Roland Jeangros, un pedagogo único e innovador

Un repaso por la vida del fundador del colegio Refous y quien dedicó su vida a formar estudiantes inclusivos.

Imagen de Roland Jeangros, quien falleció la semana pasada. / Cortesía

Ha muerto Roland Jeangros en Bogotá. Su fallecimiento nos trae pesar y nostalgia a los miles de estudiantes que ha tenido durante su larga vida dedicada a la enseñanza y a la pedagogía. En cada uno de nosotros El Mono ha dejado una huella imborrable. Sí, El Mono, como lo llamamos en su ausencia siempre sus discípulos, aunque lo correcto y lo formal era referirse a él sólo como Monsieur. En el fondo no importa cómo fue que lo llamamos. De seguro cada uno lo hizo a su manera, pues siempre estableció un vínculo personal y único con todos nosotros. Al fin y al cabo los pedagogos genuinos huyen de la masificación y resaltan la individualidad, educan desde las situaciones específicas, toman en cuenta las condiciones concretas, y sólo creen en las relaciones individuales. La auténtica formación no se hace en la homogeneidad, al contrario, se alimenta de lo heterogéneo. Es una muestra del respeto por las personas y es el principio del humanismo que inspira a los actos educativos con sentido. Gracias a esta virtud todos los que lamentamos ahora su fallecimiento y honramos por siempre su memoria tenemos de él nuestro propio recuerdo, contamos con una anécdota personal en la que él es el personaje principal y mantenemos una enseñanza que nos dejó y que llevaremos de por vida como un tesoro excelso.

Dudo mucho que exista quien pueda decir que ha sido en vano su paso por el Refous, colegio que este educador suizo creó hace más de sesenta años y que dirigió siempre con amor pasional, con constancia estoica, con una severidad cuasi prusiana, con rigurosidad científica, pero también con una creatividad inimitable, con un espíritu innovador evidente, con una decisión rayana en el dogmatismo y con una autenticidad innegable. Cada quien tendrá su propia valoración de la acción educativa de Monsieur. Sin embargo, más allá de cualquier diferencia, habrá acuerdo en que su influjo ha sido grande y con profundas consecuencias para quienes hemos estado en las austeras y sencillas casetas prefabricadas en las que siempre quiso que funcionaran las aulas de su colegio, primero en el norte de Bogotá por allá a comienzos de los años sesenta del siglo pasado, luego por cerca de treinta años en Suba y, desde la década de los 90, en Cota.

La influencia de El Mono ha tenido consecuencias en diversos campos y se manifiesta en sus ex alumnos de diferentes maneras. Algunos le agradecen que les permitiera conocer los encantos de la matemática y de la lógica. Reconocen que desde pequeños pudieron relacionarse con las topologías, las teorías de conjuntos, el cálculo, la trigonometría, el álgebra y los misterios de las ecuaciones que, a través de su amada Matemática Moderna, se transforman en juegos infantiles en los que todos pueden participar desde los primeros años. Otros encuentran que la obra de Monsieur se expresa en el amor que diseminó por las sinfonías, las sonatas, la música de cámara, las arias de la ópera, o la música coral que siempre sonaron en los potreros del colegio en los momentos más inesperados, y que siempre tomó vida en la vida escolar a través de semanas musicales, festivales, conciertos, orquestas, coros, conjuntos de cámara, o simplemente en las clases que dedicó a sembrar el espíritu melómano en infantes y adolescentes. No faltan también quienes saben que su gusto, o incluso su dedicación profesional, a las libros y a las letras se originó en el colegio y que tiene que ver con el legado de Jeangros, para quien la lectura fue siempre un tesoro y quien promocionó los cuentos, los poemas, los ensayos, las piezas teatrales y todo tipo de textos sin ninguna restricción y sin censura alguna. Son muchos los que de otra parte se acercaron en su vida en el Refous a las voces y a los testimonios del pasado, haciéndose historiadores de vocación o de profesión en las páginas de las Guerras de las Galias de Julio César en los libros de Mariátegui sobre la historia indígena, en el Diario de Colón, en los documentos de los griegos, las cartas de Bolívar, o en las interpretaciones de la llamada Nueva Historia de Colombia, - entre otros textos, con los que Monsieur demostró que la historia no era ajena a la infancia y a la juventud y, mucho menos, contraproducente para su formación. Por supuesto hay quienes destacan que su interés y su vocación por la indagación científica tuvo estímulo en las preguntas precisas que hacía El Mono para generar dudas sobre los fenómenos naturales, acerca del misterio de la vida, o por el funcionamiento de astros y planetas.

De cualquier forma la huella de Roland Jeangros ha ido más allá de las cuestiones académicas. Sus palabras y su ejemplo tuvieron efectos en lo que llaman “la formación del carácter de sus alumnos”. En eso fue no sólo un innovador sino más bien un revolucionario, un contestatario, un militante que nunca bajó los brazos en su convencimiento en que la enseñanza sólo tiene sentido si transforma la sociedad, en su creencia inaplazable en que sólo se justifica ser maestro si se contribuye a la superación de la injustica y la inequidad. Por eso siempre se opuso a  muchos de los valores que llevamos muchos de los colombianos sin conciencia y que se exacerban en la burguesía bogotana, en la que nos criamos la mayoría de sus estudiantes.

Antes que nada enseñó el amor por Colombia. Es extraño que un extranjero se dedicara a este propósito con tanto ahínco. Lo cierto es que siempre fue enamorado de nuestro país que quiso compartir su amor por él con sus estudiantes. Por eso, sin importar dificultades y riesgos, promocionó su exploración. Organizó múltiples excursiones a los más variados y recónditos lugares del país con el propósito de dejarnos conocer sus bellezas, pero sobre todo con el fin de impedir que creciéramos creyendo que la realidad se agota en las cuatros paredes de nuestras cotidianidades. Fueron excursiones en que vivimos de manera precaria y en las que tuvimos la oportunidad de convivir con los pobladores. Lo hacía porque El Mono luchó como pocos contra la exaltación de lo extranjero y enfrentó con fiereza la subvaloración de lo nacional, como si fuera el más criollo de los criollos. Sus alumnos fuimos formados para trabajar en y por Colombia. Pero eso no le bastaba, lo que en el fondo siempre buscó es cada uno de nosotros desarrollara conciencia acerca de los privilegios que hemos tenido en una nación en la que no todos tienen oportunidades y en la que le acceso a la educación es tan limitado.

El Mono tuvo así mismo la dedicación y el empeño para mostrar el valor del trabajo, la importancia de la disciplina. En eso fue severo e inflexible. Nunca permitió que se utilizaran recovecos y atajos para realizar una labor o para cumplir una tarea. El camino fácil lo llevaba a los límites de la furia y más allá. Incluso en más de una ocasión se le fue la mano al censurar la pereza, al reclamar el estudio, o al exigir el trabajo sistemático y constante. Muchos han criticado a Monsieur por esa severidad. Tienen razón. Sin embargo, quienes sobrevivimos a ella, y quienes también conocimos la dulzura de su corazón, hemos terminado agradeciendo su dureza y su rigor, pues ha mostrado su importancia al momento de emprender los retos de la vida, y al conocer la satisfacción de la misión cumplida en los pocos o muchos logros alcanzados, e incluso al vivir los fracasos que hemos tenido que experimentar.

Por último es necesario destacar su lucha constante contra la exclusión, su férrea oposición al arribismo y su enfrentamiento permanente al clasismo. Monsieur nos educó con el ejemplo y con la palabra en el valor y en la dignidad de todas las personas. Por eso nos enseñó, y nos hizo vivir en la práctica, diferentes oficios. Nos mostró que arar la tierra, tejer un tapete, amasar la arcilla, cocinar el pan, o trabajar la madera eran caminos de realización personal y labores tan importantes como lo puede ser la acumulación económica, el alcanzar la excelencia académica, o la grandiosidad artística. Nunca permitió la discriminación a la que combatió como el más pernicioso de los pecados. Jamás dio lugar al lujo, al retoque, a las apariencias. En eso fue más inflexible de lo que pudo ser con su férrea disciplina. Proclamó la austeridad como la más grande de las virtudes. Por eso exigió que se valorara a todos por igual sin importar su color, su condición, su situación, su género, su posición. Enseñó que cada quien vale y que el mérito está en lo que hacemos, en lo que logramos, y no en lo que en apariencia somos. Esa fue su más grande lección. Por eso hizo una escuela y una pedagogía abierta y tolerante. De ahí que restringiera como si se tratase de una epidemia el elitismo y el esnobismo. Por eso, desde mucho antes de que se hablara en el país de la educación inclusiva, la practicó como una actitud natural en su colegio. Gracias a ello encontramos lugar los diferentes, los anormales, los que nos salíamos del molde, los que no teníamos acceso a otros colegios, bien sea porque usábamos una silla de ruedas, porque necesitábamos un audífono para escuchar, un bastón para orientarse; o bien porque sus padres no estaban casados por la santa madre iglesia, no tenían empleo constante, o simplemente se encontraban separados: o bien porque practicaban otra una fe diferente, o tenían un color de piel que era un poco más oscuro de lo deseable para las élites nacionales. En fin, en el Refous se practicó la tolerancia y quienes vivíamos cualquiera de las causas que llevan a la excusión y a la discriminación en la educación de nuestro país encontramos siempre una oportunidad educativa.

Monsieur Jeangros vivió con intensidad y con convicción. Por los frutos de su labor y de su trabajo: nosotros sus discípulos,  ha sido conocido y valorado. Condolencias a su familia y a los compañeros que hoy, como yo, saben que se cierra una época y que nos queda la responsabilidad de mantener su legado y su memoria viva.  Se ha ido un gran pedagogo, un hombre auténtico que nunca temió actuar en consecuencia con sus creencia. Paz en su tumba.