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“Es momento de pensar con claridad para qué educamos”

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Uno de los más reconocidos pensadores en pedagogía, profesor de la U. de Harvard y autor de varios libros sobre innovación en las aulas habla con El Espectador sobre los retos de educar en medio de la pandemia.

Fernando Reimers pasó algunos días, al inicio de la pandemia, buscando en libros de historia qué había ocurrido con las sociedades después de ser devastadas por plagas y enfermedades. Como educador y director de la maestría en políticas educativas internacionales de la U. de Harvard, estaba preocupado por los impactos del nuevo coronavirus en medio de un creciente populismo político, el debilitamiento de las democracias en muchos lugares y una inminente crisis económica.

Las lecturas lo llevaron a visualizar dos escenarios. En 1918, tras la pandemia de gripe española, se fue abriendo el camino para el ascenso al poder de los nazis en Alemania. La devastación causada por la enfermedad desató, a su vez, una crisis económica, que sumada a otros factores de la época, facilitó las cosas al fascismo. Pero no ocurrió lo mismo en el siglo XIV, cuando otra epidemia, la peste bubónica, cobró miles de vidas en Europa, pero se consolidó el renacimiento, la confianza en el hombre, en las artes y en las ciencias. Desde su casa en Boston, Massachusetts, Reimers reflexionó sobre los desafíos educativos en medio de la pandemia.

¿Cómo ha transformado esta pandemia su tarea como educador?

Significó una disrupción. En marzo, cuando el gobernador de Massachusetts, pidió que se promovieran medidas de distanciamiento físico tuvimos que pensar cómo terminar el semestre usando tecnología. Ha sido una oportunidad para explorar cosas nuevas, pero a escala global tenemos una calamidad con un impacto negativo en el funcionamiento de todas las instituciones que han tenido que improvisar maneras nuevas de enseñar en condiciones que no son las ideales.

La Universidad de Harvard se movió por completo a la virtualidad. ¿Cuáles han sido los retos y aprendizajes hasta ahora?

La universidad decidió que cada escuela tomara sus propias decisiones. Todas decidieron que este semestre, el de otoño, sería en línea. La Escuela de Posgrados en Educación decidió que el año entero sería en línea. El mayor desafío en la escuela ha sido la coordinación interna entre el personal. Las universidades en el mundo han evolucionado para convertirse en empresas muy grandes, en las que hay muchas personas que influyen en la vida de estudiantes, tanto profesores como administradores, y mucha de la comunicación entre nosotros ocurre cara a cara, en un sinnúmero de reuniones, o en los pasillos. Cuando tenemos que hacer esta tarea desde la casa es un desafío. Un reto que anticipo es cómo vamos a construir comunidad entre los estudiantes. Buena parte de la experiencia formativa de los estudiantes es resultado de las interacciones entre ellos mismos. El desafío es cómo facilitamos, cómo creamos, esos espacios.

Ha hablado de educar para el renacimiento. ¿A qué se refiere?

Creo que en materia educativa es importante en este contexto que cualquier persona en condición de liderazgo le dé esperanza a la gente. Sin esperanza esta conflictividad social inevitablemente va a aumentar. No me imagino cosas positivas en el corto plazo para resolver el racismo desenfrenado, la intolerancia desenfrenada. ¿Qué significa esto? La necesidad de comunicar a las personas una visión esperanzadora del mundo. Un mundo mejor es posible por difícil que sea la situación. No hay que perder de vista que en muchos sentidos este es el mejor momento en la historia de la humanidad. ¿Por qué? Porque es la humanidad mejor educada. En medio de esta pandemia la educación es una prioridad. Hace un siglo, durante la gripe española, la preocupación por la educación no era una prioridad. En aquel momento menos del 30 % de las personas había pisado una escuela. Que un siglo después la educación sea una de las prioridades y lográramos que el 95 % de la humanidad haya pasado por la escuela es un gran logro. Y que tengamos herramientas tecnológicas como esta para comunicarnos y continuar con la tarea educativa es un gran logro. Esta transición no va a ser sin obstáculos, es necesaria mucha creatividad, esfuerzo, innovación y mucho liderazgo para educar. Pero la misión más importante de la educación en este momento es asimilar con claridad en qué momento estamos, cuáles son los riesgos para cada sociedad y cómo alinear la educación con una visión esperanzadora. Para mí una visión de este tipo es un futuro más incluyente, sustentable, como el que refleja la visión tan bonita de los Objetivos de Desarrollo Sostenible que no debemos abandonar en este momento, es muy importante comunicar esto y cómo construir un camino para llegar ahí.

Usted rastreó casos de innovación educativa en medio de la pandemia. ¿Qué resaltaría de ellos?

Ha sido valioso ver gente haciendo cosas impresionantes. Encuentro que esas innovaciones tienen seis principios en común. Primero, la importancia de crear condiciones para colaboraciones de actores diversos. Todas las innovaciones son producto de líderes que tuvieron la humildad de decir aquí no podemos solos. Segundo, la actitud de un líder distinta a la del jefe tradicional que cree que sabe todo lo que se debe hacer. Son producto de líderes que aceptaron que no tenían la receta perfecta. Tercero, la importancia de aprender rápidamente de experiencias globales. Cuarto, el hecho de que las ideas buenas pueden venir de cualquier lado. Nadie tiene el monopolio de las buenas ideas. Quinto, el poder de las alianzas entre universidades y el sector educativo. Sexto, pensar en los estudiantes de forma integral.

¿Resaltaría algún caso particular?

Dos ejemplos. Uno es de São Paulo. Cuando el gobierno dijo que iba cerrar las escuelas, el secretario de Educación de la ciudad se acercó a las personas con más poder económico y les pidió ayuda. En el lapso de una semana ese grupo junto al gobierno ya habían construido un sistema multimedia para entregar educación y un mecanismo de evaluación para saber a quién llegaban. Se dieron cuenta que tan sólo tenían un 30% de los estudiantes así que hicieron alianzas con televisión y radio. ¿Qué es lo valioso? Armar un proyecto de televisión educativa hace unas décadas tomaba al menos tres años entre los estudios de factibilidad y la realización. Armar algo comparable en envergadura en dos semanas es sorprendente.

La segunda innovación ilustra la colaboración global y cómo que las ideas buenas vienen de cualquier lado. Existe una red en 55 países que integra jóvenes educadores que trabajan en escuelas de alta vulnerabilidad. En Chile, cuando uno de estos muchachos trabajando en una comunidad marginada se preguntó cómo iban a seguir enseñando recordó que semanas atrás había leído que en Nigeria sus colegas habían tomado sus celulares y grabaron sus clases en audio que circulaban vía whatsapp. Entonces decidieron hacer lo mismo. Hicieron unas clases que aparentemente fueron tan divertidas que en el plazo de una semana dentro del barrio no solo los estudiantes sino las familiares y otros estudiantes estaban escuchando las clases. El alcalde se enteró y comentó en una reunión de alcaldes. En cuestión de dos semanas más de 200 municipalidades estaban transmitiendo las lecciones. ¿Será que esa educación es diferente? Seguramente, pero es mejor que no tener nada. Estas dos innovaciones ilustran el poder de que haya gente que se hace responsable del problema. Segundo, el buen liderazgo que invita a la colaboración. Tercero, el poder de estar conectados.

Hay una gran preocupación por garantizar que el acceso a la educación genere realmente aprendizaje. ¿Qué consejo les daría a los líderes educativos?

Las desigualdades sociales están mediando todos estos arreglos hechos en la contingencia. Los que tienen más están aprendiendo más, pero no tenemos suficiente evaluación sobre cuánto aprenden los estudiantes en estas circunstancias. Uno no puede esperar una evolución tan rápida. Es imposible cambiar el sistema educativo que hoy involucra a 1.200 millones de niños en el mundo con sus profesores en unos pocos meses. Suponer que iba a ser un proceso sin dificultades es ser muy optimista. Creo que lo que cada gobierno debería tratar de hacer es darle conectividad a la mayor cantidad posible de niños, porque ahí es más fácil monitorear el acceso, involucramiento y aprendizaje.

En este nuevo contexto, ¿qué valores o ideas considera que será importante cultivar en los estudiantes?

Creo que este ejercicio lo debería hacer cada escuela, cada jurisdicción educativa. Tiene dos caras. Por un lado, poner los pies sobre la tierra, preguntarse qué consecuencias genera esta calamidad. Por otro, crear una visión positiva de cómo se construye un mundo mejor. En este sentido tenemos que dar a los estudiantes una base ética, enseñar qué significa vivir en comunidad. También ayudar a la gente a desarrollar un sentido de propósito mayor a la mera subsistencia, dar la capacidad de imaginar qué significa vivir una buena vida, y dentro de ese vivir bien, tener esquemas para entender cómo nos relacionamos con el medioambiente. Por último, enseñar a ser flexibles, resilientes, a tener la capacidad de colaborar. Este es un momento de pensar con claridad para qué educamos, y cada educador debe hacerse esa pregunta.

¿Qué hacemos con los docentes? ¿Cómo formarlos para que formen a los estudiantes?

La buena noticia es que muchos docentes en este contexto han demostrado un gran sentido de responsabilidad. Indudablemente los problemas de los que hablamos son demasiado complejos para que ellos aislados los puedan resolver. Las universidades tienen una mayor capacidad de adaptación que la mayoría de escuelas, y por eso es el momento para que se pregunten cuál es su papel y responsabilidad social. Algunas así lo han entendido, pero hay algunas haciéndose las tontas. Una de las cosas que se pueden hacer es articular alianzas entre diversas instituciones para que cada maestro tenga el apoyo para poder enseñar. No debería ser una maestra sola en su aula, sino apoyada por otros colegas, en comunicación con otros. Si hay alguien que debería sentirse interpelado en este momento no son los profesores, sino las personas con posibilidad de liderazgo, los rectores. Cada rector debería estar haciendo un examen de conciencia de qué está haciendo para movilizar a su institución para que sea parte de la solución que la sociedad necesita. Deben preguntarse si están cumpliendo el papel de los Medici en Florencia o el de las universidades cuando surgió Hitler, que no hicieron nada.

¿Es necesario pensar en reformas educativas ahora?

No se si lo llamaremos reforma o mejoramiento. De lo que no tengo duda es que esta pandemia puso sobre la mesa, con la mayor frialdad, problemas que no teníamos resueltos, enormes desigualdades, condiciones de fragilidad, diferencias entre escuelas, así como nos recordó la importancia de capacidades que no estábamos enseñando. Algunos estudiantes han aprendido más que otros porque sabían aprender de forma autónoma, porque tenían la capacidad de organizarse. La pregunta para todos los educadores es por qué no les habían enseñado eso a sus alumnos. Cómo es posible que un alumno a los 15 años no sea capaz de aprender si no le doy la comida con cucharita todos los días. El acceso a la conectividad debería ser como el acceso al agua, casi un derecho humano, porque el que no lo tiene se ve muy limitado para participar.

*Ana María Restrepo es consultora en educación.

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