La vida de un revolucionario

Después de cambiarle dos veces la cara al mundo de la tecnología y las comunicaciones, la vida del cofundador de Apple se apagó el martes a los 56 años.

Por aquellos turbulentos años setenta, un adolescente de 18 años caminaba 11 kilómetros para conseguir algo de comida en el templo Hare Krishna de San Francisco. Durante ese trayecto ponía su atención en el piso, para recolectar todas las latas de Coca Cola que pudiera, cambiarlas a cinco centavos de dólar cada una y así tener algo de dinero.

Su decisión de dejar la carrera que cursaba en el Reed College, sacrificando de paso los ahorros de sus padres, lo llevó a dormir como invitado en las casas de sus amigos. Al día siguiente, muy temprano, se sentaba como asistente en la clase de caligrafía de ese mismo centro universitario.

En las tardes, ya en su refugio, solía leer la última edición de The Whole Earth Catalog, una publicación con cientos de datos sobre cine, arte y otras cuestiones. La mayor parte del tiempo la destinaba a contemplar la contraportada, donde el autor consignaba su mensaje de despedida: “Sigan siendo inquietos, sigan siendo descabellados”.

Un consejo que se convertiría en un lema de vida para Steve Jobs, el adolescente que comenzó a cambiar la cara de la tecnología, y de la misma humanidad, en el garaje de su casa en 1976. Para entonces, gracias a sus pasantías remplazando circuitos en Hewlett-Packard y diseñando videojuegos en Atari, logró impulsar su naciente compañía con una idea que demostró ser revolucionaria: la computadora personal.

Fue un invento desarrollado en conjunto con Steve Wozniak, su amigo de adolescencia, y que comenzó como un pequeño reto de ensamblar 50 computadoras para una red de tiendas tecnológicas. Aquella máquina, la Apple I, evolucionó año tras año, incluyendo elementos que hicieron diferencia, como la amplia variedad de fuentes y tipos de letra que desde entonces los usuarios tuvieron a su disposición.

Así llegaron los años ochenta, que significaron el éxito comercial con la salida a la venta de Macintosh, la primera computadora con una interfaz gráfica. Para Apple fue la cima del éxito financiero: sus ingresos sobrepasaron los US$1.500 millones mientras las ganancias crecían a un ritmo del 54%; pero también convirtieron a aquel emprendedor en un jefe calificado por sus empleados como “errático y temperamental”.

El punto de quiebre llegó en 1985, cuando, tras una tensa relación con la junta directiva, Jobs fue despedido de la compañía que había ayudado a fundar. Años después, en su discurso a los recién graduados de la Universidad de Stanford, el ejecutivo reconoció que aquel golpe había sido inspirador: “Lentamente comencé a entender algo: todavía amaba lo que hacía. El revés ocurrido con Apple no cambió las cosas ni un milímetro. Me habían rechazado, pero seguía enamorado. Y así decidí comenzar de nuevo”.

El nuevo proyecto, la fabricante de computadores y software Next, comenzó cuatro meses después de su despido. Su visión de una computadora que permitiera la interacción entre los usuarios se convirtió en un éxito instantáneo dentro de la comunidad académica y de negocios, e incluso ayudó a la construcción de la red de comunicaciones conocida después como internet.

Así mismo, en 1986 Jobs tomó una decisión que con el tiempo demostró ser visionaria: adquirir por US$10 millones la división de gráficos computarizados de la productora Lucasfilms. El nuevo propietario buscó darle un giro a través del desarrollo de gráficos de última generación y la búsqueda de alianzas, que se materializaron en un contrato de asociación con Disney. La compañía pasó a llamarse Pixar, produjo en 1995 la primera película de animación computarizada (Toy Story) y marcó un hito en la industria con sus siguientes producciones.

Y de nuevo apareció la mano del destino, esta vez en 1996, cuando la propia Apple desembolsó US$429 millones para quedarse con Next. Significó su regreso triunfal como presidente de su más preciada creación. Con un sueldo simbólico de US$1, un ojo privilegiado para escoger a los mejores ejecutivos y la convicción de desarrollar productos innovadores cuyo eje principal fuera el diseño, Apple revivió sus épocas doradas.

Comenzaron con el iMac, la fusión perfecta del color, la transparencia y la eficiencia, que trajo consigo una revalorización bursátil del 50%. Siguieron con el sistema operativo Mac OS X, la alternativa perfecta a las versiones más inestables de su competidor, Windows, y se profundizaron con la revolución de los dispositivos móviles: el reproductor de música iPod, el teléfono móvil iPhone y la tableta iPad.

Pero en el pináculo de su carrera, apareció la tragedia. En 2004 le diagnosticaron un cáncer de páncreas que lo consumió lentamente: primero se llevó su cabello, después su peso y por último su vitalidad.

El viaje de aquel adolescente visionario concluyó ayer, cuando dio su último respiro a los 56 años. “Es irónico que las grandes mentes mueran”, fue el homenaje que uno de sus seguidores plasmó en la puerta de una tienda Apple en Nueva York, tan pronto se difundió la noticia.

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