Pequeños juglares de vereda

A pesar de las carencias, los menores (dirigidos por Eduardo Villarreal) buscan multiplicar su patrimonio.

Los menores asisten cada domingo a sus clases de música con el maestro Villarreal. Pese a sus esfuerzos, carecen de instrumentos de calidad e instrucción teórica. / Alberto Segura

La cita es todos los domingos en la escuela de la vereda Santa Bárbara del municipio de Tinjacá, Boyacá. Alrededor de 20 muchachos y muchachas rasgan los requintos, los tiples, las guitarras y hacen sonar las guacharacas. Tocan una música que hace parte de su entraña campesina, con influencias del pasado y también del presente, pues recogen no solo los mensajes actuales –especialmente de tipo ambiental– sino algunas innovaciones rítmicas.

El maestro es Eduardo Villarreal, quien hace ya muchos años vino a instalarse en estos campos, torciéndole el pescuezo al destino. Estuvo a punto de graduarse de médico en Bogotá; sin embargo, algunas visiones de lo que iba a ser una vida burguesa: una conferencia programada por la facultad para instruir a los futuros médicos sobre cómo hacerle el quite a los impuestos y el paradigma del médico – dios, promovido por el claustro, lo disuadieron. Hippie en Cota, enfermero en la Sierra Nevada de Santa Marta, echó raíces en esta vereda donde pudo dar rienda suelta a su amor a la música y al campo colombianos.

Villareal y su iniciativa cuentan con el padrinazgo de Jorge Velosa, que ha inspirado y promovido grupos de música campesina en la zona, que hoy día no faltan en matrimonios y comuniones, en cierres de tejado y navidades.

Entre los “pequeños juglares hay tres niveles: los mayores que ya tienen un grupo, “Son de hoy”, frescos como las mogollas locales; un nivel intermedio y los que se aproximan por primera vez a la experiencia de aprender música, y con las palmas de sus manos acompañan un estribillo:

Con el tiple y la bandola

Me pongo a tocar pasillo

Las cucharas me acompañan

En un ritmo muy sencillo

Entre todos han logrado que las gentes de la región vuelvan sus ojos y sus oídos a expresiones musicales propias, alternativas a las rancheras, a las ‘norteñas’ y a otras músicas que surgen estentóreas de las emisoras, en fiestas patronales y similares.

Por supuesto, no se trata de prohibir el acceso a expresiones culturales en un mundo que es un pañuelo –además, es imposible– pero sí de encontrarle la ‘magia’ a sonidos y letras que nos ayudan a descubrir un patrimonio colectivo, una tradición, no para decir que “todo tiempo pasado fue mejor” sino para construir un futuro, que marque la diferencia.

Ese sentido futurista lo refuerzan los temas ambientales que, desde hace un tiempo, aparecen con más contundencia en la ‘música carranguera’; estas letras están llenas de encenillos y armadillos, pajaritos, agua, nubes, sol, sequías, en su relación con la gente.

Allá en el campo en el que yo nací

Vive un fulano que no me gusta a mí

Y se la pasa con cauchera en la mano,

El fisto a las espaldas, haciéndose el marrano.

(El cazador. E Villarreal)

El encanto de la reunión dominical

Con Cárdenas, el ‘duro’ del requinto, van apareciendo los otros músicos: Darío, el tiplista, que nunca falla. Tiene 15 años y como dos metros de estatura. “La música es como un método de expresarse ante una persona. La música nos facilita. Y es un arte y un pasatiempo, por decirlo así. Mi papá tenía un tiple, yo lo pedí prestado y le metí el interés”. Hoy el joven espera los resultados del ICFES porque quiere irse a Tunja a estudiar licenciatura en música. El profesor sostiene: "A la Academia han llegado muchachos introvertidos, con problemas de aprendizaje, con dificultades para relacionarse, y con la música han encontrado un Norte".

“Una de las niñas consiguió novio, el novio se aburrió porque no servía para la música y no volvió. ¿Y ella? pues tampoco volvió”, dice Eduardo entre risas, y acota: “la simple posibilidad de encuentro social justifica el esfuerzo. El disfrute de la música, la pertenencia al grupo… La chica cuya única oportunidad de verse con el novio sin vigilancia, es el ensayo dominical; es un respiro, estar en una actividad con un profesor, en un ambiente escolar, sin que les jodan la vida”.

Un ‘convite’ diferente

Hubo un tiempo en que en Tinjacá, la música campesina servía de relleno en las fiestas; pero eso ha cambiado: desde 2008 se celebra un ‘convite carranguero’ con protagonismo de los grupos de música campesina. “Es algo diferente al ‘desorden típico’, que rompe con la idea de los cuatro viejitos de siempre, cantando música ídem; el público ve aparecer niños y niñas, bonitos y alegres, y hay niños entre el público que probablemente piensan ‘a mí me gustaría estar ahí parado’”, relata el profesor.

Y eso se hace más evidente cuando en el escenario aparece Marco, un joven de ruana y sombrero de fieltro, que toca como los dioses un requinto conectado a un amplificador; es pedagogo musical, comenzó con el rock y luego tomó la decisión de dedicarse a “lo suyo”. Marco presta asesoría permanente en aspectos metodológicos y pedagógicos de la Academia.

No ha sido fácil llevar a efecto el proyecto de la Academia de música de la vereda Santa Bárbara: primero, por la falta de apoyo por parte de los padres de familia; preguntan es si esto va a ‘dejar plata’, y como la respuesta es no, el interés es muy bajo. Por eso al principio ni siquiera había instrumentos y las primeras clases fueron de carácter puramente teórico… concentradas en la escucha.

La dotación se ha ido logrando con colaboración de algunos vecinos, pero principalmente porque los pequeños músicos encontraron en sus casas un viejo tiple del abuelo, una guitarra rota, un requinto o una guacharaca abandonados por ahí y los han arreglado como han podido, para ponerlos a sonar, chungo churungo, chungo churungo.

Y no obstante los inconvenientes, hubo mucho entusiasmo en la primera convocatorias. Y hace poco la Secretaría de Cultura y Turismo de Boyacá aprobó el proyecto "Fortalecimiento y consolidación de la Escuela Veredal de Música Campesina de Tinjacá".

En los últimos meses, tres integrantes del grupo “Son de hoy”, Darío, César y Alfredo, lograron comprar sus propios instrumentos, de excelente calidad, con micrófonos y ecualizadores incorporados, para presentaciones en tarima con amplificación.

Los jóvenes, entretanto, siguen asistiendo a la escuela los domingos, por razones tan contundentes, como la que expone Alfredo, un ayudante de albañil de 20 años de edad y guitarrista, para más señas: “La música lo distrae a uno… y para enamorar a las muchachas”.

“El grupo, bacano, porque uno aprende a tocar y salir adelante”, asegura Jeison Elías Ruiz, intérprete de la guacharaca y cantante ocasional, de 13 años de edad, que asiste a las clases después de “ayudar a rociar, a deshierbar con azadón y a limpiar con la peinilla (machete)”.

Daniela Villarreal, cantante e intérprete de la guacharaca asegura que “La gotica de agua” es su canción preferida:

De la quebradita, vengo de buscar

Una gota de agua que ayer ví pasar.

Buscaré en los ríos, volveré a buscar

La gotica de agua que ayer ví pasar.

(La gotica de agua, J. Velosa)

Los conocimos a todos, un domingo, en la escuela de Santa Bárbara. Se jugaba la final del campeonato de fútbol femenino inter veredal, en un evento que combinaba los goles de las muchachas y las barras de las familias, al calor de una ‘pola’. Y para rematar, concierto de la Academia de Música, con su mensaje tozudo: que en este mundo globalizado, lo propio vale mucho y es bonito.

 

 

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