Treinta años de la caída del Muro de Berlín

Así viví el 9 de noviembre de 1989 (y los trastornos que siguieron)

De la euforia provocada por la caída del Muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989, a las dificultades económicas que le siguieron, tres alemanes del este cuentan cómo lo vivieron y en qué sentido cambiaron sus vidas, tres décadas después.

En esta foto de archivo tomada el 29 de abril de 1984 en Berlín Occidental, se ven varios graffitis en el Muro de Berlín. AFP

De la euforia provocada por la caída del Muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989, a las dificultades económicas que le siguieron, tres alemanes del este cuentan cómo lo vivieron y en qué sentido cambiaron sus vidas, tres décadas después.

Thomas Wendt, 67 años: "¡El momento más importante de mi vida!"

Thomas Wendt creció a unos centenares de metros del Muro de Berlín, levantado cuando él tenía 9 años. Durante los paseos en familia, veía a su padre "enfadarse" cada vez que tropezaban con "esa construcción infranqueable".

La noche del 9 de noviembre de 1989 fue directo al puesto fronterizo más cercano. "¡Era una locura!", recuerda. Pasó al Oeste "tan solo unos minutos después de que los guardias fronterizos levantaran la barrera".

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Del otro lado del muro, "caí en brazos de todos los que querían abrazarme. ¡Perfectos desconocidos!", cuenta emocionado. "¡Fue el momento más importante de mi vida!", explica este experiodista de un semanario de Alemania del Este, "no muy bien visto" por las autoridades.

El Oeste, en aquel momento, "es un mundo agradable y fácil donde todo brilla". Pero las complicaciones no tardaron en llegar. Acabó en el paro porque los periódicos de Alemania del Este fueron cerrando uno tras otro y al final terminó trabajando para una política socialdemócrata.

En la actualidad, ya jubilado, hace un balance agridulce de lo ocurrido. "Tres cuartas partes de los alemanes del Este perdieron su empleo o tuvieron que cambiar" de profesión tras la caída del Muro, algo que los alemanes del Oeste "subestimaban" cuando "nos decían 'dejad de quejaros, no estáis tan mal'".

Stefan Newie, 37 años: "La libertad"

Stefan solo tenía 7 años cuando el muro fue derribado, un acontecimiento que casi pasó inadvertido en su casa. "Mis padres no vieron la televisión esa noche y se perdieron la caída del Muro", dice, sonriendo, este editor de televisión.

Se enteró de lo sucedido al día siguiente, en la escuela. "La clase estaba medio vacía y la maestra preguntó: '¿Dónde están los alumnos?'. Uno de mis compañeros respondió: '¡Se fueron todos al Oeste!'".

Ese mismo día visitó, con sus padres, por primera vez, Berlín occidental. ¿Lo que más recuerda?: "los colores" de la ciudad. Y también lo que sintió al entrar en un supermercado repleto de cosas.

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"Dentro olía bien, a café recién molido. En las tiendas estatales de la RDA no estábamos acostumbrados a ese tipo de olor", comenta.

Después de ello, la familia fue a visitar a los bisabuelos, en una residencia del Oeste. Pero "cuando mi padre llamó a la puerta, no lo reconocieron, para ellos era inconcebible que él pudiera estar en su propia puerta".

Treinta años después, Stefan saca conclusiones positivas de la caída del Muro. "La libertad es el bien más preciado. Puedo decir lo que quiera, viajar por todo el mundo y estoy feliz de no haber pasado toda mi juventud en una dictadura", aseguró.

Helga Dreher, 74 años: "¡No quiero volver atrás!"

Helga tenía unos 45 años cuando el Muro de Berlín cayó. Esa pared de hormigón afectó notablemente a su vida privada durante años. En los 1970, esta profesora tuvo una hija con un francés y el Telón de Acero hizo que los contactos entre ellos fueran esporádicos y muy complicados.

La noche del 9 de noviembre, Helga siguió en directo por televisión el anuncio de la apertura de las fronteras. "No me lo creía, apagué el televisor", recuerda.

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No fue realmente consciente de ello hasta el día siguiente, cuando el padre de su hija la llamó y le dijo: "¡Podéis venir a París! ¡El muro ha caído!".

Con todo, Helga siguió sintiendo recelos respecto al régimen. "Nos preguntábamos si la RDA no cerraría las fronteras después de que hubiéramos cruzado al Oeste", explica.

Su primer contacto con occidente, el 10 de noviembre, no constituye un buen recuerdo. Pensando que actuaban bien y puesto que era muy difícil encontrar frutas exóticas en la RDA, los berlineses del Oeste "nos lanzaban plátanos" como a los monos del zoo. "Fue horrible. Me volví con mi hija a Berlín Este al cabo de media hora", relata.

Pero, después de eso, las cosas mejoraron. Helga pasó el fin de año en París, feliz de ver a su hija junto a su padre.

Además, pudo conservar su empleo tras la reunificación alemana.

No todos tuvieron esa suerte, sobre todo las mujeres, acostumbradas a trabajar y gozar de un sistema de cuidado de niños de la Alemania del Este. "En mi círculo de amigas, muchas perdieron el trabajo y muy pocas lograron salir adelante después", señala.

Aún así, pese a los problemas, "a nivel personal, los cambios son positivos". "¡No quiero volver atrás!", asegura.

 

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