“No puede cumplirse el modelo de alternancia para que los niños vuelvan al colegio”

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El pedagogo hace un balance de la educación cuando se cumplen 72 días de haber suspendido las clases presenciales a causa de la emergencia por el COVID-19. Para el experto, los estudiantes de colegios oficiales son los más perjudicados en la coyuntura.

Desde hace 72 días las niñas, los niños y los jóvenes de Colombia no asisten a sus instituciones educativas. Esa orden fue impuesta por el Gobierno a raíz de la emergencia por el COVID-19, que ya suma 21.175 casos confirmados y 727 personas fallecidas en el país. Esta situación, que ha obligado a migrar a clases en línea, soportadas en nuevas tecnologías, podría extenderse hasta agosto. Para entonces, el Ministerio de Educación prevé un modelo de alternancia que disminuya los riesgos de contagio del virus SARS-CoV-2 dentro de colegios y universidades.

Julián de Zubiría, pedagogo e investigador, es uno de los expertos en educación que ha analizado estos meses de cambios para los estudiantes y profesores nacionales. El Espectador habló con él para hacer un balance de la situación “crítica” para los colegios oficiales, “favorable” para los privados y las instituciones de educación superior. La programación por televisión diseñada por el Ministerio de Educación, a su parecer, fracasó y el panorama para volver a los establecimientos pareciera imposible de cumplir bajo los protocolos de seguridad recomendados por la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Hace más de dos meses los niños y jóvenes abandonaron sus salones de clases. La emergencia por el coronavirus ha evidenciado profundos vacíos en la educación del país, ¿cuál es su lectura sobre esta situación?

El coronavirus ha evidenciado graves problemas en la educación, como la baja calidad y la inequidad. De allí que la manera como se ha enfrentado la crisis ha sido muy diferenciada, según los contextos sociales y culturales. El caso de la educación oficial es realmente grave. Los niños no pudieron pasar a la virtualidad y la televisión pública está siendo vista tan solo por el 3 % de los estudiantes. Sin duda, los maestros hacen todo lo posible y se conectan con sus estudiantes fundamentalmente por el celular y el Whatsapp, pero a eso no se le puede llamar educación. En el mejor de los casos, es un seguimiento distante, llevado a cabo con la mejor disposición. Por el contrario, para los estratos altos el balance es bastante bueno. Son niños que cuentan con computadores, conectividad y padres que acompañan los procesos. Asimismo, los colegios ofrecieron conectividad a quienes no la tenían y formaron en tiempos breves a sus docentes. No obstante, hay que reconocer que la mayoría de niños y jóvenes no están recibiendo la educación de calidad que requieren.

¿Qué ha pasado con la educación superior?

El panorama en la educación superior es bastante favorable. En un 85 % se siguieron desarrollando los programas, aunque necesariamente tuvieron que aplazarse aquellos que tenían un énfasis práctico. Sin embargo, los estudiantes de más bajos recursos, de nuevo, volvieron a ser los más perjudicados. Ese grupo, según sondeos entre rectores de universidades oficiales, corresponde al 38 % de los estudiantes. Los jóvenes hacen todo lo posible para seguir recibiendo clases. Se suben a los árboles o piden prestados celulares. Sin embargo, es claro que a ellos se les está violando el derecho a la educación, porque carecen de la conectividad necesaria. Desafortunadamente son un grupo muy grande. A todos ellos hay que garantizarles internet gratuito para restablecer su derecho a la educación. Es una tarea inaplazable.

De otro lado, un problema crítico será la deserción. Entre un 25 y 50 % abandonarán sus estudios universitarios. Es un problema social de gran magnitud. Para atenuarlo se requiere mucho más apoyo del Estado.

¿Cómo evalúa la estrategia del Ministerio de Educación de recurrir a la televisión durante la cuarentena?

Ante la ausencia de la conectividad para la mayoría de estudiantes, la televisión era el medio más adecuado para sortear la crisis. Así lo han entendido la mayoría de países en el mundo. Desafortunadamente el balance es muy poco satisfactorio en Colombia. Hubo muy poca participación de la comunidad educativa y de las entidades regionales. Fue un grave error no llamar a expertos de la televisión y la cultura, como tampoco a profesores o rectores. Ese modelo de trabajo del Ministerio es muy poco participativo y sus resultados tienden a ser negativos. Por eso se está utilizando muy poco. Si pusieran a los jóvenes a debatir sobre dilemas éticos, políticos, sociales o ecológicos contemporáneos, serían programas con audiencias muy altas. Hasta ahora solo tres de cada 100 estudiantes están utilizando la programación educativa. Para superar el problema hay que convocar a la comunidad, para que sean quienes conocen a los niños y jóvenes los que decidan qué se debe programar para cada uno de los ciclos del desarrollo en cada una de las áreas.

¿Cuál es el defecto que usted encuentra en esa programación?

Se podría hacer muy buena televisión si se consultara a los expertos y los profesores de las diversas áreas y ciclos. La actual televisión educativa fue diseñada con muy poco criterio pedagógico. Fue decidida por funcionarios públicos que no conocen a los niños y jóvenes actuales. Para convocar a los jóvenes hay que formular debates y reflexiones frente a dilemas de diferente naturaleza, y ojalá que ellos mismos participen de las discusiones.

¿Qué tan cierto es que las niñas, niños y jóvenes son nativos digitales? Profesores y directivos hablan de un mito alrededor de esta creencia.

Es un mito que tiene relativamente poco sustento en la realidad. Los niños y los jóvenes son operadores de la tecnología, pero en general entienden poco de su naturaleza, por eso caen fácilmente en las falsas noticias. Estudios sostienen que nueve de cada diez jóvenes creen que lo que está en internet es cierto, cuando todos sabemos que no es así. Conceptualmente no la han estudiado, no han sido formados en eso. En el sentido estricto, no son nativos digitales. Han usado la tecnología para sus interacciones sociales, pero no con fines académicos ni formativos. Al menos no en la mayoría de los casos.

Una de las urgencias al migrar a esta educación remota fue capacitar a los profesores que aún no estaban preparados para las nuevas tecnologías.

El problema es más pedagógico que tecnológico. Es frecuente presuponer que es necesario una alta formación tecnológica por parte de los profesores para responder a la virtualidad. Sin embargo, las plataformas son muy amigables y, con una buena orientación, la mayoría de docentes podría desenvolverse sin mayor dificultad. El problema es que como los profesores en la presencialidad les han dado tanto énfasis a las informaciones y a los aprendizajes rutinarios, en la virtualidad son muy visibles estos errores. Cuando un profesor es competente y trabaja bien en el aula presencial, es común que en la virtualidad funcione bastante bien, siempre y cuando haya propósitos y contenidos pertinentes y contextualizados. En la virtualidad es más claro que uno tiene que enfatizar en lo esencial, pero como en la educación básica eso no sucede, la virtualidad se torna muy aburrida. Aparentemente es un problema tecnológico, pero subyace uno mucho más grave de tipo pedagógico: la ausencia de propósitos y contenidos escolares pertinentes y contextualizados. Hay que volver a lo básico y esencial.

¿Cuál es su opinión frente al modelo de alternancia propuesto por el Ministerio de Educación para retomar las clases presenciales en agosto?

Me parece que no se puede cumplir. Hay que reconocer que es un tema muy complejo, porque si los niños no vuelven a los colegios, muchos padres no podrán retornar a sus trabajos. Sin embargo, es difícil cumplir los protocolos de seguridad en los colegios, porque los cursos tienen por lo general 40 niños y los espacios son muy pequeños. ¿Qué hacemos? ¿Sacamos a 25 estudiantes por curso? ¿A cargo de quién quedarían? ¿Qué tarea les asignamos? Las condiciones son difíciles de cumplir, porque no hay espacios en los recreos que garanticen el aislamiento, tampoco hay profesores de reemplazo que tomen algunos subgrupos o recursos para cumplir con todas las normas de bioseguridad. En Francia, cuando volvieron las clases, reapareció el brote y comenzaron a cerrar nuevamente algunos colegios. Seguramente pasaría lo mismo aquí. En los colegios oficiales de Colombia no hay restaurantes, patios ni rutas de transporte que permitan el aislamiento social. En estas condiciones, muchos padres preferirían no enviar a sus hijos a los colegios. Asimismo, hay que tener presente que es difícil decirle a un niño que no abrace al otro y que se mantenga a distancia en la clase, el recreo o la ruta. Es un tema muy complejo cuando se trata de niños menores.

¿Cuál sería entonces su recomendación al Gobierno para continuar con la educación?

Todos los estudiantes que puedan deberían quedarse en casa. Eso es lo primero y lo más importante. Para poder lograrlo, tenemos que garantizar internet gratuito para los profesores y estudiantes de bachillerato de los colegios y para los estudiantes de las instituciones de educación superior. Por lo menos para los estudiantes de estratos 0, 1 y 2. En el mediano plazo, eso terminaría siendo una inversión pequeña, porque disminuiría la movilidad de la gente y los contagios por el virus.

Por otro lado, dispondría que los estudiantes menores vayan alternadamente a clase, el lunes un subgrupo y el martes otro, y así sucesivamente. Solo así sería posible el retorno a las aulas. Sin embargo, hay que ser poco optimistas. No hemos podido garantizar las condiciones de bioseguridad para los médicos, dudo muchísimo que seamos capaces de garantizar esas condiciones para los niños y sus maestros. En Colombia ni los niños, ni la educación, ni los maestros han sido una prioridad.

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