Charles Jenkins: Un desertor de Estados Unidos

A sus 77 años murió el militar estadounidense que decidió cruzar la frontera para buscar ayuda en Corea del Norte. Falleció en Japón, país en el que recuperó su libertad.

Charles Jenkins cuando presentó sus memorias en el 2005. / AFP

La historia recurrente es la de aquellos que huyen de Corea del Norte. En la ONU, en congresos sobre derechos humanos, en colegios y universidades de Occidente, los desertores del régimen de Pyongyang han contado relatos de su sufrimiento.

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Sin embargo, el sargento Charles Jenkins rompió con la tendencia. Él huyó de Estados Unidos, y no de Corea del Norte, en plena Guerra Fría.

Tenía 24 años. Aquella noche, esa en la que decidió “cruzar la línea”, era una de las más frías del mes de enero, según contó en sus memorias. Le habían asignado las patrullas nocturnas en la frontera entre Corea del Sur y Corea del Norte y se había tomado unas cuentas cervezas.

Jenkins había sido soldado desde que tuvo la edad mínima para lograrlo. A los 15 años entró a las fuerzas armadas y muy pronto lo enviaron a Alemania Occidental y Corea del Sur.

Esa noche lo invadió el miedo de ser enviado a la guerra de Vietnam, una guerra que, de hecho, perdió Estados Unidos y que la historia ha consignado como el gran error de su política internacional.

Entonces cruzó la frontera, imaginando que del otro lado podía pedir asilo en la embajada rusa y ser enviado de regreso a su país.

Nunca sucedió como lo esperaba. “Era tan ignorante que acabé viviendo una cadena perpetua en una gigantesca y demencial prisión”, le dijo al Washington Post en el 2008.

Jenkins se convirtió en el rostro de la propaganda norcoreana. Era Jenkins el actor encargado de representar al “enemigo imbécil”.

Lo obligaron a aprenderse de memoria la vida de Kim Il-Sung, el fundador de la dinastía que gobierna al país.

En 1980, el régimen le “regaló” una esposa, a cambio de su buen comportamiento en los años previos. Enseñaba inglés en una universidad y con eso se ganó algo de la confianza del gobierno. Así le presentaron a su mujer, una japonesa que habían raptado en 1978.

Con los años, cuenta el diario BBC, se enamoraron. Cada noche, antes de dormir, él le decía “oyasumi” (“buenas noches” en japonés), mientras ella le decía lo mismo en su idioma: “good night”. Era su manera de recordarse mutuamente de dónde venían.

Tuvieron dos hijos y junto a ellos lograron, en el 2004, escapar a Japón.

Allá los recibieron con celebraciones. Sin embargo, tras entregarse al ejército estadounidense, lo sentenciaron a una condena menor: 30 días de cárcel.

Al diario Los Ángeles Times le contó hace un par de meses que todavía le costaba adaptarse a la libertad, después de 40 años adentro de Corea del Norte.

Hasta sus 77 años, tuvo miedo del régimen. “Corea del Norte me quiere muerto”, dijo en la última entrevista que concedió a la prensa.

 

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