¿Cómo se enseña la paz en los colegios militares?

El año pasado, el Gobierno firmó la ley que reglamenta la cátedra de la paz. Los rectores dicen que la incluyen en la teoría, pero ¿qué tan ambiciosa será su enseñanza en el posconflicto?

Gustavo Jaimes, director de la academia militar Mariscal de Sucre. / Óscar Pérez - El Espectador

El Colegio Militar Simón Bolívar, en Bogotá, tiene un patio verde a la entrada donde ondea una larga fila de banderas de Colombia. Al fondo, a la izquierda, en unas puertas pequeñas que dan a un corredor de cemento, están las oficinas de la Asociación de Colegios Militares (Acomil), que reúne 32 de los 53 colegios de este tipo que hay en el país. En un salón pequeño de curtido tapete rojo y detrás de un escritorio de madera está sentado el coronel Aldemar Sánchez, vicepresidente de la asociación, quien me saluda con un fuerte apretón de mano y pide que me siente.

Sobre una biblioteca se ven apilados varios tomos de biología y delante de ellos una virgen que sostiene, en una mano, un rosario de bolitas blancas diminutas, y en la otra, una bandera tricolor que tiene la forma del moño de la paz. Esta virgen, de unos 30 centímetros de altura, a diferencia de todas las demás que he visto, blancas e impolutas, va arropada con un poncho camuflado. Una virgen guerrera, pienso.

Después de quedarme absorta en esa figura, el coronel explica en unas diapositivas de Power Point la misión de Acomil. Lo interrumpe su celular. “Mi general, buenas tardes, me presento sin novedad especial. Sí, mi general, ya llegó. Perfecto, mi general. Correcto, mi general. A su orden, mi general. Buena tarde, mi general”. “Que saludes”, susurra. “Que lo mismo”, respondo.

Cuelga y aclara su garganta. “Parece que la ley se hubiera inspirado en nosotros para dar cátedra para la paz, porque estas materias ya las estamos dando”, dice mientras muestra señalados en rojo siete de los doce contenidos exigidos por el Ministerio de Educación. “Es como si se hubiera alineado el Estado con nosotros y no nosotros con el Estado”, afirma Sánchez sin titubeos.

¿Qué es la cátedra para la paz?

La cátedra para la paz se concretó con la Ley 1732 de 2015. En mayo del año pasado el presidente Juan Manuel Santos y la ministra de Educación, Gina Parody, firmaron el decreto que la reglamentaba. Al 31 de diciembre de 2015, todos los establecimientos educativos debían incluir la paz en sus currículos. Las dudas afloraron: ¿se trata de una asignatura en el horario de clases? ¿Es un eje transversal que cubre todas las materias? ¿La paz se puede enseñar?

Apenas se firmó, aparecieron detractores y defensores. La exviceministra de Educación Isabel Segovia consideró que la cátedra era una arandela más de los congresistas que suelen resolver los problemas estructurales de la educación creando materias, como ha ocurrido con los temas de sexualidad y competencias ciudadanas. En ese momento dijo para este medio que “la estrategia de quienes no son capaces de idear transformaciones profundas es llenar el currículo de cátedras que no generan ningún cambio”.

John Sandoval Rincón, reconocido por la Fundación Compartir con el premio al rector del año, encontró una manera de convertir su escuela de Popayán en un lugar donde se promueve la convivencia. “En nuestro caso, el de las escuelas con víctimas del conflicto, la exigencia de abrir un espacio para hablar de paz, perdón y reconciliación no es sólo necesario, sino vital”, aseguró entonces.

El Espectador le preguntó al Ministerio de Educación en qué consiste, entonces, la cátedra. ¿Es una materia, un eje transversal, qué? “Hemos sido enfáticos en que no se puede reducir la educación para la paz a dos horas o unas pocas horas a la semana”, respondió el Ministerio. “Educar para la paz es lograr que los estudiantes puedan desarrollar competencias ciudadanas, logren ser participativos, democráticos, resolver pacíficamente los conflictos, reconocer y respetar las diferencias, desarrollar pensamiento crítico”, concluyó.

Teniendo esto en mente, quisimos explorar la manera como dictan esta cátedra los colegios militares, uno de los sistemas educativos que despiertan más incógnitas en la enseñanza de la paz.

El rol de los colegios militares en la paz

Como asegura el coronel Sánchez, la doctrina de los colegios militares ha cambiado con los años. Por ejemplo, antes de que naciera la Ley de Infancia y Adolescencia, los alumnos de 16 y 17 años disparaban munición de guerra en el famoso polígono donde los blancos eran figuras humanas ficticias, pero ahora se entrenan para tiro deportivo. Antes, el trato era duro: “En la milicia se habla fuerte. Cuando digo ‘¡Atención, fir!’, estoy gritando y hiero la sensibilidad del niño. Hay maneras de hablar. Ahora debemos ser más humanos”, explica el coronel.

Segismundo Sánchez, rector del colegio militar Antonio Nariño, cuenta que “hace unos años los colegios militares daban garrote, tenían calabozos, sitios de tortura. Hoy eso ha desaparecido. Ahora nos diferenciamos de la institución civil por la disciplina que adquieren los muchachos, ante la pérdida de sus valores”.

Y según Gustavo Jaimes, director académico de la academia militar Mariscal de Sucre, antes predominaba el pensamiento de que los colegios militares eran reformatorios. “Los confinamientos, castigos físicos, ejercicios, trato como soldados, ir en contra de la orientación religiosa y sexual desaparecieron, por lo menos de nuestra institución”, comenta mientras limpia con un trapo blanco la tapa negra de su portátil. “Sin embargo, seguimos siendo una institución militar. Hay normas: ser puntuales, portar bien el uniforme, las uñas, el peluqueado”, remata.

Desde 2014, cuenta el coronel Sánchez, se hicieron mesas de trabajo para reorientar la formación de los estudiantes, porque había una doctrina muy vieja que databa del año 99. “Necesitábamos dejar de formar para el combate y la guerra, porque para eso están los soldados, sino formar para que respondan a los retos del siglo XXI: consumo de sustancias psicoactivas, conflictos familiares, descomposición social. Aquí les hacemos férreo su carácter para que puedan enfrentar esos problemas”, sostiene el coronel.

Preparados o no para la reconciliación

Dos estudiantes de décimo grado del colegio militar Simón Bolívar dicen de camino a clase que la cátedra de la paz es una materia más del horario. Tiene cuatro horas semanales y está orientada a “valores, conocimientos jurídicos y aprender las normas de un país”. En la escuela Mariscal de Sucre, cuyo lema es “Entréganos un niño y te devolveremos un hombre” (y su sede en Suba es mixta), el rector Gerardo Acevedo asegura que la están implementando como ética y valores humanos. Y Segismundo Sánchez, rector del colegio Antonio Nariño, dice que hasta octavo grado se dicta en dirección de grupo y mediante conferencistas invitados que daban charlas, pero que de noveno grado en adelante se incluye en la instrucción militar y en las ciencias sociales.

A pesar de que los colegios cumplan con ella porque es un requisito de la ley, muchos parecen no estar preparados en la práctica para la reconciliación. “Me lo pensaría muy bien antes de contratar a un profesor reinsertado. Me empieza a adoctrinar gente para llegar a grupos subversivos. Aceptaría a jóvenes porque se pueden moldear, pero el pensamiento de una persona adulta es difícil de cambiar”, asegura Sánchez, rector del Antonio Nariño.

Algo similar dice el rector Gerardo Acevedo del Mariscal de Sucre: “Sería muy difícil aceptar a un niño que fue parte de la guerra. Ese tipo de estudiantes pueden influenciar al resto de estudiantes en el manejo de disciplina. ¿Cómo voy a recibir a niños preparados para la guerra si yo estoy educando para la paz?”, se pregunta. Y el director académico complementa: “No estamos preparados para eso, ni los papás, ni nadie. Es como que llegue una niña violada a un colegio de monjas. Es un choque tremendo. Tenemos un compromiso con 800 padres”.

Y los mismos estudiantes que iban afanados a clase dicen: “Ellos tienen diferentes pensamientos de cómo protestar contra las personas. Además es un colegio militar que nos enseña a proteger a la sociedad y no estar en contra de ella”.

Según el padre Leonel Narváez, presidente de la Fundación para la Reconciliación, que diseñó junto con universidades, entre ellas la Nacional, los Andes y la Javeriana, y el Ministerio de Educación, la implementación de la cátedra para la paz, “todavía no hemos logrado filtrarla transversalmente”. Sostiene que los docentes del país no están preparados para una cátedra de este tamaño y el Ministerio deberá ofrecer unas guías de los contenidos.

Pero también, dice Narváez, el docente y la institución deberán revisarse para ver si patrocinan o no la violencia. El padre pone ejemplos de cosas simples, aunque poderosas: desde las frases que se escuchan en los colegios de boca de los niños, como: “Profe, quiérame y después aprendo”, o de los profesores: “Estrene el cerebro” o “no gaste asiento”, hasta calificaciones de 0 o 2.9 que son una forma violenta de tratar a los alumnos.

Narváez asegura que un método pragmático para que los colegios revisen si son lugares violentos o no es el uso del lenguaje y que incluyan la capacitación de los docentes en el manejo de las emociones: la rabia, el trauma, el rencor. “Nos enseñan las reglas de la trigonometría, pero no a manejar la rabia. ¿Cómo enseñarle al niño a que no se sienta castigado, sino restaurado?”, dice.

¿Educación obsoleta?

El coronel Sánchez es enfático en resaltar que los colegios militares no van a quedar en desuso cuando llegue la firma del acuerdo de paz. “Nosotros no somos una máquina de formar hombres para la guerra. La intención es formar ciudadanos, basados en el servicio social comunitario”, dijo. Esta posición la contradice el padre Leonel Narváez. “Yo creo que los colegios privados, religiosos y militares podrán convertirse en modelos obsoletos porque son lugares de exclusión. Estos colegios tienen el reto de adecuar pedagogías de inclusión”, resaltó.

Los directivos del Mariscal de Sucre, por su parte, comentan sin preocupación que “si el día de mañana cambia la orientación de los colegios militares, seguiremos siendo una institución educativa que fomentará valores y virtudes”.

Para ellos, decir que un colegio militar eduque para la guerra no es acertado. El colegio militar es un colegio, como lo son los técnicos y tecnológicos, que tiene su especialidad. La orientación militar consiste en sacar el requisito para ser reservista de primera clase y ayudar a los estudiantes a solucionar su situación militar. “Debemos seguir en nuestra visión educativa. Fuimos el primer colegio militar en los resultados del Icfes”, complementa el director académico Jaimes.

Las respuestas del Ministerio frente a las inquietudes sobre la cátedra de la paz también señalan que no se debe enseñar de la misma manera a los estudiantes de los diferentes grados.

Por ejemplo, responde el Ministerio, para los estudiantes de básica el énfasis debería estar puesto en el desarrollo de competencias ciudadanas en áreas como lenguaje y ciencias para el manejo de emociones, la empatía, el autocuidado, el reconocimiento por la diferencia. De sexto a noveno grado se deberían tocar temas relacionados con identidad, género, relaciones de poder, y abordar la memoria histórica desde la perspectiva de estereotipos. Con los estudiantes de décimo y once grado se puede trabajar en la memoria histórica como herramienta fundamental para la verdad, la reparación y también para la reconciliación. ¿Se están implementando estas recomendaciones en los currículos escolares militares, en los públicos y privados?

Los rectores de los colegios militares entrevistados para este reportaje, y el Ministerio de Educación también, llegaron a la conclusión de que la paz no es “algo” que se enseñe. El padre Narváez, no obstante, asegura lo contrario: que la educación del futuro no es para el conocimiento, sino para la convivencia. “La educación para el instruccionismo nos la va a dar Google. Hay clases buenísimas de matemáticas por Youtube, pero la convivencia es sólo del profesor, el que maneja el ambiente más pequeño pero más poderoso, que es el aula”, dijo.

Quedó claro que los colegios militares tienen un reto en la enseñanza de la cátedra para la paz. También que la cátedra tiene el desafío de colarse en la pedagogía. ¿Qué tan lejos van a ser capaces los colegios militares de convivir con un enemigo histórico? Ad portas de que se firme un acuerdo entre el Gobierno y la guerrilla de las Farc, Gerardo Acevedo, rector del Mariscal de Sucre, se pregunta: “La responsabilidad de estos jóvenes nos obliga a ser cautelosos. ¿Cuánto tiempo necesitaremos para saber que la paz sí es un hecho?”.

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