Una lección de la pandemia en torno a la educación

Noticias destacadas de Educación

“La pandemia es una puerta que, aunque dolorosa, se abre a la oportunidad, a las alternativas, al cambio; una invitación a vencer la inercia, a reconocer aciertos y fallas, a establecer criterios más flexibles, solidarios e idóneos para la vida, para el trabajo, para la formación, para la convivencia”.

Hace unas semanas, Boaventura de Sousa Santos concedió una entrevista a la revista Ethic, en la que se refirió a la radical desestabilización que el coronavirus ha traído consigo. Vivimos, en sus palabras, “una ruptura como acumulación de pandemias”, pues, a diferencia de lo que muchos creerían, la que estamos enfrentando no es una situación de anormalidad que viene a quebrar un estado de calma, sino una enfermedad nueva que se suma a un cúmulo de contrariedades, afecciones y desigualdades sociales, y que las hace explotar, como si se tratara de un catalizador.

Este estallido, sin embargo, no viene a ser un llamado a la pesadumbre o una razón adicional para abandonarnos a la derrota. El virus tiene un significado mayor que el del sufrimiento y las perturbaciones que saltan a nuestros ojos. Nos intenta decir algo, como señala De Sousa Santos. Quiere, como un “cruel pedagogo”, enseñarnos, además de nuestra propia arrogancia, la debilidad de nuestras más “sólidas” estructuras, la agresividad de los procesos productivos y los hábitos de consumo, el desequilibrio natural, la flaqueza de los sistemas económicos, las injusticias sistemáticas de nuestras sociedades, y, en suma, las consecuencias de habitar en un mundo carente de solidaridad y de justicia.

¿La pandemia es una ventana al autoflagelo? Comprenderla de este modo no nos conduciría a ninguna parte. Es una puerta que, aunque dolorosa, se abre a la oportunidad, a las alternativas, al cambio; una invitación a vencer la inercia, a reconocer aciertos y fallas, a establecer criterios más flexibles, solidarios e idóneos para la vida, para el trabajo, para la formación, para la convivencia.

“Allí donde está el peligro, crece también lo que salva”, dijo Hölderlin. Con atrevimiento, adaptaría su verso para afirmar que “allí donde está el peligro, debemos hacer crecer lo que salva”. Esta urgencia con que la pandemia nos pide transformar el mundo tal y como lo conocemos, esta necesidad de dejar atrás lo que ya está caduco y de movilizarnos a lo nuevo, no debería confiarse a las ideas y contribuciones de unos pocos. En este proceso de cambio debe imperar el “nosotros” de la responsabilidad compartida, no el “ellos” de quienes, pasivos, esperan que sean otros quienes construyan. Slavoj Žižek ya hacía hincapié al respecto en un reciente artículo en el cual dejaba en claro que no solo estamos lidiando con amenazas virales, sino con otra suerte de dificultades, y que “en todos estos casos, la respuesta no es pánico, sino un trabajo duro y urgente para establecer algún tipo de eficiente coordinación global”.

Para que este giro en nuestras prácticas y valores, y en nuestra forma de habitar el mundo pueda materializarse con éxito, hace falta trabajar en la educación y por la educación, a la que, en el transcurso de esta pandemia, se le ha restado mucha importancia —como si se tratara de un factor menor; como si solo la salud y la economía fueran los elementos esenciales de lo que nos hace humanos; como si no se tratara de un derecho—, y cuyas carencias han estado cubiertas por la “hoja de parra” de un aparente progreso y de una supuesta estabilidad.

Aunque presenciamos un tránsito rápido de la educación presencial a la formación asistida por mediaciones tecnológicas para dar respuesta a la contingencia y se ha puesto el foco sobre la necesidad de afianzar modelos formativos más innovadores, la discusión que es necesario entablar alrededor de las deficiencias educativas debe trascender las preocupaciones circunstanciales e instrumentales y derivar en una reflexión más honda en torno al sentido de educar. ¿Para qué? ¿Estamos educando para la vida, para la convivencia, para crear, como lo busca la Agenda 2030, un “futuro sostenible” para todos? Lo que la pandemia nos ha mostrado es que, si bien hay muchos que han hecho de la solidaridad una bandera de batalla para contrarrestar la crisis, también hay quienes aún no parecen comprender que las acciones y determinaciones personales tienen influjo sobre la vida de otros. ¿La formación nos está enseñando a pensar en el otro, a ser un soporte social, a procurar el bienestar ajeno? ¿La educación garantizará que no volvamos a ser los mismos, sino mejores seres humanos pasada esta situación?

Horacio Gómez menciona en su columna “Universidades y la pandemia” que existen en el país instituciones de educación superior que, al tiempo que reconocen los nuevos retos y exigencias del contexto global, están replanteando su forma de concebir e impartir la formación. La Universidad Central es un ejemplo de ello. Desde 2019, viene desarrollando un Plan de Transformación Institucional, que, a partir del despliegue de diferentes proyectos no solo busca dar respuesta al momento coyuntural que atraviesa la educación superior en el mundo, sino que le está apostando a ofrecer una educación centrada en el estudiante, en su crecimiento integral, en el apoyo y acompañamiento de sus preocupaciones y necesidades. Para ello se está trabajando en la implementación de una nueva política académica, en el mejoramiento de la experiencia universitaria, en la estructuración de una nueva Escuela de Estudios Transversales, entre otras acciones estratégicas de cambio.

Más allá de los modelos pedagógicos apropiados para alcanzar a los estudiantes desde la distancia, del empleo de nuevas tecnologías para el trabajo sincrónico y asincrónico, nos enfrentamos al desafío de dar un nuevo norte a la educación. Descubrir esa nueva razón de ser de la enseñanza y del aprendizaje sería la mejor lección que la pandemia podría dejarnos.

Nos hemos enfocado en educar para hacer de los estudiantes profesionales idóneos en su campo, para compartir conocimiento y construirlo con ellos, para ofrecerles las herramientas para que puedan acceder el mercado laboral. No podemos decir que los esfuerzos que instituciones y autoridades han hecho hayan sido insuficientes. El problema radica en que se ha olvidado que hace falta educar para aprender a ser, aprender a aprender y aprender a convivir.

En el primer caso, aprender a ser, se debe garantizar el desarrollo integral de la persona. La educación es un sueño que busca el despertar del otro, su crecimiento en diferentes dimensiones y posibilidades. En este proceso es indispensable fomentar el pensamiento crítico, pues sin espíritu crítico y problematizador podrá haber enseñanza, pero no aprendizaje. Para aprender a aprender es fundamental la formación para la autonomía, a fin de que los estudiantes se sientan motivados a construir su conocimiento a partir de sus aprendizajes y experiencias, no solo en el contexto del aula, sino en cualquier espacio posible. Pero también es indispensable aprender a desaprender, porque estamos habituados a hacer lo mismo siempre de la misma manera, a darle vuelta a las mismas ideas, a ser inflexibles frente a lo nuevo, y no podrá haber un verdadero reajuste en el aprendizaje si nos seguimos aferrando a lo seguro, a lo revisitado, a lo previsible. Finalmente, nos hace falta remangarnos si queremos aprender a convivir, porque cuesta trabajo fomentar el entendimiento mutuo, la donación gratuita, en una sociedad que, cada día, se va olvidando de lo que significa ser humano y solidario.

No hemos querido interiorizar esta verdad: la existencia no es un asunto unipersonal. Es un entramado de complejidades que involucran al otro, a la sociedad, a la naturaleza y al planeta. ¿Qué nos ha llevado hasta el punto de soslayar los valores esenciales y los fundamentos éticos que son base de lo humano? La mirada y los alcances de la educación deben centrarse en este interrogante, pero más que para arrojar teorías sobre los motivos por los cuáles estamos en este punto, para encontrar rutas de escape que nos permitan movernos ya no en una pedagogía de la crueldad, como aquella con la cual nos está instruyendo la pandemia, sino en una “pedagogía de la esperanza”, de la verdadera transformación social. Este no es un planteamiento nuevo. Hace 2000 años fue la consigna del hijo de un carpintero de Belén, quien demostró una tierna compasión por pobres y ricos, obró con misericordia, paciencia y justicia, y nos legó enseñanzas que, aunque opacadas con las idas y venidas del mundo, con sus ritmos y ruidos, siguen siendo vigentes: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No es casualidad que quien nos dejara tan bella lección sea conocido por todos con el apelativo de maestro.

Edna Rocío Rivera Directora del Departamento de Comunicación y Publicaciones- Universidad Central

Comparte en redes: