Cuando la migración llega a las aulas

María Rosa Birto y Adolfo Quiroz decidieron venir a Colombia en 2011. Ahora repiten la experiencia de sus años de formación, cuando los migrantes que llegaban a su país tuvieron papel central.

Adolfo Quiroz y María Rosa Brito, profesores de la U. de los Andes.

Hace poco, cuando María Rosa Brito revisó el correo electrónico que utilizaba cuando trabajaba en la Universidad Simón Bolívar, el fondo de empleados que hace siete años hacía préstamos de vivienda había pasado a ofrecer ayudas para comprar combos de alimentos. Esa semana, a comienzos de abril de este año, el único ingrediente del paquete era un cartón de huevos. No era la única escasez que se vivía: varios edificios de la que alguna vez fue una de las mejores universidades públicas de Venezuela llevaban días sin energía eléctrica.

Adolfo Quiroz también vivió la época dorada de la Universidad Simón Bolívar, como profesor y como estudiante: “De mis tutores, a lo largo de la carrera, solo dos fueron venezolanos. Teníamos uruguayos, argentinos, colombianos, españoles, británicos... de todas partes del mundo”.

La universidad también le permitió dar el salto a Estados Unidos: “Cuando yo era un muchacho, el simple hecho de que tres profesores estelares dijeran ‘él es bueno’, las mejores universidades del mundo me admitieran para un doctorado y el gobierno venezolano –sin que yo haya votado nunca por el partido que estaba en el poder– me hubiera dado una beca es una historia simplemente imposible en la Venezuela de hoy”.

En 2011, las señas del deterioro político y económico ya se palpaban en la escasez de alimentos, en los precios que se triplicaban de una semana a otra, acompañados de recortes salariales y, por encima de todo, en la inseguridad.

María Rosa estaba atrapada en un trancón de Caracas cuando un motociclista le pegó una patada a su carro. Ella, que iba al volante, se volteó y vio al hombre, que le señaló con un gesto al asaltante que se había detenido junto a su ventana, el mismo que le apuntaba con una pistola y al que ella tuvo que entregarle el celular. Ese día, la decisión ya estaba tomada. De hecho, María Rosa iba de camino al consulado colombiano, para recoger su visa y viajar a Bogotá.

Meses antes, Adolfo no tuvo que pensarlo mucho cuando María Rosa, su esposa, llegó con la noticia de que el departamento de matemáticas de la Universidad de los Andes estaba buscando un profesor visitante. “Una de las características del actual sistema de gobierno venezolano es que eliminó las estadísticas, uno no puede dar números duros, uno se maneja por su entorno”, dice Adolfo quien, junto a María Rosa, puede hacer un recuento de los familiares, de los colegas e incluso de los compañeros de colegio de sus hijos que fueron víctimas de secuestros o habían recibido amenazas.

El momento no pudo ser más oportuno: Andrés, el menor de la familia, comenzaba el bachillerato. Le seguía Isabel, que estaba a punto de dar el paso del colegio a la universidad, y a Daniel, el mayor, le faltaba poco para terminar el pregrado. Decidieron dar el salto al vacío, sin conocer a nadie, y al profesor Quiroz, que vio cómo las estadísticas desaparecían en medio de la Revolución Bolivariana, le llegó el momento de las coincidencias poco probables.

Un año después de llegar a Bogotá, la universidad abrió una convocatoria para un profesor de planta, en estadística. “Llegué a apuntalar un área que tenía poca representación en el departamento de matemáticas, y eso se reflejó en que un número muy grande de muchachos hicieron la tesis conmigo”. Esos estudiantes pasaron a ocupar un nicho en el mercado laboral donde, en palabras del profesor Quiroz, “muchas compañías locales se interesan por matemáticos con una buena formación en análisis de datos”.

Con el tiempo, María Rosa también logró hacerse un camino en el Departamento de Matemáticas de los Andes, aunque ahora se dedica a la docencia y no a la investigación, como lo hacía en Venezuela. La adaptación no fue dura, pero reconocen que la cantidad de venezolanos que han llegado a Colombia en un lapso tan corto hace que la situación sea mucho más complicada de lo que fue para ellos hace siete años. “Ahora los recursos del país se necesitan para más personas. Es muy difícil que la que gente lo entienda y hay quienes se ven afectados directamente”.

Adolfo Quiroz dice que le agradece a Colombia la oportunidad que recibió para seguir desarrollando su carrera y para contribuir de alguna manera al país que ahora considera su casa. Después se refiere a la incomodidad que ha causado el enorme flujo de migrantes: “Mi recomendación sería no prejuzgar, ver el potencial de trabajo que puede ofrecer una persona y considerarlo”.

Muchos venezolanos, que en época de bonanza recibieron a personas de todo el mundo, tienen claras las puertas que se pueden abrir gracias a los recién llegados a quienes María Rosa les habla desde su propia experiencia: “Tienen que saber que hay que trabajar duro y hacer todo de la mejor manera posible. Eso fue lo que aprendí de los inmigrantes que me dieron clases en la universidad”.

 

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