La investigación fue realizada por un colombiano

Los efectos de la educación son visibles incluso dos siglos después

Los pueblos guaraní más cercanos a las misiones jesuitas de La Colonia, enfocadas en la educación, gozan de mejores ingresos y mayores niveles educativos.

El economista colombiano Felipe Valencia. / Cristian Garavito - El Espectador

El economista Felipe Valencia llegó por primera vez a la frontera entre Paraguay, Brasil y Argentina, entre 2012 y 2013. En ese territorio, hoy habitado por unas 10 millones de personas, latió, en la época colonial, el corazón de las misiones jesuitas. Entre 1609 y 1767, esa orden religiosa se dedicó a enseñarles a los indígenas guaraní a escribir, leer y a hacer manufacturas. El colombiano, que apenas iba por la mitad de su doctorado en economía en la Universidad Pompeu Fabra, llegó a esa remota región seguro de que dichas misiones, que se enfocaron en la educación, habían dejado marcas en la comunidad.

Aunque estaba relativamente seguro de su hipótesis, no creyó que esas huellas aparecerían hasta en las paredes de los poblados. Desde los colores en las casas o la forma de sus artesanías, pasando por la pureza con la que conservan sus conocimientos y oficios tradicionales, todo allí era distinto. “Vas a un pueblito a 10 kilómetros, y no tiene nada que ver”, dice. (Lea: “Los profesores tienen problemas de tiempo para dedicarse a su formación”: Eugenio Severin)

Tras analizar datos provenientes de documentos coloniales, censos y encuestas que él mismo hizo en esos 30 pueblos donde hoy viven 10 millones de personas, las cifras le dieron la razón. En su artículo, publicado en la revista científica The Quarterly Journal of Economics,

Valencia concluyó que los guaraní que hoy viven a menos de 100 kilómetros de donde se ubicaron esas misiones hace 250 años, tienen un nivel educativo entre 10 y 15 % más alto que los pueblos más lejanos. Estas diferencias educativas se han traducido, además, en ingresos un 10 % más altos que sus vecinos.

Las huellas ignoradas

En febrero del 2008, Nathan Nunn publicó un artículo académico que partía de una pregunta en apariencia simple: ¿Parte del subdesarrollo de África podría explicarse por los siglos de tráfico esclavo?

Responder esa pregunta implicaba que Nunn echara mano de herramientas que los economistas como él no solían usar. El economista combinó los datos del número de esclavos enviados desde cada puerto o región africana, con los de diversas fuentes históricas sobre a qué etnias pertenecían los esclavos que salían desde allí hacia otras colonias. Con base en los registros históricos de los lugares en donde se asentaba cada etnia, Nunn logró establecer desde qué países modernos se exportaron más esclavos. Al cruzar esos datos con las cifras de pobreza en el continente encontró la respuesta a su pregunta: “Los países africanos que hoy en día son los más pobres son de los que sacaron a la mayoría de los esclavos”, señaló en su artículo.

Los estudios sobre persistencia económica “tratan de ver qué fuerzas históricas pueden seguir afectándonos hoy –dice Valencia–. Este tipo de investigaciones unen el pasado con el presente. Buscan ver en qué momentos u ocasiones puede que haya raíces históricas de fenómenos que nos interesan actualmente”.

La aguja en el pajar

Para su doctorado, Valencia decidió investigar lo que llama “un experimento natural – histórico invaluable”: la colonización española en América. “Estamos hablando de un sincretismo cultural sin igual, y queremos saber qué pasó y qué consecuencias tuvo”, aclara. Su investigación no trata de justificar el colonialismo, sino que trata de entender si el shock que provocó ese encuentro entre culturas sigue moldeando nuestra sociedad.

Uno de los fenómenos más importantes de La Colonia fueron las misiones religiosas que llegaron a la par de los conquistadores. Cada una tenía un enfoque distinto: algunas se centraron en hacer obras de caridad, otras en atender a los enfermos y pobres, y otras, como los jesuitas, en la educación más allá de la religión.

Cuando planteó su tesis, el economista ya intuía que este último enfoque podía tener efectos todavía visibles. Sin darse cuenta, los jesuitas estaban haciendo lo que en términos académicos se denomina “inversión en capital humano”. Al enseñar a leer, escribir, sumar y restar a los indígenas, los jesuitas habían lanzado el primer proyecto educativo a escala de América Latina. Un proyecto que quedaría truncado cien años más tarde, en 1767, cuando la orden fue expulsada del Nuevo Mundo.

“Esa expulsión nos ayuda a identificar los efectos, porque no es que los jesuitas sigan ahí, sino que si hubo transferencia de conocimiento, pues es la población local en donde se puede identificar eso”, explica el investigador. Mejor dicho: si los pueblos a los que llegaron los misioneros jesuitas hoy están mejor educados, no es porque todavía haya órdenes religiosas allá, sino porque los ecos de esas misiones siguen sonando.

Pero comprobarlo no es sencillo. Cuando un científico busca causas y efectos, tiene que medir cada posible variable que podría explicar sus resultados. ¿Será que los mejores niveles educativos de estos 30 pueblos guaraní tienen que ver con la cercanía a un río, que les permite salir más fácil a pueblos con escuelas? ¿o tal vez que están asentados sobre suelos especialmente productivos? ¿o que tienen una ubicación estratégica que los blindó de episodios violentos? ¿será que sufren menos inundaciones o sequías, y por ello tienen más estabilidad económica? (Le puede interesar: Google y dos ONG lanzan plataforma de educación virtual en español)

El aislamiento entonces no es garantía de nada. Por eso, el profesor Valencia decidió comparar el caso jesuita con otra orden religiosa que hizo presencia en el territorio guaraní: los franciscanos. Encontró que los pueblos en los que se asentaron ambos grupos compartían características de clima y ubicación geográfica. Ni unos ni otros estaban más cerca de pueblos más grandes o ríos o puertos.

Ambos estaban haciendo misiones, y estaban seleccionando estos lugares aislados para evangelizar, lo único que los diferenciaba era el enfoque de su trabajo. Mientras los jesuitas enseñaban nuevos oficios a los indígenas, los franciscanos se dedicaron a atender enfermos y a regalar alimentos a los más pobres.

Tras aplicar una serie de fórmulas matemáticas a ambos casos, los números mostraron que las comunidades cercanas a misiones franciscanas no gozan de ninguna característica que los diferencie de sus pueblos vecinos, contrario a quienes se encuentran cerca a las antiguas misiones jesuitas. Los efectos van más allá de los niveles educativos actuales de las comunidades.

En estos lugares se ha dado un cambio estructural de la sociedad: en 250 años, esos 30 poblados han abandonado lentamente la agricultura para dedicarse a la manufactura y al sector servicios, así como a profesiones que requieren conocimientos cada vez más refinados. En Brasil, estos grupos fueron los primeros en incorporar nuevas tecnologías a sus prácticas agrícolas, como la introducción de semillas genéticamente modificadas de soya.

Pero los efectos van mucho más allá. Tras someter a las comunidades y sus vecinos a una serie de tests psicológicos, se dio cuenta de que los habitantes de pueblos cercanos a las misiones se perciben como soberanos sobre su vida. Esta forma de pensar, que valora el esfuerzo, la habilidad y responsabilidad personal, es uno de los indicadores más potentes de mejores niveles educativos e ingresos. (Puede leer: App colombiana para educación financiera de niños)

Felipe Valencia, quien hoy es profesor de economía de la Universidad de British Columbia, en Vancouver (Canadá), está convencido de que su investigación puede ayudar a dar los grandes debates sobre cómo invertir el dinero de los estados. “El caso que yo presento es uno en el que la inversión en educación paga, y paga a muy, muy a largo plazo. Esta es una gran lección sobre la importancia de invertir en la educación, de invertir en las personas –lo interesante de estas misiones es que invirtieron en el capital humano– pues eso es lo que paga a largo plazo”.

 

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