A raíz de los 25 años del genocidio en Ruanda
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Cuando las palabras se vuelven armas

Entrevista con Erik Møse, uno de los magistrados del tribunal internacional que juzgó esta tragedia y uno de los encargados de sentenciar a responsables de medios de comunicación por su papel en el exterminio de los tutsis.

Una mujer lee los nombres de las cerca de 800.000 víctimas del genocidio en Ruanda, hace 25 años.  / AFP
Una mujer lee los nombres de las cerca de 800.000 víctimas del genocidio en Ruanda, hace 25 años. AFP

En diciembre de 2003, el Tribunal Penal Internacional para Ruanda (ICTR, por sus siglas en inglés) produjo una de sus sentencias más importantes al condenar a tres figuras mediáticas por su papel durante el genocidio, que arrancó en abril de 1994 y se alargó hasta julio, dejando en la mitad unos 800.000 muertos, aunque el número exacto de víctimas del horror puede que nunca se sepa. Antes de que volara la primera bala o se blandiera el primer machete, la guerra de odio en Ruanda se libraba con las palabras y las ideas acerca de una supuesta supremacía étnica. Sus medios no eran los fusiles ni las pistolas, sino la radio y la prensa; era un conflicto de información que, con mucha efectividad y certeza, sembró odio, desconfianza y violencia en una sociedad que, crecientemente, se disponía a acabar con ella misma, vecino contra vecino, amigo contra amigo.

En la cresta del genocidio, en abril de 1994, Ferdinand Nahimana (uno de los condenados) dijo en una entrevista que aquella también era “una guerra de los medios, una guerra de las palabras, una guerra que se libraba con periódicos y estaciones de radio”. Lo dijo al aire, en Radio Télévision des Mille Collines (RTLM), una emisora que, macabramente, pasó a la historia como Radio Machete.

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La sentencia de 2003 incluyó a Nahimana, así como a Jean-Bosco Barayagwiza y Hassan Ngeze. Los tres ocupaban cargos directivos en RTLM o en el periódico Kangura. Los tres fueron condenados por genocidio, incitación al genocidio, conspiración y crímenes contra la humanidad. A los tres se les responsabilizó de ofrecer instrucciones sobre cómo proceder contra los tutsis en una variedad de artículos y transmisiones. Por ejemplo, una de las portadas de “Kangura” durante el genocidio titulaba “¿Qué armas debemos usar para conquistar de una vez por todas a los inyenzi (tutsis)?”. La foto que acompañaba el titular era un machete.

Erik Møse fue uno de los jueces del llamado “caso mediático”, así como presidente del ICTR durante cuatro años. También fue magistrado del Tribunal Europeo de Derechos Humanos entre 2011 y 2018. Actualmente, es uno de los jueces de la Corte Suprema de Noruega.

De su tiempo al frente y como parte del Tribunal para Ruanda dice: “Creo que todos los que trabajamos para el Tribunal sentíamos que estábamos haciendo una contribución a la justicia y la reconciliación, así como batallar contra la impunidad”.

El de los medios fue uno de los veredictos icónicos de los juicios del genocidio en Ruanda. ¿Cuál es el legado de ese fallo?

La relación entre libertad de expresión y discurso de odio no es un asunto nuevo y ha estado sujeto a mucha discusión y jurisprudencia. El juicio a los medios en Ruanda tiene una importancia particular, porque fue la primera vez que un juicio internacional examinó este tema en el contexto de un genocidio. El juicio concluyó que los medios jugaron un papel importante en el genocidio en Ruanda y tres de sus líderes fueron encontrados responsables, tanto por difundir contenido en radio como en publicaciones escritas. Esto es muy importante, porque establece responsabilidades para el poder que pueden ejercer los medios. Y es un asunto que sigue vigente hoy.

Llevar a juicio a un medio de comunicación puede ser visto como una decisión controversial. ¿Cómo era el ambiente alrededor del juicio?

En mi opinión, tanto la fiscalía, como la defensa actuaron profesionalmente dentro de sus respectivos roles. Pero creo que todos en el tribunal sabíamos que este caso era histórico y que produciría un veredicto que sería tomado como referente. No había habido un procedimiento similar desde Núremberg, cuando Julius Streicher fue condenado por la publicación de Der Stürmer, que tenía propaganda antisemítica.

El juicio duró 230 días, entre octubre de 2000 y agosto de 2003. Como parte de su veredicto, el Tribunal aseguró que “el poder de los medios para crear y destruir valores humanos fundamentales llega con una gran responsabilidad. Quienes controlan los medios son responsables por las consecuencias que sus acciones tienen”.

Durante el juicio, la entonces presidenta del Tribunal, Navanethem Pillay, dijo que “estaban totalmente conscientes del poder de las palabras y utilizaron la radio, el medio de comunicación con el mayor alcance entre el público, para diseminar el odio y la violencia… Sin un arma de fuego, machete u otro elemento causaron la muerte de miles de civiles inocentes”.

Las condenas en el caso mediático incluyeron dos cadenas perpetuas (para Nahimana y Ngeze), así como 35 años de prisión para Barayagwiza. Otra de las cabezas del aparato mediático, Félicien Kabuga, está fugado desde noviembre de 1997.

En un mundo pleno en información y en métodos para transmitirla, ¿cree que la frontera para discernir entre libertad de expresión, discurso de odio o incitación al odio es más porosa?

Las palabras, escritas o habladas, que llevan al acoso o a la violencia contra el otro requieren legislación adecuada, así como investigación y castigo. Pero la responsabilidad, bien sea bajo la jurisdicción de leyes nacionales o internacionales, se suele esclarecer después de que los hechos han sido cometidos. Hay una necesidad de actuar antes de que esto suceda, de tener mecanismos para atajar este fenómeno antes de que tome forma. Por ejemplo, los dueños de portales en donde se publican comentarios incendiarios deben removerlos rápidamente o pueden ser considerados como responsables desde el punto de vista criminal. Esto lo ha dicho el Tribunal Europeo de Derechos Humanos en un caso de 2015 que involucraba la libertad de expresión (Delfi vs. Estonia).

El juicio a los medios arrojó luz sobre qué pueden hacer estos en una atmósfera de conflicto. Pero, desde su perspectiva, ¿qué rol cumplen estas organizaciones en una era de posconflicto?

Sanar heridas y reducir la tensión en una sociedad en posconflicto requiere tiempo. Sin embargo, creo que los medios pueden jugar un papel importante en el proceso de reconciliación. Por ejemplo, evadiendo presentar una versión de la historia nacional que solo incluya una perspectiva o agitando y manipulando las emociones de los ciudadanos.

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¿Qué recuerda de sus días como parte del Tribunal?

El Tribunal demostró que la justicia internacional funciona. Fui presidente de esta institución durante cuatro años, en los que trabajé, junto con mis colegas, para incrementar la eficiencia de los procedimientos, que se enfrentaban a escenarios con información voluminosa y entornos complejos.

Han pasado 25 años desde el genocidio en Ruanda. Como humanos, ¿qué lecciones se pueden extraer aún de estos hechos?

El genocidio en Ruanda es un ejemplo más de cómo muchos de nosotros podemos cometer atrocidades si somos sometidos a presión y propaganda constantemente. También es una advertencia para evitar construir este tipo de escenarios, en los que florecen la tensión, la falta de tolerancia e, incluso, el odio. Desde un punto de vista legal, el Tribunal logró entregar resultados y construir jurisprudencia sobre crímenes internacionales que, entre otros asuntos, vuelven imposible negar que el genocidio ocurrió.

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2019-04-15T14:26:02-05:00

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Santiago La Rotta / Barcelona

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