El sentido de la historia

Una advocación por las voces del pasado

Desoír estas voces, es condenar a las nuevas generaciones, como no menos condenados estamos nosotros mismos ahora, a presenciar lo que bien podría llamarse la escatología de la decencia.

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Las historias contadas, la literatura, la filosofía y las artes deben propender porque las voces del pasado acudan, como ha sido su designio, a servir de soporte para cultivar y mantener en el tiempo la identidad de los pueblos, para que estos pervivan de manera coherente, consistente y fecunda, y de esta manera preparar a los niños y jóvenes para vencer los infortunios y enfrentar los retos de la vida. Desoír estas voces es condenar a las nuevas generaciones, como no menos condenados estamos nosotros mismos ahora, a presenciar lo que bien podría llamarse la escatología de la decencia.

Tengo días de venir haciendo unas reflexiones acerca de la importancia de las historias contadas y la literatura en la identidad de los pueblos, pero en ese trayecto me he enfrentado a los titulares de los periódicos de la última semana y encuentro irrefragablemente que en la lista de los infortunios de nuestra generación debe apuntarse, no sin una gran vergüenza, el estar representados por el actual y mal llamado “honorable Congreso”; situación que nos exige trabajar con un mayor ahínco para librar a las generaciones venideras de semejante esperpento. Perdóneseme este improvisado escrache, pero me fue imposible obligar al silencio.

José Manuel Grau Navarro, en su ensayo acerca del libro El poder de las historias, de Martin Puchner, nos dice que el autor defiende la tesis según la cual “las historias y la literatura han creado el mundo que tenemos hoy; cómo los textos escritos son los códigos que definen la identidad de los pueblos y de cómo los seres humanos organizan sus vidas”.

Se pregunta Grau, en línea con este aserto: qué hubiera pasado si las tradiciones orales nunca se hubieran puesto por escrito y, por lo tanto, no hubiera libros. “Nuestro sentido de la historia, del auge y caída de imperios y naciones, sería totalmente distinto: la escritura ha inspirado el auge y la caída de los imperios y de las naciones. Muchas de las ideas filosóficas nunca habrían visto la luz, porque la literatura que las originó no se habría escrito”.

No hay equívoco entonces: son las voces del pasado las que nos han trazado el camino y, por lo tanto, constantemente, debemos volver a escucharlas, porque es imperativo propugnar por el restablecimiento de esa escala de valores eternos, aquellos que no consienten significaciones diferentes y amañadas. Sin embargo, como lo afirma el filósofo Javier Aranguren en su ensayo Hanna Arendt: revolución y liberación, “cada nacimiento supone la aparición de algo inédito, de alguien absoluto, de un quien que antes no estaba. Ese es el milagro de la condición humana”. En esa línea, según esta pensadora, “podemos comenzar algo, porque somos comienzos y, por ende, principiantes”. Entonces, concluye Aranguren, el peso de la tradición se relativiza: lo entregado es importante, pero siempre mejorable”.

La vida necesita tener un sentido, como proclamaba Camus. Este puede tener un valor altísimo y digno o, por el contrario, puede aterrizar en utopías falsas, llevadas de la mano por aquellos que, bajo el manto de un discurso ambiguo, corroen las mentes de las nuevas generaciones, haciéndoles creer que la mal practicada astucia configura nuestra idiosincrasia y que esta está por encima de la dignidad y la decencia.

A pesar de todo y aunque a veces el panorama se vislumbra gris, aún estamos a tiempo de iniciar la restauración de esos valores eternos que subyacen en la identidad de los pueblos con los que se proclama el sentido de lo humano y en donde brilla, con manifiesta claridad, entre otras, la diferencia entre lo ominoso y lo verdaderamente honorable. Para esto, sin lugar a duda, debemos volver a las voces del pasado y debemos ser nosotros los primeros —me refiero a nuestra generación—, pues no se puede dar ejemplo de lo que no se es. Volvamos a las historias contadas, a la literatura, a la filosofía, a las artes; no dejemos de lado todo aquello en lo que la humanidad ha puesto su empeño, tanto, que no nos alcanzará la vida para conocerlos todos.

El poeta y ensayista Enrique García Máiquez, en su trabajo acerca del libro de Alan Jacobs The Year of Our Lord 1943, destaca que pensadores como Weil, Maritain, Lewis, Auden, Eliot y muchos otros en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, cuando ya todo estaba destruido y no se entreveía el sol, habían planteado la utilidad e importancia primera del pensamiento y la creación literaria, más aun cuando el mundo lo que parecía necesitar eran armas y desarrollo industrial.