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Cataluña: una independencia a medias

El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, asumió los resultados del referendo del 1°de octubre, pero dio marcha atrás a la declaración de independencia para abrirle paso al diálogo. ¿Será posible negociar?

Cientos de personas se concentraron en las inmediaciones del Parlamento de Cataluña. EFE

Confundidos, resignados, algunos decepcionados y otros comprensivos. Así fueron las reacciones de los catalanes que asistieron ayer al Arco del Triunfo, uno de los lugares más emblemáticos de Barcelona (España), para acompañar a la declaración de independencia que haría el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, después de los resultados del referendo del 1° de octubre.

Pero la supuesta declaración resultó ser más bien un plazo. Si bien el líder de Cataluña reconoció la voluntad de la mayoría de los votantes a favor de la creación de la república independiente, le dejó una gabela al gobierno español para una salida negociada del conflicto político.

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Las caras largas eran el común denominador de la multitud. Y no era para menos, pues la gente sintió que perdió su tiempo después de escuchar el resultado. A las 5:30 p.m., el punto de encuentro estaba a reventar. Sólo se veían cabezas desde la salida del metro hasta el Arco. Todos caminaban ansiosos, agitando banderas y a la espera de cualquier movimiento en la pantalla grande que se instaló para que los ciudadanos pudieran ver la alocución.

“Estamos aquí porque queremos la independencia. Queremos escucharlo decir que hoy Cataluña es una república. Si no lo hace, sería una decepción. Ya se está hablando de una independencia progresiva. No es nuestro ideal, pero lo importante es que se declare ya”, dijo Sergi Duarte, un ciudadano que se refirió al 10 de octubre como “un día histórico” para la comunidad autónoma.

Estaba previsto que a las 6:00 p.m. Puigdemont realizara su discurso. Eran las 5:55 p.m. y las miradas se concentraban en la pantalla. A los pocos segundos, el presentador del canal TV3 confirmó que la declaración se aplazaría hasta las 7:00 p.m. El cuchicheo no se hizo esperar. Las personas rumoraban que lo más probable era que el presidente de la Generalitat hubiera recibido llamadas del gobierno español para solucionar el conflicto a través del diálogo.

A las 7:00 p.m., alrededor del Arco no se podía caminar, ni siquiera se alcanzaba a ver la pantalla. La mayoría se conformó con oír a los periodistas. Los más jóvenes se encaramaban encima de los faroles para presenciar este momento desde un espacio privilegiado. Los grupos de familias y amigos disolvían sus círculos para que todos cupieran. Hasta un grupo de sordomudos cumplió con la cita y se organizó en una esquina con su traductora de señas. Nadie se quería perder del gran día.

Puigdemont apareció y el escándalo fue inmediato. Gritos, pitos y chiflidos cortaron las conversaciones y dieron paso al anuncio. El político independentista comenzó explicando la importancia histórica de lo que sucede en Cataluña. Aseguró que “ni amenazas ni chantajes ni insultos” harían parte de su discurso, pues su responsabilidad era “desescalar la tensión”.

Luego resumió las acciones que, según él, durante más de 10 años ha liderado la Generalitat para llamar la atención del gobierno español y entablar un diálogo sobre la tensión que existe entre las dos partes y que hoy considera insostenible.

Minutos más tarde, agradeció a todos los colaboradores del referendo del 1° de octubre que, “entre brutales ataques policiales”, hicieron posible una jornada democrática. No desaprovechó la oportunidad para repudiar la estrategia del gobierno español de “provocar el pánico generalizado para que la gente se quedara en casa”. Pero resaltó que “les salió el tiro por la culata”, pues muchos decidieron hacerlo, así estuvieran en contra de la independencia.

Mientras esto ocurría, nadie se movía en el público. Se aplaudía cuando Puigdemont enaltecía a la ciudadanía catalana y se chiflaba cuando se nombrara al gobierno español. Fue hasta el minuto 18 que Puigdemont soltó serenamente lo que todos deseaban escuchar: “Con los resultados del 1° de octubre, Cataluña se ha ganado el derecho a ser un estado independiente”. Los asistentes comenzaron a gritar, a mirarse con sorpresa, a abrazarse. Las imágenes del momento eran conmovedoras: a la izquierda un hombre escondía su llanto con una bandera y a la derecha una mujer bailaba y besaba a su bebé.

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Sin embargo, la algarabía duró poco y en cuestión de minutos la confusión se regó por el lugar, cuando Puigdemont agregó: “Proponemos suspender durante unas semanas la declaración de independencia para entrar en una etapa de diálogo”. Aclaró que su gesto era generoso y buscaba una salida pacífica, como es usual en el actuar de los catalanes.

Al final, envió un mensaje en castellano a los ciudadanos del resto de España: “No somos delincuentes, ni unos locos, ni golpistas ni abducidos. Somos gente normal que pide poder votar. Y que ha estado dispuesta a todo el diálogo necesario para realizarlo de manera acordada. No tenemos nada contra España o los españoles, al contrario, nos queremos reentender mejor, porque la relación no funciona. La Constitución es un marco democrático, pero hay democracia más allá de la Constitución”.

Las personas se miraban sin saber si debían continuar o no con la celebración. Como si los hubieran echado de una fiesta a la que no fueron invitados, salieron con prisa. Los sentimientos encontrados y las dudas eran evidentes en sus bocas torcidas, sus cejas fruncidas y sus manos sosteniendo sus mentones. Tanto así que empezaron a explicarse unos a otros lo que había sucedido: “¿Hay o no independencia?”, preguntaba una señora. “Ya somos independientes, pero quiere abrir el diálogo para hacerlo de una forma más democrática”, le respondió su acompañante.

Hubo varias interpretaciones sobre la declaración del presidente de la Generalitat, pero todos coincidían en que fue una decisión razonable y confían en que este espacio no entorpecerá el camino recorrido.

“Creo que reconoció nuestra voluntad como pueblo, pero no puede declarar la independencia sin antes dialogar con el estado español. Estoy de acuerdo con su decisión. Considero que fue prudente, aunque mucha gente esté triste en este momento, pero es necesario que no sólo nosotros queramos la independencia, sino que el resto de España entienda por qué. Yo lo llamaría una semi-declaración”, afirmó Carles Cañizares, uno de los que asistieron al evento en el parque.

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También están quienes destacan el gesto, pero se sienten decepcionados. Mónica Villanueva, quien se encontraba discutiendo en un grupo a la salida del evento, aseguró que es inevitable sentirse triste y teme que los políticos “una vez más” la defrauden: “Duele, porque no somos independientes aún. Ahora tenemos miedo de perder lo que hemos conseguido. Esperemos que este gesto sirva y que haya mediadores internacionales que ayuden a desenredar el conflicto. Pero muchos estamos seguros de que el gobierno central no va a cambiar y que este será un plazo inútil”.

Y hay otra visión que considera que se hizo una declaración a medias. Aleix Triadó, otro asistente, dijo sentirse independiente y resaltó la “declaración responsable” de la Generalitat. “Aún así ha sido una declaración. Lo que está en juego es pactar las reglas de juego para saber cómo nos vamos”.

El futuro se antoja incierto: el gobierno de Madrid dio por declarada la independencia unilateral, que “no se puede aceptar”. Prepara una respuesta.