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“La educación es un acto de amor y de transformación”: Alexánder Rubio, nuevo director del IDEP

Este profesor, reconocido como uno de los mejores del mundo, ganó por mérito la dirección del Instituto para la Investigación Educativa y el Desarrollo Pedagógico. Tras enseñar por décadas su pedagogía del loto en escuelas públicas, espera innovar desde el escritorio siendo la voz de miles de maestros del Distrito.

Rubio es licenciado en educación física de la Universidad Pedagógica. Ha hecho tres especializaciones, dos maestrías y un doctorado. / José Vargas

Alexánder Rubio está sentado en su nueva oficina. Abre los brazos e inhala profundamente; exagera la exhalación. Desde el 2 de junio de 1999 ha sido profesor de educación física del Distrito. Repite la respiración desde su asiento. En la ventana a sus espaldas se abre la avenida 26, una de las más transitadas de Bogotá. Habla de él como si fuera varios: “Hemos sido reconocidos como uno de los mejores docentes del mundo”. Ahora es el director del Instituto para la Investigación Educativa y el Desarrollo Pedagógico (IDEP). Desde hace dos semanas ocupa este puesto y sus colegas lo felicitan para luego preguntarle: ¿qué es el IDEP? (Lea: Respirar, pensar y actuar: la pedagogía del loto)

Este instituto, creado en la alcaldía de Antanas Mockus, hace 25 años, nació para “facilitar la comprensión de la problemática educativa de la capital”, según su página web. Su foco son los “profesores vinculados en el sector público, en escuelas articuladas con la Secretaría de Educación. Depende directamente de la Alcaldía. Se trata de profes que comparten problemáticas comunes”, dice su nuevo director.

Las mismas problemáticas que Rubio conoce de cerca. Su colegio, así lo llama, es el Rodrigo Lara Bonilla, en la localidad de Ciudad Bolívar, un territorio del sur atravesado por la violencia y la pobreza. Tanto así que para 2018 fue el sector de Bogotá con más reportes de maltrato intrafamiliar, de acuerdo con cifras de Medicina Legal. Rubio no tardó mucho en ser testigo de ello, pues en el primer mes como docente uno de sus alumnos murió a causa de siete disparos.

“Mis chicos tenían el rótulo de ñeros y había que cambiarles el paradigma de violencia al que se sentían condenados. Qué sacamos con que les fuera muy bien en el Icfes, tuvieran muy buenas notas, si por dentro estaba vacía el alma”, cuenta el profesor Rubio, quien inventó un método de enseñanza llamado la pedagogía del loto, en referencia a la flor que emerge del fango. Se trata de yoga y percusión corporal, bajo el lema “conéctense desde el interior”.

¿Por qué ahora está detrás de un escritorio? “Soy un ser activo, no te lo voy a negar, soy cinturón negro en karate, he practicado yoga, acrobacia, danzas escénicas y contemporáneas, pero también he hecho un campo de investigación de formación pedagógica serio y riguroso”, explica, tras obtener la dirección del instituto a través de un concurso de méritos.

Para Rubio, la investigación en la escuela significa contacto, sinergia, conexión con los estudiantes, conocer el entorno y atreverse. Así lo hizo de 2009 a 2012, cuando empezó a estudiar a 40 alumnos que sirvieron como grupo focal y cuyos papás firmaron un consentimiento informado. La información recolectada le mostró que, gracias a su innovación, la convivencia de los estudiantes mejoró, al igual que sus resultados académicos.

Esa es una de las razones que explican dos premios internacionales que centellean sobre su biblioteca, a un costado de la oficina. Uno es el Global Teacher Prize, equivalente al Nobel para los maestros, otorgado hace tres años en Dubái. El otro es el Global Education Award, que se ganó el año pasado en Nueva Delhi. El primero, dice él, es un reconocimiento olímpico, el último es más similar a un Tour de Francia en la educación. Ambos reconocimientos, sumados dos récords nacionales y un Guinness por la clase de yoga más larga, han afirmado en él la importancia de la visibilización.

Esa visibilización hace parte de un propósito más grande, una estrategia para redignificar a los docentes del Distrito. “Por lo menos yo desde este bracito puedo hacerlo. Puedo estimular sus labores, reconocerlos y visibilizar sus mejores prácticas. Ofrecerles la oportunidad de que investiguen. Yo desarrollé una propuesta de investigación que sigue funcionando en mi escuela, gesté esa semilla y en este momento tengo muy claro que vengo aquí a mover a los otros profes. Nunca perderé mis preceptos: respirar, pensar y actuar con amor”, asegura Rubio, prometiendo que no se atornillará a un puesto, que soñará en él porque su trabajo podría convertirse en política educativa.

Lo único que le preocupa es que necesita dinero para realizar esos proyectos y este año, aunque sabe que la Alcaldía está comprometida con la educación, el instituto recibió el presupuesto más bajo de las últimas administraciones. Esto no le impide proyectar iniciativas como Maestros Inspiradores, un grupo que quiere armar con los profesores más galardonados, como Luis Miguel Bermúdez, quien redujo los embarazos adolescentes en otro colegio público capitalino. Su idea es moverlos a las 19 localidades, ponerlos a dialogar con pares y que los contaminen positivamente, que los seduzcan desde la pedagogía, dice.

“Ahoritica cambié de escenario, pero soy un actor para abrirles el escenario a otros. Aquí hay espacio para que los profes hagan cosas diferentes; espacio para apoyar a los que están haciendo innovación, para sus redes; espacio para tocarles el alma, para que se sientan en familia. Va a sonar muy romántico, pero para mí la educación es un acto de amor, es un acto de transformación. Porque el amor es potencia, equilibrio, energía”, sostiene apasionadamente. “Acá vengo, como dice Jaime Garzón, a moverme en función de los demás. ¿Y cuál es mi público? Los maestros, las maestras, y ahí están los niños. Yo vengo a funcionar públicamente”.

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Camila Taborda - @Camilaztabor

Educación

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