es.

En la cosmovisión moralista del nuevo populismo, el “pueblo” virtuoso está en lucha contra las “élites” malvadas. Pero al ser el lenguaje populista tan emocional e impreciso, no queda claro quién es quién. El pueblo es la “mayoría silenciosa”: los “buenos estadounidenses ordinarios” de Trump o “la gente común” de Farage y la líder del ultraderechista Frente Nacional francés, Marine Le Pen. En mi ciudad, Toronto, es “la nación de Ford”: residentes suburbanos muy decentes a quienes no importó que su alcalde, el difunto Rob Ford, fuera un hampón chovinista adicto al crack.

Al afirmar el derecho a definir al “pueblo”, los populistas se arrogan el poder de excluir. Las “élites”, que no saben de las necesidades de la gente, son naturalmente ajenas al círculo encantado de los populistas. Pero también lo es cualquiera que tenga opiniones contrarias a la voluntad popular, lo que incluye aproximadamente a la mitad de los votantes estadounidenses, que eligieron a Hillary Clinton, o al 48 % de británicos que votaron por la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea.

Nominalmente, los populistas de izquierda y derecha se diferencian por su elección de a qué “otros” excluir y atacar. Los primeros apuntan a las grandes corporaciones y a los oligarcas, mientras que los segundos eligen las minorías étnicas o religiosas. Una vez identificados los enemigos, es posible endilgarles los reveses de la “voluntad popular”. Así como Trump ataca a mexicanos y musulmanes, el presidente venezolano Nicolás Maduro (desafortunado e incompetente sucesor de Hugo Chávez) echa la culpa de la crisis creciente de su país a una maligna potencia extranjera, Estados Unidos.

Un nacionalismo estridente y una retórica de recuperación de la soberanía son componentes esenciales del atractivo populista. También lo es la historia (o más exactamente, la nostalgia de un pasado idealizado). “Hacer grande a Estados Unidos otra vez”, como diría Trump. En Europa, líderes populistas como el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, y el líder del Partido por la Libertad holandés, Geert Wilders, pintan una Europa cristiana asediada por hordas musulmanas (pese a que los europeos que van a la iglesia son cada vez menos). Durante la campaña por el Brexit, los partidarios de dejar la Unión Europea invocaron la Batalla de Dunkerque de 1940, cuando los británicos pelearon solos contra el Eje liderado por Alemania.

Es verdad que para muchos las cosas no están yendo bien. La globalización y la automatización eliminan puestos de trabajo en los países desarrollados; en muchos lugares, corporaciones poderosas y ricos se quedan una tajada cada vez más grande y pagan menos impuestos. Y las condiciones de vida siguen empeorando para la gente del viejo cinturón industrial estadounidense o el noreste de Inglaterra y Gales.

Pero los líderes populistas no ofrecen soluciones estudiadas, sólo fantasías. Las propuestas de Trump de erigir un muro “grande y bonito” en la frontera con México, prohibir el ingreso de inmigrantes musulmanes, reabrir las minas de carbón e imponer aranceles a China no sólo son inviables, sino que probablemente provocarían una guerra comercial que empeoraría la ya difícil situación económica de sus partidarios.

El atractivo del populismo aumenta cuando se percibe que los sistemas políticos y económicos están fallando, lo que explica el ascenso de los jacobinos en las primeras etapas de la Revolución francesa, los Know-Nothings en Estados Unidos a mediados del siglo XIX, los fascistas en la Italia de Mussolini y los nazis en la Alemania de Hitler. Todos ellos se proclamaban poseedores de la pureza moral y prometían barrer todo vestigio del viejo sistema corrupto en nombre del “pueblo”.

La política populista actual, con su pretendido monopolio de la verdad, también es profundamente antidemocrática. En Hungría, Polonia y Turquía ya podemos ver que cuando los populistas obtienen el poder usarán todos los resortes a su alcance (incluido el Estado) para destruir las instituciones democráticas.

Esta forma de populismo plantea una seria amenaza nacional e internacional en 2017. Debemos prepararnos para lo peor, pero ojalá estas nuevas fuerzas políticas antisistema saquen a los partidos tradicionales de su letargo y los impulsen a adoptar reformas que se necesitan con urgencia, como Sanders trató de hacer durante la primaria demócrata. Quizá entonces las estructuras actuales serán suficientemente fuertes para resistir la embestida de los que prometen la salvación y sólo crean el caos.

Traducción: Esteban Flamini.Margaret MacMillan es directora del St. Antony’s College en la Universidad de Oxford.Copyright: Project Syndicate, 2016.www.project-syndicate.org

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