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hace 2 horas

Así viví el terremoto: colombiana en México

Laura Lucía Rodríguez llevaba dos meses viviendo en la capital mexicana cuando fue sorprendida por el terremoto. Así vivió ese día, lleno de angustia.

Al fondo, los destrozos que dejó el terremoto en uno de los barrios de Ciudad de México. Laura Lucía Rodríguez

Ciudad de México, 19 de septiembre del 2017, 11:00 am suena la alarma anunciando el simulacro en conmemoración al temblor de 1985, toda la gente sale con calma a los puntos de encuentro establecidos por protección civil, nos reímos y compartimos un rato de esparcimiento después de las primeras horas de oficina.

Después de ciertos minutos volvemos a nuestros puestos de trabajo. 1:30 pm aproximadamente, tiembla, movimientos bruscos y fuertes nos sacuden como si fuéramos hechos de papel.

Yo, una colombiana con apenas dos meses en México, traté de mantener la calma, estaba en una habitación rodeada de espejos y vidrio, con mi jefe y una compañera de trabajo, con una mano sostenía la puerta de vidrio para que no se azotara y con la otra sostenía un cartón para cubrirnos por si los vidrios nos caían encima. No terminaba, eran segundos eternos incluso creo que dos o tres minutos pasaron antes de que terminara de temblar. La potencia del terremoto era increíble, se sentía como si estuviésemos en una atracción de terror de la que todos queríamos bajarnos, dejó de temblar, tomamos nuestros objetos de valor que teníamos más cerca de nosotros y salimos a la calle.

Nos reunimos con todos los miembros de la oficina, enseguida de nuestras instalaciones había una guardería y algunos tuvimos que tomar a niños en brazos mientras llegaban las personas por ellos, en cuanto pudimos nos trasladamos al parque más cercano en donde no había árboles ni edificios cerca que pudiesen caer encima de nosotros. Mientras caminábamos esquivamos algunos escombros y escuchábamos bocinas en los postes que repetían constantemente: Mantengan la calma, mantengan la precaución en caso de réplicas

Asustada. Eran aproximadamente las 2:30 pm, estaba rodeada de personas, pero sin poder comunicarme con mi familia. Tratamos de comer y luego tres compañeras y yo decidimos estar juntas y caminar hacia un lugar seguro en donde pudiésemos cargar nuestros teléfonos, descansar y alejarnos del caos que se vivía en la avenida Álvaro Obregón en la colonia Roma Norte, delegación Cuauhtémoc. Caminamos y la avenida se convertía en hospital a nuestro paso, los pacientes con suero y en camillas estaban en mitad de la calle pues fueron evacuados tras los daños que causó el terremoto en el hospital Obregón. Seguimos nuestro camino sin tener un plan o rumbo fijo, sólo queríamos encontrar algún sitio con más calma y saber cómo estaban nuestros conocidos, en mi caso avisar a miles de kilómetros de distancia que yo estaba bien, no llegábamos a ninguna parte porque había edificios derrumbados, vidrios rotos, teníamos sed y calor.

Veíamos cientos de personas que andaban por las calles, salían con sus mascotas, sus cosas y todos caminaban en busca de lo mismo, calma y seguridad. Por fuera me sentía calmada, pero por dentro me sentía en pánico, me sentía desprotegida y sin saber a dónde ir, sólo podía caminar y seguir a las amigas, que conocí este año, pero que conocían la ciudad y sabían que sitios y rutas eran seguras.

Decidimos descansar en la fuente de la plaza Popocatépetl, sentarnos y pensar en que sería lo más sensato de hacer, mientras estuvimos ahí pasaban personas gritando nombres, luego voluntarios llevando agua creando grupos de apoyo. Las cuatro teníamos ganas de ayudar, pero al mismo tiempo sentíamos que teníamos que ayudarnos a nosotras primero, nos invadía la preocupación de no saber que sitio de la ciudad estaba en peligro de derrumbes, en donde había fugas de gas y lo que más nos asustaba era que se presentara una réplica y hubiese edificios, cables y arboles a nuestro alrededor. 

Helicópteros pasaban constantemente por el cielo, la gente gritaba diciendo que necesitaban ayuda en zonas de la ciudad. No sabíamos nada más que lo poco que se escuchaban en los radios de algunas personas o automóviles que pasaban. Decidimos ir a la casa de una amiga, nuestros pies nos dolían y el agua se nos acababa, la gente se movía en todas las direcciones y no entendíamos que era lo más adecuado, no había electricidad, por lo tanto, los semáforos no servían y el tránsito era cada vez peor, ambulancias pasaban a máxima velocidad y en los rostros de las personas se percibía la angustia y el dolor de revivir lo que ocurrió en 1985.

Cada vez que nos acercábamos a la casa de mi amiga nos alejábamos de mi casa, no sabía cuánto tardaría en llegar a pie y mucho menos hacia qué dirección debía dirigirme, entonces decidí permanecer con mi grupo, sólo para llegar a la casa de mi amiga y decidir salir nuevamente pues no era seguro si el edificio tenía una fuga de gas o si fuese estable. Esa compañera decidió separarse e irse con su roomie a un lugar donde las podían recibirá a las dos, ahora sólo quedábamos tres y ya eran las 6:00 pm, no habíamos notado la cantidad de tiempo que llevábamos caminando y lo siguiente que se nos ocurrió fue ir a Reforma a la casa de una de las de grupo.

Pasamos por un edificio moderno en donde una estructura de acero cayó encima de un automóvil destruyéndolo y dejándolo convertido en papilla. Después cruzamos la famosa avenida Reforma, que parecía otro país que no hubiese vivido nunca un temblor, el ángel de la independencia se divisaba tan hermoso como siempre y los altos edificios imponentes e intactos permanecían iluminados. Allí logramos tener señal de celular y por fin me funcionó el internet, me di cuenta que tenía muchos mensajes de Colombia y traté de avisar que estaba bien. La odisea no terminaba llegamos a la casa de mi amiga, eran las 7:30 pm y en su cuadra no había electricidad, faltaba media hora para que oscureciera y teníamos miedo de estar allí sin posibilidad de comunicarnos. Para suerte de mi amiga, su novio la recogió.

El grupo que antes era de cuatro ahora estaba reducido a dos personas, mi compañera y yo no éramos de Ciudad de México y sin ánimos de caminar más y con la angustia de querer comunicarnos decidimos buscar el hotel más cercano, para ese momento ya estábamos en Anzures, terminamos en un hotel que nos aseguró tener gatos hidráulicos y en donde lo primero que preguntamos fueron las medidas de precaución. Al llegar a la habitación no dormimos, cada una llamó a sus familiares y comenzó a llorar después de toda una tarde de reprimir el pánico que nos invadía. Pusimos las noticias y nos dimos cuenta de lo afortunadas que fuimos en comparación a gran parte de la población.