“Vivir con intensidad es mi secreto”: Emma Araújo de Vallejo

La pionera de la museología en Colombia, impulsó una transformación sin igual en la comprensión estética de los espacios y los objetos. Novena entrega de la serie “Grandes maestros” de la Universidad Nacional.

Emma Araújo de Vallejo, antes de conocer el mundo del arte, estudió enfermería y ejerció en el Hospital de la Hortúa. / Andrés Torres - El Espectador

 

Es 1964 y Emma Araújo de Vallejo camina radiante entre los edificios de la Universidad Nacional. Sus pies se mueven lentamente para disfrutar el olor del pasto recién podado, la sombra que ofrecen las abultadas copas frondosas de los árboles y una leve brisa que sopla entre los edificios.
 
Faltan cinco minutos para las nueve de la mañana, y mientras ella sabe que, a su lugar de trabajo, en la gran torre de la rectoría -hoy el antiguo edificio de enfermería- será una de las primeras en llegar, puede ver pasar corriendo a un grupo de estudiantes, de cabello corto y vestidos de manera formal, porque en aquella época como hoy, algunos profesores de ingeniería y ciencias exactas cerraban la puerta al iniciar la clase.
 
Es la Universidad Nacional de los años sesenta, en una época en que los estudiantes de saco y corbata veían desfilar por el campus a las primeras mujeres con pantalón, cabello corto y cigarrillo en boca. Y al mismo tiempo en que las pastillas anticonceptivas, el rock, el marxismo, los movimientos políticos entre otros hechos -como los describe el historiador Álvaro Tirado Mejía- hacían del campus un hervidero.  
 
Emma es la encargada de buscar mejorar las relaciones exteriores de la Universidad -un campus que busca formar ciudadanos del mundo bajo la visión del rector de rectores, José Félix Patiño Restrepo- comparte oficina con Marta Traba, la filósofa y crítica de arte que traía enamorados a estudiantes, directivos, líderes políticos. Con la intelectual argentina hizo una relación de cómplices hasta su accidental muerte. 
 
En Nueva York, del brazo del republicano exiliado, Luis de Zulueta, Emma Araújo tocaría el arte, y de los labios de Traba conocería la obra de uno de los intelectuales que marcaría su formación, el sociólogo del arte, Pierre Francastel.
 
Una pequeña maleta, algunos libros y una carta de recomendación para el profesor Francastel de puño y letra de Traba fue lo que únicamente llevó Emma a París para formarse con rigurosidad en la historia del arte. 

 
A pesar de que estuvo algunos años en Europa, nunca perdió su vinculación con la Universidad Nacional.  Por cartas y la prensa siempre estaba informada de lo que sucedía en el campus universitario. 
 
A su regreso, luego de transformar radicalmente el Museo Nacional en la década del 70 y de vivir muchas experiencias intensas, en la Facultad de Artes y posteriormente en la maestría en Museología, encontraría de nuevo un lugar fecundo para compartir sus conocimientos. 
 
Son muchas las historias que tiene por contar la pionera de la museología en Colombia, vivencias intensas en su memoria que continúa tan fresca que pone a prueba –sin malicia- a los investigadores sobre fechas de los presidentes, gobernantes y líderes políticos, porque conoció a los más significativos, del siglo XX.
 
Recientemente en una de sus conferencias, uno de los estudiantes le preguntó cuál había sido la experiencia que más la había marcado para cultivar las artes. Esas preguntas reduccionistas, que obligan a responder de forma reduccionista. Ella se quedó en silencio por un momento. Imagino que pensó en los frecuentes debates sobre la obra de Víctor Hugo y Pablo Picasso. Que su padre, Alfonso Araújo,  Jorge Eliécer Gaitán, Darío Echandía, Carlos Lozano y Lozano y  Juan Lozano y Lozano tenían en el comedor de su casa. O tal vez las conversaciones con sus hermanas, entre ellas Helena, filósofa de la Universidad Nacional, en un mundo que cambiaba rápidamente, sobre todo para las mujeres. Pero también, en las largas conversaciones con Isabel Restrepo, ‘Chava’ la prima de su padre y mamá del sacerdote Camilo Torres, en la sala de su casa en el barrio Teusaquillo. También habrá pensado en todas generaciones de los estudiantes de la Maestría de Museología de la Universidad Nacional, con quienes ha compartido en su apartamento desde hace años. Tardes de debates estéticos, risas y genialidad. “Siga, los estudiantes de la Nacional siempre son bienvenidos a mi casa”, es la frase que más he oído en su casa. 
 
En la actualidad Emma Araújo de Vallejo, continúa siendo una intelectual de avanzada, como pocas personas, ciudadana del mundo y con un razonamiento brillante. Siempre que alguien llega a su casa está preparando una conferencia, hablando con un grupo de jóvenes, de maestros o concediendo una entrevista. En una oportunidad le pregunté cómo hacía para tener tanta retentiva, tanta memoria, pero sobre todo estar atenta a la actualidad. Luego de decir que era una pura impresión de mi parte, me respondió, “tal vez, sea producto de que siempre vivo con intensidad, ese es mi secreto”.
 
Uno de los proyectos a los que más le ha dedicado tiempo últimamente es la traducción de los cursos que tomó con Pierre Francastell, Emma es la última discípula viva. 
 
 

 

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steven navarrete Cardona

Educación

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