Evaluación docente en el limbo

Las dificultades de la evaluación de ascenso podrían continuar más allá de si se cambia el modelo de evaluación o no. El problema parece estar en cuántos ascensos soporta el presupuesto.

Gobierno y Fecode acordaron que una comisión de expertos analizara el futuro de la evaluación de competencias para los docentes. / Óscar Pérez - El Espectador
La semana pasada finalmente terminó el paro docente liderado por Fecode. Tanto esta organización como el Gobierno parecen satisfechos con los resultados. Por un lado, Fecode logró conseguir aumentos salariales de 12%, además de un bono para los docentes más antiguos. El Gobierno, por su parte, logró mantener que los ascensos sean condicionados a pasar una evaluación, aunque la naturaleza de ésta quedó por definir. Todos salieron más o menos bien librados.
 
Los temas más profundos, sin embargo, no se tocaron. En particular, los problemas de la evaluación de ascenso seguirán ahí, más allá de si se cambia el modelo de evaluación o no.
 
El principal problema que tenían los docentes con la evaluación de competencias es que dificultaba mucho los ascensos. Esta evaluación era un examen escrito de conocimientos pedagógicos y académicos, y para pasarla había que sacar al menos 80 de 100 puntos posibles. Que fuera muy difícil ascender no es un defecto de la evaluación en sí, sino de la decisión de poner el umbral para aprobarla donde lo pone el Gobierno (80/100). Si el objetivo era que los docentes tuvieran una mayor probabilidad de ascender (una aspiración completamente razonable), la discusión debió haberse tratado sobre qué tanto era posible bajar el umbral fiscalmente hablando, no cambiar el modelo de evaluación. 
 
Cambiarlo no afecta la restricción fiscal que en últimas determina los ascensos. Es posible que los docentes estén esperando que esta nueva evaluación la aprueben la mayoría de los que la presenten. Eso no impide que el Gobierno decida, por ejemplo, que sólo el primer cuartil de los puntajes pasará a ascenso (será interesante ver cómo se hará el cierre fiscal si la mayoría de docentes sacan el máximo puntaje, como probablemente será el caso). 
 
Así las cosas, es claro que el cambio de evaluación no garantiza que los docentes asciendan más rápido, que era su principal preocupación. Si va a haber más presupuesto para ascensos se hubiera podido dejar la evaluación de competencias y simplemente bajar el umbral. Eso habría permitido darle continuidad a un esquema que lleva 13 años montándose y que tiene importantes ventajas sobre el instrumento que se planea incluir ahora. En particular, al ser un examen estandarizado, la evaluación de competencias no está sujeta a favoritismo, manipulación o discriminación, como podría estarlo una evaluación basada en encuestas a pares, padres de familia y estudiantes, que son supuestamente los principales insumos que tendrá el nuevo modelo de evaluación.
 
La mayor virtud que se la ha atribuido a la futura evaluación de ascenso es que será “diagnóstico-formativa”, lo que posiblemente quiera decir que no se reducirá a un puntaje, sino que servirá para que el docente comprenda cuáles son sus falencias y tome acciones para corregirlas. Suena bien. Sin embargo, ya hay una evaluación así, se llama evaluación de desempeño y la deben presentar los docentes todos los años. Aunque es liderada por el rector, puede comprender muchos de los aspectos que se piensan incluir en la nueva evaluación de ascenso, como las opiniones de otros docentes, los estudiantes y sus padres de familia. Más aún, el mismo Ministerio de Educación en su página describe la evaluación de desempeño como “un proceso permanente que permite verificar el quehacer profesional de los educadores identificando fortalezas y aspectos de mejoramiento”, lo que al menos a mí me suena mucho a algo “diagnóstico-formativo”’.
 
La evaluación de competencias constituía entonces un muy buen complemento a la evaluación de desempeño. Mientras que esta última se podía adaptar al contexto de cada maestro y servía para que éste pudiera reconocer las áreas en las que tenía que trabajar más, la de competencias era más estándar, examinaba conocimientos (entre otras cosas) y permitía evaluar a todos los docentes bajos condiciones objetivas y neutrales. Ahora parece que vamos a quedar con dos evaluaciones subjetivas y muy poca información estandarizada sobre la calidad de los docentes. Claro, el que se complementaran bien no quiere decir que ambas evaluaciones no fueran susceptibles de mejorar. Desafortunadamente, el Gobierno parece más interesado en crear nuevas instituciones que en estudiar y mejorar las existentes.
 
Es posible que la nueva evaluación de ascenso logre ser un instrumento superior a la evaluación de competencias. Para esto es fundamental que se evalúe si, en efecto, existe una correlación entre los puntajes que obtienen los docentes y los que sacan sus estudiantes en las pruebas Saber (algo que se debió haber hecho con la evaluación de competencias antes de desecharla, por cierto). Sin embargo, por genial que sea el nuevo modelo de evaluación, no veo cómo va a abrir el espacio fiscal para que los docentes asciendan más rápido, que era en últimas su principal anhelo.
 
Cuando comenzó el paro la ministra Parody dijo que no sabía qué querían los docentes y era cierto, no sabía; los docentes tampoco sabían lo que querían. Lo que querían era que bajaran el umbral de la evaluación de competencias. 
 
* Economista.