Open Arms retoma sus operaciones en el Mediterráneo
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Brazos abiertos, puertos cerrados

La ONG dedicada al rescate de inmigrantes en el mar desafía a las autoridades. Visitamos el barco centro de la polémica y hablamos con sus tripulantes.

Mariona Hidalgo, voluntaria de Open Arms, a bordo del barco rescatista en el Mediterráneo. / Pelayo de Las Heras Álvarez

Bajo la sudadera lleva, orgullosa, la camiseta color rojo de Open Arms, como si se tratara de un equipo de fútbol. Mariona Hidalgo es natural de Badalona y tiene 54 años. Su trabajo como voluntaria de la organización es, principalmente, alimentar al barco. Comenta, con una sonrisa amarga, que ha llegado a pasar hasta 12 horas cocinando sin parar. Ahora mismo se encuentra desempleada, por lo que el barco se ha convertido en una parte importante de su vida. De cierta forma, el Open Arms la ha rescatado a ella también.

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Antes de retomar sus operaciones la embarcación estuvo atracada en la zona marítima de Barcelona y su presencia en ese lugar se hacía extraña: en aquel entorno, al igual que una costra en la piel, pareciera no encajar. El muelle, situado al final del Paseo de Juan de Borbón, está rodeado de edificios perfectamente delimitados contra el cielo, con pulcras cristaleras y grandes letreros que anuncian sedes de empresas. Justo en frente del barco se alza el Hotel W de Barcelona, edificio de cinco estrellas que aquí también es conocido como Hotel Vela, debido su forma. En el interior del barco es donde conversamos con Hidalgo.

¿Cómo fue su primera misión?

“Pues la primera misión [septiembre del 2017] fue dura, por más que me habían explicado lo que había allí… Afortunadamente, no tuvimos demasiados problemas, pero, claro, primero tienes que adaptarte a navegar, a conocer a los tripulantes, a cocinar en un barco… Y bueno, te encuentras con una realidad muy dura. Por ejemplo, justo a la hora y media, una de las chicas que habíamos rescatado se puso de parto. En aquella ocasión lo que encontramos fue una patera con 257 personas y las subimos a todas. Había mujeres, niños, hombres”.

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Foto: Pelayo de Las Heras Álvarez

¿En qué condiciones estaban?

“Estaban bastante bien, dentro de lo que cabe. Al principio a la niña que nació en el barco [cuyo nombre es Miracle] le costaba respirar un poco. Al fin y al cabo, aquella mujer llevaba tiempo hacinada en la patera. Lo último que supimos de la niña es que estaba en un campo italiano de refugiados”.

El barco de Open Arms es, ante todo, una embarcación preparada para su batalla particular. La cubierta cuenta con unos tablones de madera que tienen un aspecto idéntico a los que se ven en esos pequeños puestos de las playas que venden mojitos mal mezclados a los turistas. Ahora, dice Mariona, tanto el techo como los laterales se han cubierto con unas cortinillas de plástico, pero antes la cubierta estaba completamente expuesta al aire, a merced de los elementos. Es allí donde se agrupa a las personas rescatadas del agua. Normalmente, afirma, se les separa por sexos mediante una cortina: las mujeres, debido a experiencias previas, no quieren saber nada de los hombres.

¿Guarda recuerdos especiales de alguna de las personas que recogieron?

“Ellos siempre llevan pequeños paquetes de plástico en donde guardan su documentación y otras cosas imprescindibles. La imagen que tengo grabada es la de un señor que estaba aferrado, con profunda cara de tristeza, a uno de esos paquetes: era lo único que tenía en ese momento en su vida. Luego están las mujeres, que han sufrido en su mayoría múltiples violaciones. Incluso también los hombres, aunque a ellos les cuesta mucho más explicarlo. La gran mayoría de la gente solo quiere hacerse una bola en un rincón. Recuerdo una misión en la que tuvimos dos bebés muertos. Cuando el médico dijo de uno de ellos que se iba a morir y que se lo diesen a la madre para que lo acariciase y le diese su despedida, ella no quería saber nada de él. Probablemente ese bebé era fruto de una violación”.

 
 

Foto: Pelayo de Las Heras Álvarez

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El barco, incluso cuando está parado, siempre cuenta con tripulación. Se ocupan de que no se dañe, al igual que se cuida a un comatoso para que no aparezcan llagas bajo el cuerpo.

Es fácil darse cuenta enseguida de que, unidos por una misma causa, todos los tripulantes se consideran parte de una familia. También es fácil preguntarse si ocurrirá lo mismo fuera de este contexto. ¿Será igual dentro de unos años, cuando muchos ya no participen en las misiones del barco?

¿Comparte toda la tripulación la misma actitud y valores?

“Yo pienso que simplemente intentamos ayudar, yo creo que sí. Hay de todas las edades, aunque siempre mayores de edad. En estos casos, sin embargo, ocurren a veces problemas: cuando eres mayor llevas un bagaje, pero cuando eres joven normalmente no. Siempre se nos asignan psicólogos a toda la tripulación, pero hay muchos jóvenes afectados que no sueltan trapo, que se quedan bloqueados. Date cuenta de que, por ejemplo, hemos tenido barcos secuestrados durante horas, hemos sufrido disparos... las autoridades libias son muy agresivas. Solo pido que si me detienen y me encierran en la cárcel me traigan tabaco”.

 
 

Foto: Pelayo de Las Heras Álvarez

La modesta decoración de la embarcación revela también un ambiente familiar, íntimo. Al bajar a la sala de máquinas se puede encontrar una máscara de Darth Vader pegada a la pared. El sonido allí abajo es similar al de la respiración y, con ello, se confirman también varios aspectos que había comentado Hidalgo: el continuo ruido (apenas un ronroneo agradable ahora y un rugido insoportable en altamar; ellos duermen con tapones) y el olor a combustible (similar al de los talleres de reparaciones).

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Junto a la puerta situada al lado de la cocina, una pizarra de plástico reza: “Os quiero, máquinas”. La cocina es más pequeña que la de un apartamento promedio, pero los instrumentos, sin embargo, son enormes. Las ollas encajan a la perfección con la gran cantidad de comida que se almacena en la nevera, la despensa y el congelador. Los baños, similares a los de una piscina municipal, son unisex. En los pasillos, sin embargo, el ambiente es distinto: fotos de los rescates, del nacimiento de Miracle, de chalecos naranjas y espaldas mojadas. Memorias de altamar.

¿Cree que los inmigrantes han perdido muchas veces su humanidad?

“Les han desposeído de su dignidad humana, sí. Hay muchas de las personas que recogemos que llevan un montón de heridas mal cicatrizadas, heridas horrorosas. Esto es de agresiones. Y es que muchos de ellos cuando llegan a la playa y ven a dónde los van a meter se niegan a subir; una vez que están allí les obligan a golpe de látigo y pistola a subir a bordo. La mayoría habla de Libia como el infierno”.

Por fuera de la sala de mando un hashtag intenta resumir la existencia de aquel lugar: #SafePassageBarcelona. Justo en frente del barco se sitúa, imponente, un crucero de lujo, de un blanco impoluto. Es fácil preguntarse cómo será y si, a diferencia de este, brillará por dentro.

¿Qué valores cree que hay en juego en todo esto?

“Yo creo que defendemos que todos somos iguales, que todas las vidas valen lo mismo. Nosotros estamos aquí circunstancialmente, ¿quién nos ha dicho que nosotros somos de primera y ellos no?”.

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Pelayo de Las Heras Álvarez / Barcelona

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