Programa de Educación Social, Emocional y Ética (ASEE)

Un experimento educativo del dalái lama aterriza en Tuluá

Inspirados en esta filosofía espiritual, científicos de la Universidad de Emory crearon un programa escolar para “un mundo compasivo y ético para todos”. Su primer apuesta en Latinoamérica será un colegio en la ciudad vallecaucana.

Lina Moreno, rectora del Guillermo Ponce de León, en compañía de estudiantes del colegio. / Cortesía Fundación Levapan

Todos queremos ser felices. Estar satisfechos con nuestra realidad, llevar una vida plácida, sentirnos seguros y libres, aunque luzca igual a una utopía. Porque no sucede así, el ranquin de felicidad de las Naciones Unidas es cada vez más triste. Las caras alegres, en vez de aumentar como la población mundial, tienden a disminuir. La segunda búsqueda médica más popular en Google es depresión, seguida por la palabra ansiedad. Nunca como en este momento hemos estado así de tristes, de enojados y asustados, de acuerdo con el último Índice de Experiencias Positivas y Negativas de 2019, realizado por la compañía estadounidense Gallup.

No en vano la pregunta de si podemos enseñar la felicidad ha sido masticada durante años por la ciencia. No, no se puede. Sin embargo, lo que sí puede aprenderse es cómo enfrentar los problemas, y al respecto el budismo tiene conocimientos por aportar.

El dalái lama, líder espiritual del budismo, ha insistido en educar el corazón y la mente desde hace medio siglo. De tanto empeñarse en formar niños para “un mundo compasivo y ético para todos”, la Universidad de Emory, en Atlanta (Estados Unidos), lo escuchó. Hace 20 años, un equipo de expertos en psicología del desarrollo, educación, neurociencia y cuidado centrado en el trauma empezaron a desarrollar un programa educativo financiado por esta religión. El pasado 4 de abril, en Nueva Delhi (India), fue su lanzamiento.

Se trata del Programa de Educación Social, Emocional y Ética (ASEE). Un plan de estudio que abarca desde el grado de primaria, entre los cinco y siete años de edad, hasta el final del bachillerato, con el claro objetivo de cultivar valores humanos básicos, compasión e inteligencia ética. Esos conocimientos, precisamente, fueron los que llamaron la atención de Lina Moreno, rectora del colegio Guillermo Ponce de León, en Tulúa (Valle del Cauca).

A final del año pasado, esta institución aspiraba a fortalecer las habilidades blandas de sus alumnos. Para sus directivos, miembros de la Fundación Levapan, las clases de ética exigidas por el Ministerio de Educación se quedaban cortas. Tenían fe en que lo que hicieran dentro del aula daría frutos en la región, traería paz, formaría a sus nuevos habitantes. La urgencia está en las cifras de violencia del Valle del Cauca, que lo ubican como el departamento con mayor nivel de homicidios en 2017 o la segunda región del país con más casos de acoso sexual.

Así que, en septiembre del año pasado, a través de un correo, Moreno contactó a la Universidad de Emory: “Conocemos ASEE y quisiéramos implementarlo en nuestro colegio”. No hubo negativas. Desde entonces Tulúa se ha convertido en uno de los primeros destinos de Latinoamérica que implementarán este experimento, en el que se han instruido hasta ahora más de 500 educadores provenientes de distintos países.

Esa es la razón de que este fin de semana la agenda del alcalde de Tulúa, la del Secretario de Educación y, en menor medida, la de 18 rectores de instituciones educativas públicas de la ciudad están copadas. El representante del dalái lama en América Latina y del Programa ASEE, Tsewang Phuntso, aterrizó en esta ciudad para hablar de las ventajas de desarrollar competencias socioemocionales en niños. Una de ellas, por ejemplo, es el incremento entre el 16 y 28 % del PIB cada año gracias a estos modelos educativos, según investigaciones de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).

Pero ese no es el único beneficio. El Programa ASEE, compuesto por 40 experiencias de aprendizaje para cada módulo, expone a los menores a la discusión de una problemática y su comprensión, a darse un espacio para interiorizar la reflexión y, al final, volver a interrogarlos con nuevas situaciones.

Esa metodología se aplica para sus tres dimensiones. Primero, el ser. Un espacio enfocado para que los niños reconozcan sus emociones, sepan de qué se tratan, cómo reaccionan sus cuerpos biológicamente al enojarse o entristecer. La segunda está dirigida a la dimensión social, a la empatía. Mientras yo pueda entenderme, en esa misma medida entenderé al otro. El último, por su parte, está enfocado en la universalidad. El programa lo define como la dimensión sistémica, saber que lo que uno hace en un rincón del mundo repercute al otro lado del continente. Ese trío de conocimientos es lo que los creadores de ASEE han llamado “un salvavidas”. Una herramienta para navegar entre los problemas, en búsqueda de la felicidad.

Por ahora, solo el Guillermo Ponce de León lo acogerá, pero queda la posibilidad de que otros colegios den su visto bueno y los sigan. Mientras, queda echar mano de las pocas pruebas de que el experimento pueda funcionar. Un exitoso programa de relajación combinada con yoga dirigido por la Universidad de Stanford (EE. UU.) da luces de un posible éxito. Esta iniciativa, puesta en práctica hace cinco años en escuelas públicas de San Francisco, en niños bajo ambientes conflictivos, dio buenos resultado. Menos absentismo y mejores sueños fueron las conclusiones percibidas en los alumnos.

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2019-04-26T21:56:37-05:00

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-Redacción Educación

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Un experimento educativo del dalái lama aterriza en Tuluá

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