Nace plataforma para seguir el pulso al asesinato de líderes sociales y el futuro de excombatientes

hace 1 hora

Definiendo la cátedra de la paz

Mientras las negociaciones de La Habana avanzan, Colombia se prepara para llevar la educación para la paz a las aulas. ¿Qué debe tener en cuenta el ministerio encargado a la hora de diseñar este proyecto?

El MinEducación promoverá jornadas de discusión con las secretarías para hacer efectiva la cátedra de la paz. / Archivo

Las cicatrices de la guerra están marcadas en la memoria de miles de niños reclutados durante el conflicto armado colombiano: “En el entrenamiento, la primera arma que te dan es la parte del cuerpo de un muerto, para que te acostumbres a su olor. A mí lo primero que me dieron fue una cabeza. A uno le tocaba un brazo, al otro una pierna”. Testimonios similares, de niños anónimos que han cruzado la senda de la guerra, están escritos en libros e investigaciones académicas. Este último apareció en uno de los últimos informes del Centro de Memoria Histórica: Como corderos entre lobos.

Como el protagonista de esta historia, otros 18.000 niños, niñas y adolescentes, aproximadamente, forman o formaron parte de las guerras en Colombia. Sus casos recuerdan una vez más que hay una ligazón entre conflicto armado y niñez, asunto que comienza a ser evidente en el marco de las negociaciones de paz.

Hace poco se consolidó una propuesta que da algunas luces sobre la forma en que la paz podría llegar a ser un tema más tangible en la vida de los niños. Se trata de la Ley 174 de 2014, que obliga a las instituciones educativas (desde preescolar hasta educación superior) a implementar una “cátedra de la paz”. El objetivo es “consolidar un espacio para el aprendizaje, la reflexión y el diálogo sobre la cultura de la paz y el desarrollo sostenible”. El Congreso la aprobó en junio pasado y estableció que en seis meses deberían estar listos los lineamientos para implementarla en todos los centros educativos.

El Ministerio de Educación definirá el presupuesto y la orientación pedagógica de la cátedra, y aunque el proyecto es aún incipiente, ya hay unos avances en la implementación del programa.

Una de las conclusiones a las que ha llegado el Gobierno es que la cátedra no puede ser solamente una asignatura teórica: “No se puede caer en el error de pensar que sólo con obtener conocimientos los estudiantes desarrollarán capacidades que les permitan respetar y solidarizarse con los otros y dirimir situaciones conflictivas de manera pacífica. El aprendizaje de las competencias ciudadanas sólo se consolida tras la experiencia repetida y consistente en todos los espacios de interacción”.

Pese a que el Ministerio admite que aún no ha dialogado con los establecimientos educativos del país para consolidar la propuesta, tiene planeado promover jornadas de discusión con las secretarías de Educación para que esta idea se sume a los esfuerzos que han venido adelantándose en algunos lugares del país en materia de convivencia y paz. De hecho, el Gobierno busca que la cátedra sea un elemento complementario de la Ley General de Educación, del Sistema Nacional de Convivencia Escolar y la Ley de Víctimas.

 

Un debate nacional

 

Mientras el Gobierno estructura la cátedra de la paz, en universidades y secretarías de Educación se ha planteado la discusión sobre cómo se debe articular esta idea con los programas académicos.

En Bogotá, el secretario de Educación, Óscar Sánchez, ha propuesto crear “zonas de reserva educativa” donde exista un régimen especial de educación, teniendo en cuenta que en Colombia casi el 100% de los guerrilleros, paramilitares y soldados profesionales salen de las áreas rurales de 140 municipios. “En estas zonas, el maestro debería llegar al colegio en enero; si está de buenas llega en agosto o septiembre. Los niños no tienen transporte, deben caminar por horas; no hay internet ni infraestructura, no hay alimentación escolar. La deserción en estos lugares alcanza el 80% en grados como noveno o décimo”, dice.

Sánchez cree, además, que se debe poner sobre la mesa el debate acerca de qué ocurrirá con la educación de los excombatientes, así como la necesidad de integrar esta cátedra con el concepto de reparación contenido en la Ley de Víctimas.

Por otro lado, el rector de la Universidad Nacional, Ignacio Mantilla, considera que otras instituciones de educación superior deben seguir el camino de la que dirige: “Hemos implementado cátedras abiertas que se hacen los fines de semana y se transmiten en otras ciudades. Son 12 conferencias de cuatro horas con expertos internacionales. La cátedra nunca está a cargo de una sola persona, porque la paz es un tema en donde no hay verdades, sino muchos puntos de vista. Si otras universidades adoptan esta estrategia, el tema del posconflicto podría estar al alcance de todos los ciudadanos”.

Una postura diferente es la de Juan Luis Mejía Arango, rector de la Universidad Eafit, de Medellín: “La cátedra de la paz es un imperativo ético para todos los que estamos en la academia. Desde la Constitución del 91, las universidades tenemos que impartir la asignatura de Constitución y Democracia. Dentro de esta cátedra está un eje fundamental: la construcción del concepto del derecho a la paz. Una acción inmediata debe ser ahondar en este concepto, desde los currículos que tenemos las instituciones”.

Otro punto central que ha surgido en el debate es lo que ocurrirá con la educación para los desmovilizados. Para la secretaria de Educación de Bolívar, Carmen García, “la preparación para la reconciliación no se puede reducir a la escuela. La inclusión de excombatientes es fundamental. La sociedad civil no está preparada para una reconciliación con los excombatientes, incluso con los paramilitares. La cátedra debe tener en cuenta todos estos actores. De hecho, los empresarios tienen que entrar a participar en la estructuración del programa. El empleo, al igual que la educación, hace parte del bienestar de la sociedad civil”.

Finalmente será el Ministerio de Educación el que decida el rumbo de la cátedra de la paz. Por ahora, el Centro de Memoria Histórica no se cansa de advertir sobre los efectos psicológicos de la guerra en los niños y ha descrito juiciosamente cómo el conflicto les genera despersonalización y deshumanización. La guerra los desprende del miedo, la nostalgia, la vergüenza, el pudor, la duda, pero también de todo sentido de la autopreservación. Bloquea el proceso de desarrollo, sustituye la estructura moral por la antimoral. “Es un entrenamiento que alcanza su máxima expresión cuando se aprende a violentar sin límite, sin que la acción atente contra la integridad de la consciencia”, concluyen sus informes.