Bastardos de la Guerra Fría

Noticias destacadas de El Mundo

Muamar Gadafi es el último de una generación de líderes que se convirtieron en una peligrosa rueda suelta.

Kermit Roosevelt, el jefe de división de la CIA para Oriente Medio, llegó a Teherán el 19 de julio de 1953 con la orden de derrocar al primer ministro iraní, Mohammed Mossadegh, quien dos años atrás había nacionalizado la industria petrolera de su país. Con unos cuantos millones de dólares a su disposición y una plétora de contactos sobornables, el nieto de Teodoro Roosevelt ejecutó la “Operación Ajax”: la primera maniobra de Estados Unidos en la región para remover a un gobernante democráticamente electo. El 21 de agosto del mismo año el Wall Street Journal publicó en su editorial: “el hecho de que fuera posible deponer al dictador Mossadegh es una lección importante para nuestros tiempos”.

El 21 de agosto del 2011, 58 años más tarde, el ejército insurgente hizo su entrada en Trípoli y, tan pronto ocupó las estaciones gubernamentales de telecomunicaciones, envió el siguiente mensaje de texto a todos los teléfonos móviles del país: “Larga vida a una Libia libre”. A los dos días, el editorial del Wall Street Journal afirmó: “esta es una victoria para la libertad y para los intereses de los Estados Unidos. [...] pronto Gadafi asumirá un lugar junto a Sadam en la lista de déspotas árabes que no aterrorizarán más a sus pueblos”.

Los dos eventos representan el comienzo y el fin de una era protagonizada por una generación de líderes que acabaron por convertirse en los hijos bastardos de la Guerra Fría y en los hijos adoptivos de la guerra contra el terrorismo.

La caída de Mossadegh en Irán le otorgó 26 años más de convalecencia al régimen del Sah, hasta que en 1979 la revolución islámica, encabezada por Ruhollah Jomeini, el Ayatolá, refundó el país. Irán pasó de ser un fiel aliado de Gran Bretaña y Estados Unidos a convertirse en una rueda suelta sobre el tablero de la geopolítica. El Ayatolá intentó aplicar una estricta neutralidad hacia las dos superpotencias, pero, poco menos de un año después de que asumió el poder, la crisis de los rehenes en la embajada de Estados Unidos en Teherán terminó por consolidar la dinámica de enemistad que ha definido la relación entre ambos países durante los últimos 30 años.

El anticomunismo del Ayatolá le impidió lanzarse a los brazos de la Unión Soviética y durante la guerra entre Irán e Irak (1980-1988), Irán se vio en la precaria situación de luchar contra un Sadam Hussein que recibía simultáneamente el apoyo de Estados Unidos y de la Unión Soviética. No fue sino hasta la caída del comunismo que Alí Jomeini, el sucesor de Rubollah Jomeini, inició sus acercamientos a Rusia, que se consolidaron con un plan de apoyo al programa nuclear de Irán a mediados de los noventa, la compra de armamento ruso por parte de la nación islámica y un boyante incremento en las relaciones económicas entre ambos países, que pasó de 1.000 millones de dólares en el 2005 a casi 4.000 en el 2010.

La revolución islámica y la dictadura de Sadam Hussein en Irak comenzaron casi al mismo tiempo, en 1979, y tomaron rumbos opuestos. Durante la guerra entre Irán e Irak, Sadam Hussein logró tocar la flauta de la diplomacia para obtener lo que pocos países pudieron durante la Guerra Fría: no jugar a la neutralidad, sino a los dos bandos. El conflicto bélico fue el detonante perfecto que le permitió reunir a las potencias bajo el lema, “El enemigo de mi enemigo es mi amigo”. La región donde se encuentran los yacimientos de crudo más importantes del mundo se convirtió en un escenario donde las potencias sobrepusieron sus propios intereses a las complejas políticas internas.

Una vez desapareció la oposición entre la Unión Soviética y los Estados Unidos, Hussein, quien se lucró de la competencia política propia de la Guerra Fría, comenzó a caer en desgracia. Las habilidades que le permitieron navegar en el mundo bipolar no le valieron en los años noventa y eventualmente la guerra contra el terrorismo se convirtió en la razón que sustentó la invasión del 2003.

Aunque la caída del muro de Berlín permitió que Estados Unidos pudiese renegar de algunos de sus aliados más incómodos, también permitió que pudiera acercarse a antiguos enemigos, como Yasser Arafat, un hombre paria para los Estados Unidos, Israel y buena parte de mundo occidental hasta comienzos de los años noventa. Arafat, junto con el Ejército de Liberación Palestina (ELP), el brazo armado de la Organización de Liberación Palestina (OLP), fue el predecesor del terrorismo islámico contemporáneo. A diferencia de otros líderes políticos, sus vínculos con la Unión Soviética no fueron tan importantes como sus vínculos con otros líderes de la región, quienes le proporcionaban a la organización palestina un lugar para operar, financiación y armamento. El vínculo fue, de nuevo, el enemigo común: Israel.

Durante 30 años, desde comienzos de los años sesenta hasta el inicio de la década de los noventa, Arafat vivió esa mezcla de recolector de fondos, actor, reclutador, conspirador, criminal y comandante que constituye la vida de un líder revolucionario. Y lo hizo bajo el nombre de guerra Abu Amar, quien fuera uno de los guerreros más próximos al profeta Mahoma.

Entraba y salía del Banco Occidental disfrazado de anciana, pastor o turista egipcio. Israel, o más bien la enemistad hacia Israel en el mundo musulmán, fue el actor del drama que permitió que líderes como Hosni Mubarak, de Egipto, cuyo régimen dependía de la cercanía de su amistad con Estados Unidos, pudiera extenderle una mano a su benefactor y ser, a la vez, un patrono de Yasser Arafat. Mubarak fue el punto de contacto entre la disidencia palestina y Occidente, y a comienzos de los años noventa tuvo un papel importante para acercar ambos extremos.

Hoy la telaraña de alianzas que compuso la Guerra Fría no sólo se ha visto alterada por la guerra contra el terrorismo, sino que los mismos líderes que permitían la estabilidad diplomática han caído por intervenciones extranjeras o por las revoluciones internas de la Primavera Árabe. Gadafi vive sus últimos días en medio de una situación que pareciera propia de la Guerra Fría: un dictador es depuesto por una alianza entre grupos insurgentes internos y países miembros de una organización que nació del mundo bipolar, la OTAN.

La situación de Medio Oriente está lejos de ser estable. Israel y el terrorismo palestino siguen siendo un elemento potencialmente explosivo y la posible construcción de armas nucleares por parte de Irán le agrega uranio enriquecido a la ecuación.

Esto dificulta que en Siria, un aliado incondicional de Irán, la OTAN realice una operación similar a la de Libia. Los líderes de Yemen, entretanto, se hallan protegidos por Estados Unidos, a causa del temor que genera la influencia de Al Qaeda en el país. Aunque el panorama se esté recomponiendo y las alianzas que se heredaron de la Guerra Fría se han disuelto en buena medida, la telaraña del Medio Oriente no es más transparente hoy que ayer, a pesar de las esperanzas en la democracia.

EE.UU. precavido con Gadafi

David Hartwell, analista para el Medio Oriente de la consultora británica IHS Jane’s, asegura que Estados Unidos ha sido más precavido que Europa con Gadafi. Desde que llegó al poder, mediante el golpe de Estado al rey Idris en 1969, EE.UU. se distanció de Libia. Gadafi se convirtió en el mecenas de grupos terroristas y fue blanco de sanciones por parte de Washington y la ONU. Las relaciones con Occidente fueron las peores en los ochenta, a tal punto que Ronald Reagan ordenó un bombardeo sobre Trípoli. Luego de los atentados contra PanAm y UTA, las sanciones se recrudecieron. Hasta 2001, después del 11S, cuando Gadafi inició negociaciones secretas para acercarse a EE.UU. en el marco de la lucha contra el terrorismo. Según reveló Wesley Clark, excomandante de la OTAN, el dictador habría cambiado de posición porque supo que Libia estaba en la mira de las tropas estadounidenses.

Admiración por Rice

En septiembre de 2008, la entonces secretaria de Estado Condoleeza Rice (foto) realizó un viaje oficial a Trípoli, calificado de histórico. El último lo había hecho el titular de ese cargo John Foster Dulles, quien se entrevistó con el rey libio Idris en 1953. Durante la visita, reactivaron las relaciones y Gadafi le expresó su admiración. Ya lo había hecho un año antes cuando en un programa aseguró: “La admiro y estoy muy orgulloso de la forma en la que se reclina y da órdenes a los líderes árabes... Leezza, Leezza, Leezza. La amo mucho”. Esta semana fue encontrado en su búnker un álbum con fotografías y dedicatorias a Rice.

McCain prometió ayuda al libio

Uno de los cables filtrados por el portal Wikileaks reveló que durante unas reuniones que sostuvo el candidato republicano a la Presidencia, John McCain, con el líder libio, Muamar Gadafi, y uno de sus hijos, el político estadounidense les prometió interceder ante el gobierno norteamericano para que Libia pudiera comprar armas a ese país.

Según la comunicación del 19 de agosto de 2009, enviada por la Embajada estadounidense en Libia, McCain aseguró que EE.UU. estaba muy interesado en venderle armas a Trípoli.

Comparte en redes: