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“Colombia está descubriendo su capacidad de movilización”

El sociólogo español Jorge Galindo expone las claves de dejan, hasta la fecha, las protestas en Colombia. Entre ellas, el pluralismo social, la postura del presidente y las similitudes con otros movimientos sociales, como el de Chile o el 15M en España.

El paro nacional es la primera gran movilización en mucho tiempo en Colombia. / Mauricio Alvarado

El paro nacional en Colombia ha marcado un punto de inflexión en la historia de las movilizaciones en este país. El sociólogo español Jorge Galindo conversó con El Espectador para analizar la situación actual tras más de dos semanas de protestas en contra de las políticas de Iván Duque.

¿El 21N fue una fecha que cambió a la sociedad colombiana?

Sí. La pregunta es cómo y en qué cambia. Eso es algo que va a depender de la reflexión que la sociedad colombiana haga sobre lo que pasó. Yo creo que marca es el inicio. Es la primera gran movilización en Colombia en mucho tiempo que no tiene principalmente que ver con el conflicto y con la violencia. Tuvimos las movilizaciones de la época de 1990, también tuvimos la gran marcha contra las Farc en el 2008 y las que iban por el sí o por el no en torno al plebiscito del proceso de paz con las Farc. Pero esta movilización es la primera que se toma el ciclo de noticias nacionales por completo que incluye todos los sectores y que no se inicia ni parte necesariamente del conflicto ni de los acuerdos de paz; aunque, por supuesto, están presentes.

¿Cuál es su reflexión sobre el cacerolazo?

El cacerolazo es una forma de movilización con costes bajísimos de participación. También es anónima: tu vecino te puede escuchar, pero no te ve. Es amplia en su posible significado: no hay pancartas, no hay gente encabezando ninguna marcha, no hay mensajes más allá del ruido del descontento y que puedes hacer en un rato sin salir de casa y luego retirarte tranquilamente. Son puntos que favorecen la inclusividad. También es verdad que tiene un problema: no parte de ninguna estructura organizativa determinada, solo parte de la espontaneidad de la gente, y por eso no hemos visto realmente un cacerolazo como el que vimos el 21 los días sucesivos de ese fin de semana, porque no hay manera de articularlo. El problema del cacerolazo es que no puedes activarlo o desactivarlo cuando quieras. Sí, como mecanismo de movilización es muy poderoso cuando sucede, pero no sabes cuándo va a suceder.

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La movilización, marcada por la violencia en sus primeros días, ha ido mutando hacia algo casi festivalero…

Siempre hay un grupo de dentro de la manifestación que prefiere una aproximación violenta y una confrontación con el Estado. Hubo una violencia que aprovechaba el espacio de caos y confusión provocados por la movilización. Otra que, por desgracia, y como sucede en todas partes, sucede. Esa se ha reducido efectivamente. Aunque también sigue habiendo confrontación con la Policía. Digamos que, si lo comparamos con Chile, que es el caso más cercano, el grado de uso de confrontación directa de violencia por parte de los manifestantes es mucho más bajo. ¿Por qué es así? Eso es muy difícil de responder. El hecho probable de que tengamos a estudiantes, artistas, un perfil de clase media urbana, joven, muy implicado en las marchas, favorece la aparición de expresiones artísticas y digamos que marca un poco la movilización y el tipo de movilización que estamos viendo. Pero más allá de eso, en realidad no podemos prever por dónde se va a mover la cosa en Colombia. No sabemos si va a derivar hacia una cosa o la otra. El caso es que ahora esto es lo que es y pues es bastante menos violenta.

¿Cómo afectó la muerte de Dilan Cruz a la movilización?

Sabemos que cuando tienes una historia de una persona con nombre y apellidos, con un arco narrativo vital antes y después de la agresión, eso favorece que todo el mundo se focalice en esa persona, en su historia. También quizá porque en Colombia el rechazo a las expresiones violentas desde la política es enorme. Es un poco paradójico: es un país que tiene uno de los conflictos civiles vivos más largos del siglo XX, al mismo tiempo hay cierto hartazgo social con la violencia como vehículo para la acción política. Quizás eso ayuda a explicar por qué la historia de Dilan Cruz ha desembocado en la opción menos violenta. Además, la gente que está marchando es consciente de que una parte importante de la sociedad no va a apoyar sus demandas si quienes están contra ellas usan cualquier pequeño ejemplo de acción directa de violencia para deslegitimar su manifestación, por eso también hay autocontrol.

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¿Hay similitudes entre las marchas en Colombia y Chile?

Uno puede empezar por decir que sí son países muy desiguales, pero la desigualdad no opera de la misma manera. Chile tiene una economía muy entrópica en la cual subes y bajas y las expectativas te destrozan. En Colombia no: es una economía mucho más estática en términos de movilidad social. Las reclamaciones de política pública tampoco son las mismas: en Chile todo ha desembocado en una reconsideración constitucional, mientras que en Colombia la Constitución de 1991 es, me atrevería a decir con datos, más progresista que la media de la sociedad y la defiende una Corte Constitucional que es sin duda más progresista que la media de la sociedad. La Constitución aquí no es un objetivo. Aquí los objetivos son de política pública, de otro orden, no del orden constitucional: son educación, sistema educativo, pensiones, aplicación de los acuerdos de paz y demás. Yo creo que hay más divergencias que convergencias ahora mismo, pero que es interesante comparar, porque eso ilumina la particularidad de cada caso.

¿Podría llegar a parecerse al 15M en España?

Sí, por el perfil de la gente en la calle. Esto es un movimiento generacional, urbano y con la clase media al frente. Es eminentemente festivo y, además, al menos al principio, tenía una dimensión de territorio de barrio fuerte, de puntos de encuentro locales. Hay ciertos puntos de convergencia de la movilización, pero hay diferencias: el 15M era una enmienda a la Constitución, cosa que no sucede en Colombia. Acá el cambio de sistema de partidos sucedió antes de la protesta: la alternativa ya está sobre la mesa en un esquema que va desde más a la izquierda, pasando por el centro, hasta el punto más a la derecha. Habría que ver cómo se van a articular estas demandas con la toma de posesión de los alcaldes electos, que sucederá el 1° de enero, que son de este nuevo cuño y cómo se va a relacionar Daniel Quintero y cómo va a reaccionar Claudia López con la gente que está en la calle.

¿Cómo afectan algunas de las actuaciones de la Fuerza Pública la confianza de la gente?

En el marco más amplio de que, si Colombia es un país que ha salido de un conflicto civil de más de cinco décadas, es normal que toda la Fuerza Pública reconsidere su papel con respecto a la sociedad.

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La desaprobación de Iván Duque es del 70 %. ¿Es posible que reconsidere su posición?

Hay que distinguir muy bien entre las encuestas de popularidad y el voto. Si repitiésemos elecciones mañana mismo, el resultado que obtendríamos no sería demasiado distinto. Es cierto que hay una visión netamente negativa de la gestión que Duque está haciendo y, por pura lógica aritmética, en esa visión hay gente que le votó. Es trabajo suyo reconsiderar qué es lo que está haciendo y qué es lo que puede hacer. El problema es que fue elegido la opción más moderada dentro de una plataforma que va desde el centro derecha hasta la extrema derecha y le queda muy difícil maridar a gente que se fue de Germán Vargas Lleras y de Sergio Fajardo hacia él entre primera y segunda vuelta, y la gente que estaba con él porque era la opción del Centro Democrático, que es la más extrema y que hoy tiene a personas como el exministro Fernando Londoño criticándolo abiertamente. Duque está tirado de ambos lados.

¿Qué queda hoy del 21N?

No tenemos ni idea, y quien lo diga, miente. Yo creo que, en cierta manera, Colombia está descubriendo su capacidad de movilización fuera de los parámetros del conflicto y la violencia que pueden ser transversales o, al menos, pueden suscitar el interés de una gran parte de la sociedad. En un proceso de descubrimiento, el primero que no sabe dónde va a acabar nada es quien está descubriendo.

¿Por qué cree que ningún movimiento político ha podido canalizar la protesta?

Según la encuesta de Gallup, a los políticos de primera línea les está bajando la popularidad, sin excepción, desde la toma de posesión de Duque. Pero hay una diferencia: a Germán Vargas Lleras y a Sergio Fajardo no les está subiendo la impopularidad. El caso es que no hay referentes claros, ahora mismo. Probablemente porque en este proceso de descubrimiento de nuevas formas de movilización, sería sorprendente, en realidad, que todo eso se canalizara en una figura que ya existiera previamente. Al final, los líderes actuales harían bien en escuchar en silencio. Escuchar, tomar nota, aprender y a partir de ahí, articular.

¿Cree que la Conversación Nacional es una herramienta de salida a esta situación?

Hay gente que dice que la Conversación Nacional es una manera de ganar tiempo. Otros dicen que es una manera de incluir más voces en la búsqueda de una solución conjunta. Las conversaciones, si no son vinculantes, no generan confianza ni credibilidad entre los actores que participan en ella. Normalmente tiene que haber una voluntad expresa de que se va a negociar, de que el diálogo va a ir más allá de un intercambio de pareceres.

¿Qué papel cree que han tenido los medios en la cobertura del paro?

Me preocupó bastante que en la noche del 22N en Bogotá y del 21N en Cali había periodistas de grandes medios tradicionales en Twitter dando voz a cosas totalmente sin comprobar. Es peligrosísimo, porque para cualquier persona, algo que lleve una cabecera de un gran medio o de un gran periodista cuenta cómo verificado, porque se asume que esa persona está verificando la información.

 

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2019-12-08T09:58:58-05:00

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2019-12-08T10:51:23-05:00

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Marta Moya Domínguez / Camilo Gómez Forero

El Mundo

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