Cuando Trump está bajo presión pone la mira en el extranjero

Atacar: la estrategia de presidentes acorralados

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Bill Clinton lanzó un ataque aéreo en Irak en 1998. La ofensiva se produjo justo cuando la investigación que lo llevaría a un juicio político llegaba a su clímax. ¿Siguen los presidentes un libro de jugadas para salvarse de un castigo en el Congreso y ser más populares?

Bajo las órdenes del presidente Donald Trump, el ejército de Estados Unidos llevó a cabo el pasado jueves un ataque aéreo en el aeropuerto internacional de Bagdad (Irak), en el cual murió Qassem Soleimaní, comandante de la fuerza élite Qudz de la Guardia Revolucionaria de Irán y considerado el segundo hombre más fuerte de este país. Horas antes, el mandatario había jugado 18 hoyos en la tranquilidad de su club de golf en West Palm Beach. La operación no solo empeoró la crisis entre Washington y Teherán, sino que, para algunos, pudo ser el detonante de una nueva guerra mundial.

“Hablar de una tercera guerra mundial es un poco apresurado. Pero sin duda podemos hablar de un conflicto a gran escala en la región de Oriente Medio, porque los actores que están implicados directa o indirectamente tienen a su vez grandes potencias aliadas. Esta es una región muy convulsionada, que tiene como protagonistas sus grandes recursos naturales, como petróleo y gas. En ese sentido, es muy apetecible para las potencias el control de esa región, por la misma razón que la hace muy vulnerable. Lo hemos visto con Siria e Irak”, explica el analista internacional Sebastián Hagobian, quien además integra la Comisión de Relaciones Internacionales del Frente Amplio en Uruguay. Ahora, según expertos, si hay una guerra dependerá de la forma en que los tomadores de decisiones claves en las dos capitales manejen esta dinámica.

Sin embargo, las intenciones de Trump, según dijo el mandatario desde su resort en Mar-a-Lago el viernes, están lejos de comenzar una guerra en el extranjero, por lo que los analistas ya escarban en las razones que pudo tener el republicano para aprobar esta ofensiva en Irak. Vea también: Trump: "Ataque buscaba parar, no comenzar una guerra con Irán"

“Es un mal muy viejo de los presidentes de Estados Unidos: cuando se sienten acorralados, generalmente por la opinión pública, siempre buscan dispersar la atención. Y los conflictos bélicos para demostrar un poco de personalidad y liderazgo a nivel mundial resultan ser una salvaguarda que tienen”, destaca Hagobian.

La operación contra Suleimaní se produce en un contexto político tenso dentro de Estados Unidos. El viernes, el Congreso retomó sus labores, entre las que aprobar las normas bipartidistas para celebrar el juicio político contra el presidente Trump es la principal tarea sobre la mesa para este mes. Sin embargo, los líderes de los dos partidos en el Senado, Mitch McConell (republicano) y Chuck Schumer (demócrata), no han avanzado en el diseño de las reglas para el juicio, y con el ataque en Bagdad la atención giró de nuevo a otro lado.

Hay que recordar que esta no es la primera vez que Trump aprueba un ataque en suelo extranjero cuando está acorralado por una investigación en su contra. El 7 de abril de 2017, el mandatario aprobó un ataque con misiles a la localidad de Shayrat en Siria, justo cuando estaba asediado por las acusaciones de supuestas conexiones de su campaña con los servicios de inteligencia de Rusia para infiltrar las elecciones presidenciales de 2016 a su favor. El 14 de abril de 2018, Trump volvió a coordinar un bombardeo en Siria, esta vez en Damasco y Homs, justo cuando el escándalo de Stormy Daniels estaba viendo la luz.

Pero Trump no ha sido el único presidente en usar esta táctica. En 1998, asediado por un proceso de impeachment en el marco del caso de Monica Lewinski, el presidente demócrata Bill Clinton ordenó la operación Zorro del Desierto, una campaña de bombardeos en Irak, porque el país había sido, según las órdenes, incapaz de cumplir las resoluciones dictadas por Naciones Unidas.

“Muchas veces, cuando los presidentes se sienten acorralados, el manual de Estados Unidos indica que se hace una guerra para distraer y potenciar la imagen de líder fuerte”, agrega Hagobian. Aun así, Clinton no pudo deshacerse en su momento del juicio político que enfrentaba. Pero Trump en este caso también enfrenta un año electoral, y este tipo de acciones podrían funcionarle para desviar la atención del juicio político y fortalecer su imagen para ganar popularidad en las urnas. ¿Esa estrategia consigue resultados? La historia, por lo menos en el gobierno de Trump, indica que sí. Tras el ataque a Siria, el presidente tuvo un repunte de popularidad.

Esto podría explicarse con lo que algunos expertos describen como la fantasía “neoconservadora” de Estados Unidos. Como escribe Alex Ward, reportero de seguridad nacional de Vox, “todavía persiste la ideología de que con la fuerza estadounidense se abra lugar a más democracia en Oriente Medio… Pero la creencia en esta idea es persistentemente mala y exclusivamente estadounidense. Parece un pensamiento congelado en la Guerra Fría: que todo lo que se necesitará es derrocar a un dictador para permitir que florezca la democracia. Sin embargo, una y otra vez, desde Libia hasta Egipto y otros lugares, eso no ha resultado ser cierto”.

Y esa tendencia continúa. Tras la operación contra Soleimaní, el secretario de Estado de EE. UU., Mike Pompeo, declaró que tenía las expectativas de que las personas en Irak, y también en Irán, “vieran las acciones estadounidenses como una libertad para el éxito y oportunidad en sus naciones”. Este discurso, a pesar de lo equivocado que está, según expertos en política internacional, ha tenido un efecto entre el electorado republicano. Contra todos los pronósticos y durante todo su gobierno, el magnate republicano ha conseguido lo que ha querido y todo gracias a que se ha vuelto un artista de la distracción. Trump parece haberse salido de nuevo con la suya.

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