El Ministerio de Educación premió a 51 profesores

Los docentes que cambian el país

Desde diversas regiones varios maestros han implementado novedosas prácticas educativas. El Espectador conversó con tres de ellos para saber cómo han revolucionado las aulas de clase.

Esta semana el Ministerio de Educación premió 51 profesores por su labor educativa. / Cortesía

Esta semana el Ministerio de Educación Nacional (MEN) premió en el Teatro Colón a 51 profesores en “La Noche de la Excelencia”. El galardón, entregado desde hace tres años y compuesto por $20 millones y una estatuilla, exaltó a los docentes que lograron solucionar una problemática. ¿Quiénes son estos profesores? ¿Qué hicieron? ¿De dónde provienen? El Espectador conversó con tres de ellos para conocer por qué, entre tantos maestros, ellos resultaron destacados.

Yesenia Ortiz. Taraira, Vaupés

Es cartagenera de nacimiento y vaupense por adopción. Hace 17 años llegó a Mitú y “se enamoró de esa selva”.

Cuando llegó a Taraira, la bonanza del oro de los 90 atraía colonos y a familias indígenas makunas, yukunas, varasanas y tanimukas de los ríos Taraira y Apaporis. Hoy enseña en preescolar en la Institución Educativa Departamental Taraira y por años ha tamizado palabras indígenas al español para hacer de puente entre niños que comienzan con ese idioma e hijos de colonos que se enfrentan a una nueva cultura.

“A muchos niños les daba pena hablar su lengua, pero este año pasó algo interesante: antes se hacía minería de aluvión, y como se ha ido acabando, la gente se ha ido. ¡Por primera vez tuve un curso de 21 niños indígenas! Ahí vi una oportunidad”, cuenta Yesenia.

Lo que hizo fue organizar salidas de campo a las comunidades cercanas a Taraira. Para llegar a ellas había que remar durante varios días. “Los niños se acercaban a su cultura. Los abuelos les decían qué planta era pa’l dolor de panza y ellos la conocían en español y en lengua. Lo mismo con las comidas y bailes. A fin de año expusieron en su lengua (la mayoría makuna) lo que aprendieron, ya sin vergüenza. Ver la cara de los papás fue lo mejor”, dice.

Ramón Majé. Pitalito, Huila.

En la foto: las fincas cafeteras en donde los estudiantes buscan figuras geométricas.

Como buen caqueteño, el profesor Ramón quería conocer nuevas tierras. Hizo una licenciatura en matemáticas y física y una maestría en Ciencias de la Educación, en la Universidad de la Amazonia, y hoy, a sus 33 años, enseña geometría en la Institución Municipal Montessori.

Cuando llegó al colegio se dio cuenta de que las matemáticas eran muy deficientes. Pero también, que sus estudiantes sabían de café porque muchos viven en fincas cafeteras. A principios de 2017 dejaron la regla y la escuadra en el salón y comenzaron a ir a los cultivos. “Los beneficiaderos ecológicos, donde se separa la pulpa del café y se hace el lavado, tienen muchos cuadriláteros como el trapecio, el rectángulo o el cuadrado. Los estudiantes toman una foto y con la herramienta informática GeoGebra identifican las propiedades de las figuras, los ángulos, etcétera”.

Luego se vuelve al aula de clase y ellos mismos hacen los planos. “Así la disciplina de la geometría convive con ellos”. Su proyecto no podría tener mejor nombre: “Geometría con aroma de café”.

Jorge Moreno Palacios. Istmina, Chocó.

En la foto: el profesor Jorge en la huerta de plantas medicinales de la tradición chocoana

Antes de convertirse en docente de su pueblo, Jorge era líder religioso de los Hermanos Menonitas de Colombia..

Lleva 10 años dedicado a la docencia, primero como coordinador de la región San Juan de la Universidad Santo Tomás, y ahora como profesor de la Institución Educativa Agropecuaria Gustavo Posada. Es crítico con sus colegas: “Los docentes de religión han declarado las tradiciones religiosas afro como paganas y por eso lo que saben los viejos supuestamente no sirve. Es el caso de las plantas medicinales”, cuenta Moreno.

Los africanos esclavizados en América llegaron llenos de conocimientos médicos e identificaron plantas similares a las que dejaron en África. “Esa información persistió oralmente. Los curanderos de los barrios se volvieron importantes. Ellos invocaban en lenguas a Olorúm, que en las plantas nos dejó lo necesario para estar alentados”.

Esto creó un choque cultural. Cuando se prohibió hablar en lenguas distintas al español, los jóvenes perdieron la cultura medicinal, y los sacerdotes, murieron. Jorge encontró los últimos retazos de tradición en los curanderos y sanadores de barrios chocoanos. Sólo le faltaban las plantas, que crecen silvestres.

“Aquí la minería se ha llevado muchas. Pero algunos mineros conocen las medicinales, y si ven una artemisa o una sábila, la trasplantan. Si los que arrasan son foráneos, acaban con hierbas y hongos que no vuelven a repuyar”, cuenta.

Como sus estudiantes, de 8° a 11°, se la pasaban en el celular, aprovechó: “Hicimos salidas para que hablaran con los viejos de los pueblos, les sacaran fotos a las plantas y contaran para qué son. También es bueno para los ancianos, que no aprendieron a escribir, y cuando un establecimiento educativo va a preguntarles, los empodera”.

Los estudiantes suben la información a un blogspot llamado “Medicina alternativa de los afrodescendientes chocoanos”, y este año comenzaron una huerta de plantas medicinales. Consiguen la semilla, plantan y se curan, desde los de primaria hasta los profesores.