En la mayoría de las aulas es una imposición

S.O.S. por la lectura

Los alumnos leen para hacer tareas sin poder gozar casi nunca de esta actividad como un medio para entrar en mundos nuevos.

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Empieza un nuevo año escolar y vuelve el viacrucis con la lectura en los salones de clase, donde, con las mejores intenciones, se la presenta a niños y jóvenes como un gris instrumento que solo sirve para estudiar. Los afortunados que descubren en el hogar sus maravillosas cualidades solo son unos pocos, mientras la inmensa mayoría la conoce en las aulas como una imposición que no presenta mayor interés. Durante más de diez años los alumnos tienen que leer para preparar tareas y exámenes, sin poder gozarla casi nunca como un medio para entrar en mundos nuevos, participar en toda clase de historias, vivir experiencias interesantes, aventuras extraordinarias, experiencias estéticas conmovedoras y diversidad de emociones, y para disfrutar sin límites las potencias del intelecto y la imaginación. Así pues, durante gran parte de la vida la lectura es un problema que sería preferible evitar, y una regla básica de la psicología —ciencia que estudia la conducta— afirma que normalmente las personas no desean estar cerca de las cosas que les desagradan.

La única manera de contrarrestar semejante tragedia es “brindando espacios para la realización de actos de lectura en que los estudiantes disfruten al leer” (María Eugenia Dubois). Un clamor nacional que pida a los educadores abrir estos espacios apoyaría firmemente los esfuerzos que se hacen desde el sector oficial y el sector privado para que la gente lea más. La petición de abrir un espacio para que los estudiantes puedan leer sin estudiar, solo para disfrutar, elevada por autoridades educativas y culturales, medios de comunicación, orientadores de opinión, la intelectualidad y todos los que aman la lectura, sería escuchada por los profesores, pues no hay profesionales más abnegados, mejor intencionados y más deseosos de mejorar que ellos. Concretamente, lo que se les pide es que programen una actividad diaria de lectura no académica, de lectura pura sin actividades conexas, aunque sea de veinte minutos de duración, en que el profesor no vigile ni califique y lea juntamente con los estudiantes. Programar la actividad no presenta dificultad; de hecho, ya se está haciendo. Veinte minutos menos de estudio no afectan el programa curricular y son harto tiempo para leer, así se completan en el año escolar (ocho meses, 160 días) 3.200 minutos, más de 53 horas de lectura interesante, que son un logro nada despreciable para acostumbrar a los alumnos a la actividad lectora. Algunos colegios programan una hora semanal en la cual los alumnos pueden llevar los libros que quieran, pero como no son lectores se limitan a hojearlos sin realmente practicar la lectura. La formación para poder leer libros toma varios años y hay que empezarla desde el preescolar.

Finalmente, hay que recordar a los profesores que la lectura no necesita actividades que la refuercen. Las obras literarias, desde las narraciones más sencillas, han sido hechas para atraer y cautivar y ese ha sido su papel a lo largo de los siglos, y por eso la lectura sola, abordada en su desnuda naturalidad, es la única que puede causar al lector la satisfacción que lo lleve a buscarla permanentemente y a otorgarle un lugar principal entre sus actividades cotidianas. La lectura es un asunto de interés nacional, un factor de desarrollo del país y como dice la eminente investigadora argentina de la lectura Emilia Ferreiro: “No es posible seguir apostando a la democracia sin hacer los esfuerzos necesarios para aumentar el número de lectores, lectores plenos, no descifradores”.

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