Yo estuve en...La inauguración de la Refinería de Cartagena

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Con cinco años de retraso, en octubre fue inaugurada la plataforma industrial más importante de Colombia. A pesar de tener un sobrecosto de más de US$4 mil millones, es uno de los pasos más importantes hacia la soberanía energética que dio el país.

Ni Álvaro Uribe, quien era presidente de Colombia en 2006, ni Isaac Yanovich, presidente de Ecopetrol para esa misma época, se imaginaron que su idea de modernizar la Refinería de Cartagena sólo se iba a materializar nueve años después bajo otra administración de la petrolera y con Juan Manuel Santos, ministro de Defensa del gobierno Uribe, en la Casa de Nariño. El plan decía que en 2010 el país tendría la plataforma industrial de transformación de hidrocarburos más moderna de América Latina.

Sin embargo, fue sólo hasta octubre de este año cuando, por fin, la activaron. Es difícil describir la magnitud de ese proyecto, pues a pesar del intento de los ingenieros de explicar qué era cada cosa, su esfuerzo era vano, primero porque a duras penas conozco un tornillo o un alicate, y segundo, porque ellos, después de tantos años de relacionarse con ingenieros y no hablar de algo distinto a hidrocarburos, obviaban términos.

De lo que sí estuve seguro desde que llegué a Reficar fue de que se trataba de un proyecto colosal, kilómetros de tubos metalizados, chimeneas –que son llamadas teas y que hacen las veces de la válvula de escape de una olla exprés– y personas, todas, por norma de seguridad, con jean, botas de cuero y camisa manga larga de una tela gruesa, otros con overoles. Siempre tuve la duda de cómo podían sobrevivir a un sol cartagenero incesante, de mediodía, vestidos de esa manera; cómo se mantenían atentos, cuando yo adormecido apenas si alcanzaba a plasmar algunos garabatos en mi agenda.

Lo que estaba viendo le había significado al país US$8.015 millones. Según un informe posterior de la Contraloría, los costos de ejecución del proyecto aumentaron en US$4.022 millones y las pérdidas por utilidades no generadas llegaron a US$1.106 millones.

Cifras más curiosas evidenciaron la magnitud de la plataforma industrial: con el acero que se utilizó se podrían construir siete torres Eiffel, su capacidad de autogeneración de energía permitiría iluminar Cartagena, cerca de 40 mil personas intervinieron en su construcción y el área donde funciona es equivalente a 280 canchas de fútbol profesional.

A la suerte de soberanía energética que constituye Reficar –proveerá la demanda nacional de gasolina (30 mil barriles diarios), de diésel (75 mil barriles diarios), nafta (30 mil barriles diarios), azufre (270 toneladas), entre otros– se suma una representación del 10% al PIB industrial y 1% al PIB nacional.

Mientras caminábamos por la destilería conocimos a Antonio Saura, superintendente de arranque de unidades de proceso, un venezolano que durante 20 años había trabajado para Pdvsa.

Al tratar de intercambiar algunas ideas con él me enteré de su tragedia personal. Los problemas de su país hicieron que muchos como él huyeran. Las capacidades técnicas de muchos “expdvsa” los tienen desperdigados en el mundo trabajando con las empresas más importantes de hidrocarburos, sus familias radicadas fuera del territorio “bolivariano”, se sienten casi exiliados. Aunque Saura reconoció que siempre han sido muy bien remunerados, su tono de voz y sus conclusiones sobre lo que pasaba en su país nos acerca a la famosa frase de Alfred Hitchcock que dice que una persona no puede comprar la felicidad pero sí sobornarla, probablemente esta sea la nueva realidad de estos trabajadores.

Algunos de ellos serán los encargados de administrar la nueva Refinería de Cartagena, la misma que prometieron para 2010, pero que sólo hasta 2016 Colombia verá operando en su totalidad. Este mes ya hubo un accidente en la plataforma: demasiadas cosas para una sola obra.

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