Barcelona, Niza, Berlín, ciudades donde se usó este método

Cuando la simpleza y los carros siembran el terror

Desde el año pasado, los atropellos masivos e indiscriminados son el arma favorita de los radicales: no requieren entrenamiento ni planes sofisticados.

Un joven de origen magrebí con residencia legal en España, habría alquilado la furgoneta con que fueron arrolladas las víctimas en Las Ramblas. / AP

El 14 de julio de 2016, Mohamed Lahouaiej, un tunecino residente en Francia, dejó una estela de 85 personas muertas y 303 heridas cuando embistió con un camión de 19 toneladas a los peatones que esa noche se reunieron para ver los fuegos artificiales con los que se conmemoraba el Día de la Bastilla, en Niza.

El grupo yihadista Estado Islámico, que llevaba meses incitando este tipo de ataques a través de sus publicaciones en internet, no tardó en atribuirse el atentado, cuya modalidad se repitió casi sin variaciones el 23 de diciembre de ese año, cuando otro inmigrante tunecino, simpatizante del EI, embistió con un camión a los visitantes de un mercado callejero en Berlín.

A diferencia de los ataques suicidas que en 2001 emplearon aviones contra el World Trade Center y el Pentágono, donde los controles de seguridad en los aeropuertos han garantizado que un evento semejante no se vuela a repetir, la modalidad de ataque que se inauguró en Niza el año pasado y en el que un carro cualquiera se convirtió en un arma letal contra decenas de peatones no ha parado de ocurrir.

Nada ejemplifica más la impotencia de las autoridades que los tres ataques con carros que han han afectado a Londres en lo que va corrido del año. Los dos primeros, a las afueras del Parlamento británico y en el Puente de Londres, tuvieron como blanco dos de los lugares más atractivos para los turistas que visitan la capital inglesa y, de nuevo, fueron responsabilidad de personas radicalizadas por el Estado Islámico. En el tercero, un hombre de 47 años, padre de cuatro hijos y desempleado, atropelló con una van de alquiler a un grupo de musulmanes que salían de una mezquita en el sector de Finsbury Park.

Europa no ha sido el único continente que ha sufrido este tipo de ataques. El 8 de enero, en Jerusalén, Fadi Ahmad al Qunbar, de nuevo un militante del Estado Islámico, arrolló a varios soldados israelíes a bordo de un camión y esta semana, en EE.UU., James Alex Fileds, un supremacista blanco, utilizó su carro para atacar a un grupo de personas que protestaban por la presencia de miembros de la ultraderecha en Charlottesville.

Los atropellos contra peatones se convirtieron en una de las formas menos costosas e imprevisibles que los radicales tienen para realizar crímenes de odio.

En medio de la oleada de embestidas indiscriminadas que sufrió Londres, Ritz Katz, experta en terrorismo y directora de SITE, una organización dedicada a monitorear la actividad terrorista en internet, advirtió sobre el enorme reto que este tipo de ataques significa para los servicios de seguridad: “Los vehículos son como los cuchillos, porque son extremadamente fáciles de conseguir”, dijo la analista.

A diferencia de los sistemas que permiten a las autoridades ponerse en alerta cuando alguien empieza a adquirir los componentes necesarios para armar un artefacto explosivo, nadie le presta mucha atención a una persona que compra o alquila un carro, así como no existen muchas restricciones para que alguien adquiera un cuchillo.

Lo mismo pasaba en 1920, cuando una carreta de caballos y un grupo de anarquistas italianos fueron suficientes para que Wall Street se convirtiera en el escenario de uno de los primeros atentados con carro bomba del siglo pasado. Desde entonces, y a pesar de que este tipo de ataques no ha dejado de ocurrir, la experticia de las autoridades para prevenirlos ha hecho que los terroristas tengan muchos más obstáculos para llevar a cabo un ataque con explosivos.

“La verdad sobre una violencia tan básica —que no requiere armas, colaboración con un grupo terrorista, y nada más que acceso a un vehículo y la habilidad para conducirlo— es que es extremadamente difícil de prevenir”, dijo en abril de este año el periodista Uri Friedman cuando se refirió al ataque en el que un hombre de origen uzbeko y simpatizante del Estado Islámico mató a cuatro personas y dejó heridas a otras quince con un camión en las calles de Estocolmo.

En efecto, tomar un carro y atropellar peatones no supone grandes preparativos, pero la radicalización, el factor común en cada uno de los ataques que han ocurrido desde julio del año pasado, sí es una señal de alarma a al que las autoridades podían prestarle más atención. Durante años, el extremismo hizo un uso de sus ataques como método para afectar blancos que simbolizaban el poderío económico político de sus adversarios, como ocurrió con los atentados del 11 de septiembre en EE.UU. o los que sufrieron más adelante los sistemas de trasporte público en Londres y Madrid.

El ataque de en Las Ramblas de Barcelona, al igual que todos los otros que han ocurrido desde el año pasado, demuestran que el extremismo se adaptó para esquivar los controles de seguridad y, lejos de ir detrás de golpes sofisticados y espectaculares, ahora tienen en la simplicidad el arma más importante para sembrar el terror en todo el mundo.

 

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