ODS: Educación de calidad

Niños: un as de calidad bajo la manga

Las últimas pruebas Pisa mostraron una mejoría en la educación de Colombia. Pese a que, aparentemente, el sistema funciona, el próximo reto son los cinco millones de niños que deben recibir educación inicial integral.

De cien menores que ingresan a la escuela en las zonas urbanas, el 82% completa su educación. Una mejoría en Colombia. Foto: Cristián Garavito

“Que llueva, que llueva, la vieja está en la cueva, los pajaritos cantan, las nubes se levantan”. En el recuerdo, todos los colombianos conservan una ronda infantil. Una tradición de rimas que en la escuela solemos cantar y que, como todo antes de los seis años, dice la Organización Mundial de la Salud, ejerce gran influencia en el desarrollo del cerebro. (Lea: "Visibilizar la importancia de la infancia es una necesidad urgente") 

Sobre ese abanico de la infancia soplan todos los posibles destinos. Estudios científicos dan cuenta de ello al comprobar que más del 85 % de las conexiones neuronales se desarrollan en los primeros años. Un período durante el cual se produce la mayor sensibilidad hacia el lenguaje, los sentidos y el control emocional.

De hecho, la escolaridad temprana no genera únicamente mejores efectos académicos. Estudios aplicados a niños que a los tres años ya iban a la escuela demostraron una disminución en la deserción y mayores posibilidades de acceder a una universidad. Además cuentan con mejores tasas de empleo y más ingresos en el futuro.

Acercarlos durante los primeros años a la naturaleza y a las problemáticas de su entorno promete una conciencia del medioambiente. Incluso, seguirles la pista a los pequeños probó una reducción de embarazos adolescentes, alcoholismo y drogadicción. Hasta la probabilidad de cometer crímenes violentos mengua.

Esta información fue suficiente para que Naciones Unidas recomendara a los líderes mundiales velar para que los niños y las niñas tengan acceso a servicios de atención y desarrollo en la primera infancia, más una enseñanza preescolar de calidad, con el fin de que lleguen preparados a la primaria y a todo el ciclo educativo que viene de allí en adelante. Una meta enmarcada dentro del cuarto Objetivo de Desarrollo Sostenible (ODS): garantizar para el año 2030 una educación de calidad en todo el planeta.

Colombia apostó por mejorar su enseñanza en la década de los noventa con la evaluación de las pruebas Saber. Y de allí en adelante, el sistema educativo se volcó hacia el desarrollo de mejores competencias.

Para aquel entonces, el Gobierno debía ampliar la cobertura. Intentar reducir los barrancos de desigualdad en cuanto a género, grupos étnicos e ingresos. En 2014, Unicef reveló que, mientras la tasa nacional de analfabetismo era de 7,4 % en las culturas locales, en las comunidades afrodescendientes el porcentaje era de 11,2 y en los pueblos indígenas de 28,4 %.

Y aquí viene otra problemática: brindar acceso a la educación no asegura que los menores se gradúen de bachilleres. Según el mismo informe, “de cien estudiantes que ingresan a la escuela en las zonas urbanas, el 82 % completa su educación. En tanto que, en las rurales, sólo el 48 % lo hace”.

Para entender el fenómeno de la deserción escolar, el Ministerio de Educación hizo una encuesta en 2011. Ésta arrojó razones como insuficiencia de uniformes, desplazamiento forzado, distancia, violencia escolar, falta de motivación familiar y dificultades académicas.

En efecto, las políticas educativas se dedicaron a aumentar la cobertura y la equidad. Pero asegurar escuelas y colegios en la mayoría de territorios puso en juego la motivación principal: la calidad. Un factor evaluado hace seis meses por las pruebas Pisa, las más importantes en educación internacional.

Los resultados colombianos han ido mejorando desde 2009, el primer año en participar. El desempeño nacional aún no alcanza el promedio de la OCDE; sin embargo, Colombia fue destacada por su avance en ciencias, matemáticas y lectura, habilidades que echan raíces durante la infancia.

Para la exministra de Educación Cecilia María Vélez, la educación inicial es una garantía para la calidad. Aislar a los niños de violencia intrafamiliar, procurar su salud ambiental, más una alimentación equilibrada y una red afectiva estable, no sólo concede igualdad social, sino también una mejora en la calidad educativa.

Pequeñas garantías

El Sistema de Educación Inicial fue la respuesta del Gobierno para la enseñanza de los más pequeños. La propuesta funciona en dos modalidades educativas: los centros de desarrollo infantil, antes conocidos como jardines o guarderías, y la modalidad de educación inicial familiar, diseñada conforme a la diversidad del país. Aprendizaje a través de actividades rectoras como el juego, las expresiones artísticas, la literatura y la exploración del medio.

Pese a esta apuesta en marcha, para el año 2016 sólo el 24 % de los niños y niñas menores de cinco años recibían atención integral, según el Gobierno. Ese fue el motivo para implementar la estrategia De Cero a Siempre, una red de esfuerzos a favor de los derechos de la primera infancia. Entre ellos, una educación de calidad.

Hasta ahí el panorama luce prometedor. Sin embargo, en la educación de los más pequeños no existen métodos para medir la calidad. Ni pruebas como Pisa.

Según Ana María Nieto, directora de Primera Infancia del Ministerio de Educación, medir la calidad en niños implica dividir el concepto en: calidad estructural y de procesos.

La primera, enfocada en qué tan buena es la infraestructura escolar, cuál es la formación de los docentes, cómo apoyan los padres, cuántos profesores hay por alumno. Todo medido a través de entrevistas.

La segunda, calidad de procesos, apunta hacia la interacción de los docentes con los niños y de los menores entre sí. Es decir, una observación directa para ver las condiciones en las que juegan, sus procesos de aprendizaje y el desarrollo de los pequeños.

Hasta ahora, el modelo sólo se ha puesto a prueba en el Eje Cafetero, con el fin de evaluar su metodología y ajustarla para una medición nacional. El Ministerio de Educación, la Universidad de los Andes y el Instituto Colombiano para la Evaluación de la Educación (Icfes) fueron los encargados de hacer funcionar este método. Para crear nuevas políticas en la educación inicial. Para cumplir con el cuarto objetivo global. Para el desarrollo sostenible del país y el universo.