Carta abierta a los jóvenes y su sueño de paz

Un sentido discurso de María Emma Wills, coordinadora de Pedagogía del Centro Nacional de Memoria Histórica, que dejó conmovido al auditorio del Aula Máxima de la Universidad del Rosario durante los grados de ciencia política, relaciones internacionales y gestión y desarrollo urbano por sus reflexiones sobre la violencia, el proceso de paz, el resultado del plebiscito y la reconciliación.

Agradezco la deferencia que me hacen las directivas de la Universidad del Rosario y en particular mi colega, Mónica Pachón, decana de la Facultad de Ciencia Política, Gobierno y Relaciones Internacionales, al invitarme a compartir unas palabras con los graduandos, sus familias y profesores. Es un honor, más aún hoy, cuando los estudiantes son protagonistas de la historia y nos devuelven la esperanza tomándose calles y plazas con sus sueños, símbolos y proclamas de “¡Acuerdo ya!” y “La guerra: ¡nunca más!”.

El texto está dividido en dos secciones. En la primera parte recojo lo que he aprendido como académica, pero sobre todo como ser humano y como ciudadana, escuchando a las víctimas de este largo y degradado conflicto armado desde mi trabajo en el Centro Nacional de Memoria Histórica.

A través de la voz, la mirada y las estéticas de todas las víctimas, he descubierto el país de mis sueños, aquel que admiro y del cual no me puedo desprender, ni aún en mis peores pesadillas. Luego, quiero recuperar la fuerza simbólica de las peticiones de perdón que se han sucedido en las últimas semanas. Estos eventos vislumbran ya, en el presente, el país con futuro, pues suturan el tejido social y auguran, por fin, la consolidación de una comunidad política capaz de tramitar sus diferencias y sus conflictos sin arrasar, ni simbólica ni físicamente, al opositor y al distinto.

El país de mis sueños

He amado a Colombia a pesar de sus violencias. Por momentos, he tenido miedo de los odios y las intolerancias clavadas en su corazón, y he temido las miradas que desde una y otra orilla han legitimado los peores y los más injustificables crímenes.

En medio de torbellinos, he tenido el privilegio de salir unos años a estudiar y he empezado a extrañar esta tierra aún antes de pisar suelo ajeno. Aunque agradezco inmensamente tener la oportunidad de respirar con tranquilidad en las calles de ciudades donde he buscado refugio, algo en mí se refunde y pierdo una fuerza invisible que inspira el trabajo cuando regreso a casa. Porque, al fin de cuentas, ésta es mi casa.

Y es aún más mi casa luego de haber recorrido palmo a palmo sus territorios para deslumbrarme ante la dignidad, la diversidad y la creatividad de sus gentes. He admirado la capacidad expresiva y estética de las víctimas de todas las edades y condiciones que con cantos, poesía, bailes, literatura, teatro, danza, alabaos, resignificaciones de lugar y pintura, no sólo denuncian el horror e impugnan los discursos heroicos de todos los armados, sino que se cuentan a sí mismos y a nosotros, sus testigos, para que reconozcamos la fuerza y la solidaridad que los ata a la vida y los impulsa a tejer proyectos en común.

Ellos, que deberían ser los derrotados de las violencias, se muestran por el contrario como los sobrevivientes sabios que marcan el ejemplo a seguir para las nuevas generaciones. Gracias a sus voces, me lleno de orgullo de ser colombiana, un sentimiento que la violencia por momentos y de manera reiterada me arrebató.

Puedo entonces, sin pudor, contarle al mundo que vengo de un país diverso, inmensamente rico en paisajes sobrecogedores, pero sobre todo de un territorio donde ha prosperado lo peor, pero también lo mejor y lo más honroso de la condición humana.

En cada gesto de resistencia ante el olvido y la guerra que han agenciado las víctimas, encuentro todos los motivos para amar este rincón de la tierra donde para ventura y desventura me tocó nacer. Y entonces escojo: escojo esta vez y mil veces más pertenecer a esta comunidad de colombianos y colombianas que luchan por construir un país más incluyente, más democrático, más apreciativo de las diferencias, más acogedor y más justo.

Ante su creatividad y su pluralidad, sólo encuentro palabras de admiración y agradecimiento. Celebro cada una de sus notas y sus esfuerzos imaginativos para comunicarnos sus dichas y sus esperanzas; sus duelos y sus renacimientos; su conocimiento de los infiernos, pero también de las claves para hacer prosperar la solidaridad y para renovar, luego de la oscuridad, el gesto amigo.

A través de sus enseñanzas descubrimos, aliviados, que los colombianos y las colombianas podemos, hermanados por la solidaridad, labrar el camino que nos permita un buen vivir juntos con y no a pesar y contra nuestras diferencias.

El país con futuro

Hoy, en Colombia, a diferencia de procesos pasados de cierre de ciclos de violencia con olvido, estamos siendo testigos en los últimos meses de peticiones de perdón donde los propios perpetradores reconocen su responsabilidad por el daño causado.

Hemos visto, por ejemplo, a un comandante de las Farc, con voz temblorosa y mirada acongojada, pedir perdón por una pipeta que lanzó un frente guerrillero causando la muerte de 79 personas, niños, niñas, mujeres y ancianos, refugiados en la iglesia comunal de Bojayá. Luego, en un acto solemne en el Palacio de Nariño, el presidente, hablando a nombre del Estado colombiano, se hizo responsable de no haber protegido a cientos de militantes de la Unión Patriótica y de no haber logrado detener y desarticular, con firmeza, la alianza macabra que desató una persecución política sistemática y culminó en el exilio forzado de los más afortunados o en el asesinato de la mayoría de ellos.

A los pocos días, los colombianos nos enteramos de que varios comandantes de las Farc, realmente compungidos y avergonzados, habían pedido perdón por el horrendo asesinato a quemarropa de los once diputados del Valle. Y por último, luego del plebiscito, supimos que, en un acto íntimo y solemne, el general Alberto Mejía, a nombre del Ejército, pidió perdón a doña Fabiola Lalinde por la desaparición forzada de su hijo Luis Fernando y reconoció que un hecho así “jamás puede volver a ocurrir”.

En estos rituales íntimos, además del reconocimiento de responsabilidades por parte de los perpetradores, las víctimas airean su indignación y comunican su dolor, no desde discursos partidistas abstractos, sino desde sus experiencias cotidianas. El relato de una víctima, desde su lugar de madre, padre, hermano, hijo, novia, nunca es como el siguiente: la textura de su voz, la expresión de su rostro, la postura de sus manos, su mirada, encarnan, no a un enemigo en abstracto o a un “objetivo militar” en concreto, sino a un ser humano fracturado por el hecho violento.

En un encuentro así, la víctima adquiere una singularidad que la humaniza. Ese descubrimiento de humanidad se desencadena porque víctimas y responsables se conectan desde un lugar de similitudes y familiaridad. Esa conexión generalmente surge de puentes que se tejen cuando se abre la posibilidad de compartir historias desde los afectos familiares, las vivencias emocionales, los sueños más comunes y los pliegues corrientes de la vida cotidiana.

Cuando víctimas y perpetradores descubren esas resonancias, pueden entonces transitar hacia el reconocimiento de sus diferencias, vistas ya no como amenazas sino como enriquecimientos de su propia singularidad: en ese encontrarse con el otro descubren un mundo de similitudes y diferencias que les permite asumir que ninguno de ellos encarna una humanidad universal sino apenas una forma particular de ser y de estar en el mundo que se enriquece en el encuentro con los otros.

En cada uno de esos rituales, las instituciones estatales o los propios combatientes, tan dados a justificar sus actos, encuentran el camino de retorno hacia su propia humanización. Se despojan de investiduras y uniformes, y reconocen en el dolor del otro su propio dolor y se hacen responsables de haberlo provocado.

Al humanizar a sus víctimas, se humanizan ellos mismos y por fin tejen para todos los colombianos la posibilidad de una vida en común. Pero hacen algo más. Trazan de nuevo los límites entre lo justificable y lo injustificable. Envían el mensaje de que hay actuaciones inaceptables, aún en un conflicto armado interno.

Nos permiten descubrir que existen líneas rojas que no se pueden cruzar sin terribles consecuencias para nosotros y los demás. Nos dan la oportunidad de reconocer que, más allá de las diferencias de edad, género, opción sexual, etnicidad, color político o creencia religiosa, todos pertenecemos a la gran familia humana y somos, por esa membresía, titulares de derechos y de una dignidad inalienables.

Cuando ocurre un momento así, la sociedad se enaltece y recupera la dimensión moral que refundió en medio de la guerra. Y es en ese punto que podemos empezar a pensar que los cien años de soledad están quedando atrás y que, en esos mínimos morales redescubiertos, estamos tejiendo por fin la nación anhelada que puede, ahora sí, labrarse un destino en común.

* Asesora de la Dirección General y coordinadora de Pedagogía del Centro Nacional de Memoria Histórica.

 

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