El legado de un decano

Apenas vivió 36 años, suficientes para dejar una obra acorde con su pensamiento político. Creyó en un marxismo humanista, pero no en que los estudiantes fueran eco de la insurgencia.

El historiador y catedrático Medófilo Medina y María Cristina Posada, gestores del homenaje a Francisco Posada. / Andrés Torres

A bordo de la metamorfosis de los años 60, con decidido apoyo a la reforma de José Félix Patiño que puso a la Universidad Nacional a tono con los nuevos tiempos, hace 50 años llegó como profesor de cátedra el abogado rosarista Francisco Posada Díaz. Con otros intelectuales de avanzada, su liderazgo desde la decanatura de la naciente Facultad de Ciencias Sociales fortaleció esa transición histórica. Hoy, los defensores de su memoria quieren conservar vivo el legado de su férreo compromiso con el rigor académico y el debate social.

Nacido en Bogotá en 1934, en un hogar de raíces santandereanas en el que el saber cultural fue siempre distintivo y ejemplo, cuando obtuvo su título de abogado Francisco Posada viajó a Europa, y en Francia y Alemania se dedicó a estudiar filosofía. En 1958, cuando retornó a Colombia, creó la revista Tierra Firme, en la que no sólo escribió documentados ensayos bajo el seudónimo de “José Olmedo”, sino que publicó los de otros intelectuales de su generación que debatían sobre la evolución del marxismo o de las ideas existenciales.

Después de su aventura editorial se vinculó de lleno a la enseñanza. Primero como profesor, después como decano y, hasta su temprano deceso en 1970, como entusiasta promotor de incontables discusiones ideológicas en un momento estelar de la Universidad Nacional. Aunque la tendencia mayoritaria de los movimientos estudiantiles de la época era respaldar la acción insurgente, sin mentalidad anticomunista pero tampoco en respaldo a la vía armada, Francisco Posada Díaz aportó su lúcida visión humanística del marxismo.

“Su disciplina intelectual y su confianza en las ciencias sociales como instrumento para entender la realidad le permitieron divulgar con propiedad los aportes del pensador político peruano José Carlos Mariátegui”, resalta su hermana María Cristina Posada. Una nueva perspectiva que afianzó en sus libros Los orígenes del pensamiento marxista en Latinoamérica y Colombia, violencia y subdesarrollo, a través de los cuales Posada Díaz fundamentó su interpretación de una época clave en el desarrollo de la política colombiana.

Testigo de excepción de su fuerza como demócrata alternativo en un momento de efervescencia ideológica es el reputado historiador Medófilo Medina. Lo conoció como estudiante, lo vio deliberar cuando el padre Camilo Torres o el sociólogo Orlando Fals Borda ejercían notoria influencia política y académica. “Sin sectarismos, Francisco Posada fue una figura de relieve en la Universidad Nacional. Nunca aceptó que los estudiantes fueran retaguardia de la insurgencia, pero sí evidenció su convicción del marxismo como soporte sociológico trascendente”.

En diversos escenarios demostró apertura de pensamiento. En sus escritos sobre la violencia en Colombia, que definió como la ruta de las clases dominantes para sostenerse en medio del subdesarrollo; en su apuesta por el arte nacional, más de una vez en contravía con el saber de la crítica colombo-argentina Marta Traba, o en la defensa del Teatro Estudio de la Universidad Nacional, dirigido por Santiago García, cuando en 1965 adaptó la clásica obra del dramaturgo alemán Bertold Brecht, Galileo Galilei, y fue Troya en los círculos del poder.

“Ese montaje y la controversia que le siguió constituyen un capítulo especial en la historia de la universidad. Hasta reclamos hubo de la Embajada de Estados Unidos”, recuerda Medófilo Medina. Al año siguiente, Santiago García creó la Casa de la Cultura, después llamada Teatro de La Candelaria. A su vez, Francisco Posada, en respaldo a su esposa, la directora de teatro brasileña Dina Moscovici, siguió atento al devenir del arte dramático y alentó las escuelas de formación que fueron esenciales para la proyección de actores y libretistas.

Apenas a sus 36 años, la proyección de Francisco Posada era una realidad indiscutible. Nada avizoraba complicaciones mayores. Pero un día de 1969 se vio enfermo de leucemia. “La soportó con estoicismo supremo y hasta cuando pudo hacerlo se mantuvo activo en la decanatura de Ciencias Sociales”, recalca su hermana María Cristina. Sus amigos lo acompañaron en su lecho de muerte en el hospital San Juan de Dios. El 6 de octubre de 1970, su vida y obra pasaron a los dominios de la memoria que ahora trae su nombre de regreso.

Su vocación por el estudio representada en una obra que puede leerse como si fuera escrita en el presente; sus visionarios análisis sobre los movimientos sociales de América Latina que condensan el paso de la historia por las vicisitudes de Colombia; sus ensayos marxistas sobre la sociedad chibcha que aportan una mirada singular sobre nuestros orígenes, o sus teorías sobre el teatro épico y sus impactos en el debate político son suficiente razón para que las nuevas generaciones se animen a conocer quién fue Francisco Posada Díaz.