Cédric Herrou, el francés que ha rescatado a 200 migrantes

Granjero en Breil-sur-Roya, una población fronteriza en Francia, Herrou fue sometido a un proceso legal de tres meses por transportar a migrantes desde Italia hacia su país. Deberá pagar una multa de 3.000 euros si reincide en ese acto, que es ilegal para la justicia francesa.

El granjero Cédric Herrou junto a una migrante de Malí, llamada Khadidja, en las instalaciones de una corte en Niza este viernes.AFP

La primera vez que lo arrestaron, en agosto del año pasado, Cédric Herrou tuvo la fortuna de pasar sólo treinta y seis horas bajo vigilancia y salir libre de cargos. Nada de lo que había hecho, en franca lid, podía ser clasificado en los dominios de la maldad o del crimen: en su pequeña camioneta transportaba a ocho eritreos desde Italia hacia Francia por la frontera, a la altura de Breil-sur-Roya, donde Herrou regenta una granja de olivos desde hace algunos años. La consciencia de que el granjero era, sobre todo, un samaritano solidario había embargado también al juez de Niza que tomó su caso: aunque en Francia es ilegal ayudar a los migrantes a cruzar las fronteras, Herrou era, ante todo, un voluntario bondadoso. Para el juez, era tanta la certeza de ese carácter, que en vez de enviarlo a prisión y castigarlo por ir en contra de la ley, le dio un consejo amigable: que comprara una camioneta más amplia y se uniera a una asociación.

Entonces compró un furgón de nueve puestos. Herrou embarca a los migrantes, que arriban a las fronteras de Italia y buscan los caminos menos transitados para eludir a las autoridades migratorias, y los lleva a una cabaña donde se aprovisionan y reciben la información esencial para su próximo viaje a París, donde pedirán asilo. “Si tenemos que romper la ley para ayudar a la gente, hagámoslo”, dijo en la mañana de este viernes en Niza. “Nuestro rol es ayudar a que las personas superen el peligro. Y el peligro es la frontera”. Según sus cálculos, ha ayudado al menos a 200 personas.

De acuerdo con Herrou, los agentes antiinmigración han roto la ley al detener a los migrantes y, en vez de permitirles entrar al país para que pidan asilo, los devuelven al otro lado de la frontera. Eso tiene varias consecuencias indeseables, entre ellas que los migrantes suelen tomar caminos en los que se pueden perder o lastimarse, en vez de seguir un proceso sano y que los lleve a buen puerto para pedir su asilo. Por esa insistencia, Herrou ha sido arrestado en tres ocasiones: en agosto —donde quedó libre de cargos—, en octubre y en enero.

La última no significó ninguna acusación. La segunda, en cambio, lo obligó a un proceso de tres meses y lo hizo transitar del heroísmo anónimo a la reivindicación pública. Herrou y tres compañeros de asociación tomaron una estación abandonada de tren en Tende, Francia, y la convirtieron en un hogar de paso para los migrantes. La Policía los encontró, los exilió de la estación y entonces Herrou se enfrentó a un proceso legal. Este viernes, un juez de Niza dio su veredicto: si vuelve a cometer un delito, Herrou deberá pagar 3.000 euros como multa. El dinero es, quizá, lo de menos: Herrou ha tenido su oportunidad para declarar ante todos lo que piensa de la migración de africanos hacia Europa en tiempos de tormentos. Se ha convertido en la representación de un fenómeno. Un icono. Y él lo sabe y sabe para qué sirve: para que lo escuchen. En tiempos en que cientos de miles de africanos y orientales atraviesan tierras enteras para encontrar un nuevo hogar en Europa, un europeo blanco, de barba poblada y cerrada, cuyos anteojos redondos se han convertido en su seña más efectiva, se convierte en su voz.

“En este tema, el Estado y el departamento son los que se encuentran en la ilegalidad, sobre todo en lo que concierne a los migrantes más jóvenes —dijo Herrou en una entrevista con L’Humanité—. Los menores sin compañía son todos devueltos a la frontera de manera sistemática. Eso es ilegal. Cuando llegan a Francia, a nuestros valles, depende del Estado hacerse cargo de ellos y cuidarlos, no a los campesinos de la Roya. Nosotros hacemos cuanto podemos”. A finales del año pasado, cerca de 60 migrantes estaban en la casa de Herrou, donde tenían los enseres y la alimentación necesarios para llevar una vida digna, aunque fuera una vida de paso. Por los días en que comenzó el proceso en su contra, Herrou dijo: “Tenía miedo por mi vida profesional. Pero ocurrió lo contrario. Yo, además, no he matado a nadie. El Estado es, en cambio, corresponsable por cinco muertes que sucedieron en la carretera. Europa se construyó sobre la idea de que las fronteras entre las personas son peligrosas. Las personas resultan heridas y mueren a causa de ellas. Gastamos mucho dinero para hacer el mal a esas personas. Gastaríamos mucho menos si, simplemente, los acogiéramos”.